sábado, 10 de diciembre de 2016

CLUBES DE LECTURA EN MÁLAGA EN DICIEMBRE. CONVÉNZEME.

El otro día me encontré por casualidad con algo bastante extraño: estaban emitiendo un programa sobre libros en Telecinco. Su presentadora era Mercedes Milá, la de Gran Hermano. ¿Se estaba redimiendo por años y años dedicados a la telebasura? En cualquier caso me alegré. Sin llegar ni a rozar la calidad de cualquier producción de La 2, el programa tenía un formato ágil y entretenido, muy adecuado para llegar a las nuevas generaciones, a esas a las que es difícil hilvanar un discurso más allá de los ciento cuarenta caracteres de Twitter. Se trataba de que los invitados - gente normal y algún que otro escritor - recomendaran un libro y repudiaran públicamente otro. Lo cierto es que los títulos, en casi todas las ocasiones, eran best sellers de esos que intentan llamar la atención del lector poco experimentado cuando entra a una librería. Hubo una excepción muy notable: la de un chico que recomendó La montaña mágica, de Thomas Mann y repudió El guardián entre el centeno, de Salinger. Le ofrecí un brindis de la taza de café que estaba bebiendo en ese momento. En cualquier caso me alegré de que al menos se ofreciera a la audiencia de Telecinco un programa cuyo decorado son estanterías repletas de volúmenes, un pequeño oasis entre la basura del corazón habitual, a pesar de las ansias permanentes de protagonismo de la presentadora y su machacón mensaje de que, a pesar de todo, ella es una intelectual incomprendida. También puede servir para dar a conocer librerías al gran público, en un momento en el que muchas de ellas se encuentran en un momento difícil, a punto de echar el cierre algunas de ellas. A ver cuanto dura en antena Convénzeme, con Z de Zweig. Pobre Zweig, si hubiera sabido que iba a protagonizar un programa de Telecinco, su suicidio hubiera tenido mucho más sentido...

Como es costumbre, los clubes a celebrar en este mes - muchos se suspenden hasta el año que viene - en la columna de la derecha.

viernes, 2 de diciembre de 2016

SER ESPAÑOL EN EL SIGLO XXI (2016), DE MARTÍN ORTEGA CARCELÉN. VERTEBRANDO ESPAÑA.

Es evidente que la relación de una buena parte de los españoles con sus símbolos - bandera, himno e incluso gobierno - resulta una anomalía respecto a los países de nuestro entorno. Dicha situación tiene una base histórica muy sólida, que no solo abarca cuarenta años de franquismo, sino el precedente de un siglo XIX repleto de luchas intestinas cuya perversa tradición llega a nuestros días. Un país con buena parte de la población que identifica su bandera con una dictadura y no con una Constitución votada en su día por una mayoría de ciudadanos, es realmente una curiosidad, aunque a nosotros nos cueste verlo así por estar acostumbrados a ello. Quizá este sea uno de los factores determinantes de la profileración de nacionalismos en nuestro país, cuyos símbolos se oponen, como si se tratara de agua y aceite, a los de a una España a la que consideran una nación opresora, que coarta la libertad de elegir de sus ciudadanos.

Aunque el problema más grave - sin contar el paro estructural y la endémica desigualdad entre regiones - al que ha tenido que enfrentarse nuestro país es el terrorismo de ETA, en los últimos años ha sido el nacionalismo catalán el que más quebraderos de cabeza ha provocado al Estado. Tradicionalmente, el gobierno de la Generalitat ha colaborado en la estabilidad de la nación, con un precio más o menos alto, naturalmente, pero no ponía en cuestión la unidad de España. A raíz de la crisis económica y con unos argumentos manipulados, muchos ciudadanos catalanes se han subido al carro del independentismo sin saber muy bien lo que estaban comprando, ya que basta con estudiar las cifras y constatar la realidad para comprender que una Cataluña convertida en nación independiente no se convertiría de la noche a la mañana en una nueva Suiza ni tampoco pertenecería por arte de magia a la Unión Europea. Los gastos que tendría que afrontar el nuevo Estado serían inasumibles en un territorio cuya deuda pública habría pasado ya al nivel de bono basura si no contara con el respaldo del Estado español, ese mismo que el discurso independentista califica de fascista y opresor. 

Los argumentos de los valedores de la independencia se dirigen más a la fibra emocional que a la racional, de ahí su peligro. Fomentar una campaña de desprestigio, cuando no directamente de odio a los ciudadanos de otros territorios - los andaluces somos un motivo recurrente - como los culpables de todos los males que ha provocado la crisis no es solo irracional, sino también irresponsable, un ejercicio de populismo que puede traer beneficios inmediatos a sus promotores, pero que a la larga solo conseguirá provocar grandes dosis de frustración. Como bien ha dejado establecido Naciones Unidas, el derecho de autodeterminación solo puede ser ejercido por territorios con pasado colonial o a través de un acuerdo entre partes. A día de hoy la Constitución española prohibe cualquier escisión territorial. Si queremos cumplir la ley - y para cualquier país serio esta es una condición esencial para el buen funcionamiento de la democracia - el camino no es otro que la reforma constitucional. Un camino arduo y difícil, pero el único posible y la única manera que tendrían los independentistas de conseguir el apoyo de los gobiernos europeos. De ahí el error del presidente de la Generalitat cuando decidió abandonar su papel institucional:

"(...) si Artur Mas quería defender posiciones contrarias a la ley y a la Constitución, debería haber dimitido y haberse situado al frente de las asociaciones cívicas  y manifestaciones callejeras que apostaban por la desobediencia. En efecto, en los países democráticos es posible defender cualquier posición política, pero las instituciones están obligadas a defender el Derecho y el orden constitucional establecidos. Al frente de la Generalitat, Artur Mas ejerció en la sociedad catalana una función antipedagógica, puesto que invitaba a los ciudadanos a incumplir el ordenamiento, o a cumplirlo selectivamente, según el criterio de cada uno."

Frente a todo esto, el profesor Ortega Carcelén reivindica una España, profundamente democrática, igualitaria y volcada en sus responsabilidades con Europa, América y el resto del mundo. A pesar del pesimismo que se ha instalado en los últimos años (un pesimismo y un malestar ciertamente justificados por la mezcla nauseabunda de paro y corrupción que ha azotado a los ciudadanos en los últimos años), es cierto que el país ha aprovechado bien su integración en la Unión Europea para modernizarse y protagonizar el crecimiento económico más intenso de su historia. No se trata de sentirse español envolviéndose en una bandera o gritando en un estadio de fútbol, sino de integrarnos plenamente como ciudadanos europeos, siguiendo la corriente histórica que dicta una cesión cada vez más intensa de espacios de soberanía nacionales a organizaciones supranacionales. Querer al territorio en el que uno ha nacido está muy bien, así como fomentar sus tradiciones, pero se convierte en algo enfermizo cuando lo estimamos algo superior y nos cerramos en banda al resto del mundo.

Lo mejor - y eso es lo que recomienda el autor - es fomentar entre los ciudadanos un mejor conocimiento de la historia e interés general por la cultura, porque un ciudadano informado, con criterio propio, más racional que emocional, es mucho más difícil de manipular. La historia no es un río que lleve hacia un determinado destino previamente determinado, sino una serie de azares que nos han llevado al estado actual. No hay que buscar culpables ni llorar paraísos ficticios del pasado, sino aprender de la misma para no volver a cometer errores pretéritos, para buscar lo que nos une como comunidad universal humana que lo que nos separa:

"El paso del tiempo permite contemplar la creación cultural con ojos nuevos. Los logros del pasado no deben ser objeto de una lectura política interesada. A diferencia de lo que ha ocurrido en otras épocas, cuando la historia de la cultura se usaba con propósitos partidistas u oficiales, en el momento presente podemos considerar sus aportaciones de manera más neutra, como una contribución al patrimonio global, sin necesidad de buscar otros significados. Desde nuestro  punto de vista contemporáneo, una catedral ya no representa  la religiosidad, sino la grandeza de la arquitectura; un cuadro que plasma una batalla no rememora la victoria para unos y la derrota para otros en aquella guerra, sino la perfección estética de la composición; y un poeta no milita en una u otra causa política de su tiempo, sino que nos abre la mente a través del lenguaje. Este enfoque abierto permite entender la cultura española como una suma de aportaciones múltiples, antiguas y contemporáneas, que crean una forma de entender el mundo desde la que organizar nuestra vida pública y privada. El afirmar que existe una cultura española plural y abierta al mundo no tiene nada que ver con mantener un nacionalismo español, sino que es más bien la constatación de una realidad. A partir de este rico terreno que pisamos podemos caminar en muchas direcciones, por ejemplo hacer un proyecto político común o mejorar el mundo."

LO BELLO Y LO TRISTE (1965), DE YASUNARI KAWABATA. INOCENCIA Y VENGANZA.

Si se quería premiar a la literatura japonesa como una manera muy singular de contemplar el mundo, el premio Nobel concedido en 1968 a Yasumari Kawabata es más que un acierto. Pocos escritores logran plasmar como él el espíritu de una tradición que choca en muchas vertientes con el mundo moderno con el que inevitablemente tiene que convivir. Estas contradicciones están llamativamente presente en los personajes que protagonizan Lo bello y lo triste, empezando por Oki, el escritor, padre de familia tradicional profundamente marcado por la experiencia que tuvo hace dos décadas cuando sedujo y dejó embarazada a una adolescente, que finalmente sufrió un aborto no deseado. Después de tanto tiempo, la nostalgia puede con Oki y pretende visitar a Otoko, su antigua amante, para escuchar juntos las campanas de año nuevo en Kioto.

La extraña decisión de Oki no dejará de traer consecuencias: entra en escena Keiko, la discípula de Otoko (que en este tiempo se ha convertido en una pintora de renombre), una muchacha tan bella como falta de moral. Las redes de la venganza están servidas y su objeto no va a ser directamente Oki, sino su hijo, un joven muy inteligente, pero muy inocente en cuestiones amorosas. En cierto modo Keiko se comporta como una auténtica desequilibrada: tratando de proteger a Keiko de sus traumas del pasado, no hace sino provocar más dolor en el presente, como si la fatalidad se hubiera apoderado desde el principio de esa antigua historia de amor y ella fuera el ángel de la muerte designado para que el drama se prolongue durante décadas.

Lo bello y lo triste destaca, como es propio de Kawabata, por las brillantes descripciones que contiene, en este caso de una ciudad como Kioto en la que la obra humana y la de la naturaleza se conjugan a la perfección. La ciudad es casi un personaje más, un ente que influye en las emociones de los personajes impidiéndoles comportarse racionalmente. Todo esto hace que la sensualidad y la muerte sean casi hermanas gemelas en la narración, un cóctel poético y la vez muy sórdido.

sábado, 26 de noviembre de 2016

REBELDE SIN CAUSA (1955), DE NICHOLAS RAY. UN ICONO ATEMPORAL.

Existen ciertas películas que emiten una aureola mítica, que dejan en el espectador un regusto a clásico tan evidente que es como si estas obras hubieran sido realizadas por una necesidad que trascendiera el mero arte cinematográfico. Es indudable que Rebelde sin causa está en el imaginario colectivo, aunque solo sea por esas imágenes de James Dean, uno de los cadáveres jóvenes más ilustres de la historia, que decoran bares, peluquerías y todo tipo de establecimientos. A pesar de haberla visto casi una decena de veces, la escena de la carrera frente al acantilado - toda una metáfora de la condición del antihéroe protagonista - sigue teniendo la misma fuerza y emoción que la primera vez que pude contemplarla. Pero sería interesante realizar un pequeño análisis de la obra desde un punto de vista más objetivo, observando que hay detrás de todo este misticismo llevado con mano maestra por el gran Nicholas Ray.

Porque si miramos con atención en el interior de Jim Stark, puede que nos encontremos con el más profundo vacío. A pesar de lo que dice el título, la rebeldía del joven sí que tiene causa, al menos una evidente: se averguenza del carácter de su padre, al que considera débil y poco viril. Esa falta de modelo paterno al que seguir le lleva a buscar eternamente conflictos con los que llamar la atención. Su familia ha de mudarse continuamente de ciudad en ciudad, evitando los escándalos de Jimmy, pero jamás ataca la raíz del problema. Mientras tanto, el joven no es capaz de hilvanar una frase coherente, de establecer relaciones sólidas con sus iguales: su vida se limita al continuo postureo al que le invita su físico privilegiado. En una sola jornada Jimmy es capaz de emborrarcharse, pasar de todo, interesarse por una chica, olvidarla, aceptar retos de honor y arrepentirse luego, huir y estar implicado en una rocambolesca historia de venganzas juveniles con muertos incluidos.

Rebelde sin causa refleja muy bien una época todavía inocente en la que la noticia de cualquier desaire protagonizado por un joven podía causar conmoción, aunque en realidad el personaje más interesante de la historia es Platón (con una increible interpretación de Sal Mineo), un muchacho solitario que ve en Jimmy a ese amigo íntimo que lleva buscando toda la vida, aunque éste se muestre bastante indiferente a sus atenciones. Pronto descubriremos que Platón padece problemas psiquiátricos graves y que tiene un concepto un poco exclusivo de la amistad, por lo que la presencia de la chica no le causa demasiada simpatía. Un tipo complejo e inquietante que es al fin y al cabo quien acaba dándole auténtico interés a un guión que sin él se hubiera quedado en una convencional historia de conflictos juveniles. En fin, la película se parece un poco a la vida de James Dean: todo sucede tan deprisa que no da tiempo a conocer la verdadera identidad del protagonista. Pero qué gran película... Me dan ganas de ponerla otra vez.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

RELATO SOÑADO (1925), DE ARTHUR SCHNITZLER Y EYES WIDE SHUT (1999), DE STANLEY KUBRICK. DESEOS BAJO LA MÁSCARA.

A la literatura de Arthur Schnitzler se la ha relacionado siempre con Sigmund Freud. No en vano, ambos vivieron en Viena en la misma época. Casi se podría decir que Schnitzler fue el gran literato del psicoanálisis, cuya temática deriva en Relato soñado en los deseos sexuales ocultos. En la novela se nos presenta a un matrimonio ejemplar, perteneciente a la alta burguesía. Los dos son jóvenes, guapos y adinerados, pero esa presunta posesión de todo lo deseable en la existencia no hace más que derivar en la canalización de nuevos deseos, que en la vida cotidiana de ambos se considerarían escabrosos y enfermizos. La conversación entre ambos, cuando empiezan a confesarse algunos episodios ocultos (bastante inocentes, por otra parte) de su biografía, no deja lugar a dudas: la perfección de su comportamiento cotidiano frente a los ojos de los demás no es más que una fina capa que oculta a seres de dos caras:

"Porque, por muy completamente que se pertenecieran el uno al otro en sentimientos y sentidos, sabían que el día anterior no había sido la primera vez que un soplo de aventura, libertad y peligro los había rozado; temerosa y atormentadamente, con sucia curiosidad, trataban de extraerse mutuamente confesiones y, acercándose más tímidamente, cada uno buscaba algún hecho, por indiferente que fuera, alguna experiencia, aunque fuera insignificante, que pudiera ser expresión de lo inefable y cuya confesión sincera pudiera librarlo quizá de una tensión y una desconfianza que, paulatinamente, comenzaban a hacerse insoportables."

Casi se podría hablar de vida hipócrita, cuando advertimos que el doctor Fridolin solo se siente verdaderamente liberado cuando se coloca la máscara para asistir a una extraña ceremonia de carácter sexual a la que no ha sido invitado. No importa que en determinado momento sea evidente que su vida podría correr peligro si es descubierto: una malsana curiosidad recorre el interior del protagonista, para que el placer de mirar, de descubrir que lo prohibido se oculta detrás de los muros de una lujosa mansión, está momentáneamente por encima de su plácida vida junto a su familia perfecta. Es lo que muchos llamarían perdición, pero que el siente como una verdadera revelación. Pronto sus pensamientos derivan en la posibilidad de consolidar esos deseos, de llevarlos a cabo sin remordimientos, de pasar de la mera curiosidad a los hechos:

"(...) llevar una especie de doble vida, ser el médico competente, digno de confianza y de prometedor futuro, el buen esposo y padre de familia… y al mismo tiempo un libertino, un seductor, un cínico que jugara con la gente, con hombres y mujeres, siguiendo su capricho… eso le pareció en aquel instante algo absolutamente delicioso."

La metáfora de la máscara es bastante evidente, pero no por eso deja de ser efectiva, sobre todo cuando está filmada por un genio como Stanley Kubrick, que realizó con su testamento cinematográfico una de las obras más fascinantes de su carrera. Eyes wide shut es una de esas películas milimétricamente planificadas, que ganan con cada nuevo visionado. Uno puede centrarse en los movimientos de cámara, en la posición de la misma o en la increíble fotografía y utilización de los colores. Todo está expresando algo, aunque sea a nivel subconsciente. Hasta Tom Cruise realiza una interpretación memorable, sin excesos. Aquí Viena es cambiada por la nueva metrópolis mundial, Nueva York y Kubrick aprovecha para ofrecer un magnífico retrato nocturno de la ciudad, que sigue ofreciendo miles de posibilidades al viandante cuando se supone que es hora de dormir, incluyendo una ceremonia prohibida - los burgueses adoptan su ¿verdadera? personalidad y dan rienda suelta a todas sus fantasías sexuales, castigando severamente a quien rompe las estrictas reglas de juego. Según parece, el director neoyorkino se inspiró en la Iglesia de Satán, una secta que tenía como normativa "la autosatisfacción de los sentidos, la vida eterna en el infierno, lugar de placer absoluto, aniquilación de los débiles y enfermos y victoria de los sanos y fuertes".

Claro que tanto placer desatado puede derivar en que se produzcan víctimas colaterales. O quizá todo tenga una explicación, es posible que lo observado tenga más de juego que de realidad. Ni Fridolin ni el lector-espectador vamos a saberlo con certeza. Pero sí estaremos seguros de que este viaje nocturno parecido a un sueño va a cambiar su visión del mundo, su idea burguesa del orden, tarea en la que su mujer quizá le siga con entusiasmo. Todos sabemos que lo prohibido suele ser lo más tentador, pero el arte cuenta con recursos para expresar esa afirmación de manera sublime. 

sábado, 12 de noviembre de 2016

PRESIDENTE TRUMP Y EL MUNDO DEL MAÑANA.

El miércoles me levanté temprano, como todos los días. Cuando estaba a punto de entrar en la ducha, lo recordé. Ya debía haberse verificado la elección de Hillary Clinton como nueva presidenta de los Estados Unidos. Cuando abrí la página de El País en el móvil, no podía creer lo que estaban contemplando mis ojos. Aquello parecía una broma de mal gusto, como si un virus informático se hubiera hecho con el control del aparato. Trump estaba ganando y se encontraba a pocos votos de proclamarse definitivamente vencedor. Aquello era como lo del Brexit, como lo de Colombia. No. Era aún peor. Esto podía traer enormes consecuencias durareras para el mundo, para el medio ambiente y para la paz. De pronto me había despertado en un mundo distópico, en una realidad paralela en la que lo improbable se hacía cotidiano, en la que los cisnes negros de Nicholas Taleb se habían hecho con el control de los cielos.

Después de la fase de negación, llega la de reflexión. A pesar de aparentar ser todo una conspiración orquestada desde quien sabe qué lugar sombrío, la realidad es que a este hombre lo han votado millones y millones de personas. A este hombre de aspecto repulsivo, que se regodea de su machismo y de su racismo, que insulta y difama a sus rivales y cuya principal característica es un narcisismo enfermizo. Después de una campaña desastrosa y errática, repleta de exabruptos, que parecía concebida para asegurar la victoria de su rival, resulta que la mitad de la población estadounidense, la que se supone la nación más avanzada de la Tierra, confía su destino a un tipo así. Como para replantearse la idea de democracia.

Todo esto nos lleva a pensar que buena parte de la sociedad norteamericana está enferma. Se suponía que el país había salido ya de la crisis, con de ocupación que rozan el pleno empleo. Se suponía que la presidencia de Obama había dejado mucho más de positivo que de negativo. Pero bajo esta capa de optimismo, se fermentaban los demonios de un populismo de corte fascista que pretende reivindicar una idea de Estados Unidos que parecía ya superada: un país en el que sea indudable la supremacía blanca, en el que no tengan cabida otras opiniones o tendencias culturales, en el que el derecho a poseer armas esté por encima de la seguridad colectiva y en el que se desprecie al inmigrante como a un parásito que viene a comerse la riqueza de la nación. La primera reacción es pensar que el caldo de cultivo de todo esto es el fanatismo y la ignorancia de quienes carecen de una mínima base educativa, pero cuando uno contempla las cifras de votantes, es indudable que no todos los votantes de Trump son iletrados. Es posible que muchos de ellos - como sucede con los que votaron a favor del Brexit en Reino Unido - se den cuenta más pronto que tarde de que han estado tirando, no piedras, sino rocas, contra su propio tejado. Pero también lo es que el nivel de frustración de buena parte de la población superaba todo lo imaginable. Si no no es posible explicarse que hayan sido capaces de transformar a este personaje turbio en una especie de mesías.

Y mientras tanto sigo viendo imágenes de Trump en los telediarios y sigo sin podérmelo creer. Es que tampoco se trata de un patriota, lo que sería comprensible. Es un tipo que ha insultado a los veteranos de guerra, a los inválidos, a las mujeres y a los inmigrantes, un magnate cuyas únicas patrias son su dinero y su ego inmenso y que quiere poner patas arriba todo lo bueno construido con décadas de esfuerzo en pos de la paz, la igualdad y la preservación del medio ambiente, tanto a nivel internacional como doméstico. Pronto empezaremos a ver las consecuencias. Los informativos van a ser muy entretenidos a partir del año que viene y empezaremos a vivir en un mundo de ficción que ni siquiera se atrevieron a vislumbrar series como House of cards o Black Mirror. Esperemos que al menos el mundo siga siendo un poco más habitable que el que nos presenta The walking dead, aunque con un personaje como este en la Casa Blanca nunca se sabe...

viernes, 11 de noviembre de 2016

EL CEBO (1958), DE LADISLAO VAJDA. RETRATO DE UNA OBSESIÓN.

Resulta sorprendente y altamente gratificante encontrar una película tan heterodoxa en el monolítico panorama del cine español de los años cincuenta, por mucho que se trate de una coproducción con Alemania (la del Oeste) y Suiza. El cebo crea desde sus primeros minutos un ambiente inquientante y malsano: nos encontramos en un país tranquilo, civilizado, pero en un páramo aparece el cadáver de una niña. Hay un demonio que habita entre los hombres con apariencia de ser humano. Lo mejor es encontrar un culpable cuanto antes posible y, si es posible, lincharlo para que conozca la justicia del pueblo. El linchamiento es evitado, pero eso no mejora la situación de un acusado que es presionado por la policía hasta el paroxismo para que se declare responsable del crimen. Está claro que el hombre no es trigo limpio, pero el espectador sabe que el verdadero asesino sigue suelto. Se trata de un psicópata que se toma su tiempo entre crimen y crimen, como si los ejecutara para reafirmar su ahogada personalidad frente al maltrato al que es sometido sistemáticamente por su esposa. Ni que decir tiene que el personaje produce fascinación, no por sus repulsivas acciones, sino porque es interpretado por Gert Fröbe, el inolvidable Auric Goldfinger de la segunda mejor película de la saga Bond.

Puede decirse que en muchos sentidos, El cebo es una película adelantada a su tiempo, pues no reniega en ningún momento de su naturaleza escabrosa y se dedica exponer algo muy obvio para cualquier aficionado a la lectura, a la historia o al cine: que bajo la aparente paz de una comunidad idílica pueden esconderse monstruos (David Lynch será muy aficionado posteriormente a dejarnos este mensaje). Las palabras de Fernando Savater resumen muy bien las sensaciones que deja la obra de Vajda:

"(...) habla de lo más brutal, pero expresa lo más tierno., conserva siempre la serenidad del relato, pero suscita un terrible desasosiego, prescinde de efectismos, pero nunca deja de ser efectiva, nos asoma al peor de los abismos, nos reafirma sin aspavientos en la solidez del amor humano; en una palabra: cuenta la verdad del horror sin hacernos perder la fe siempre amenazada en lo que merece la pena en la vida."

Mención aparte merece la actitud del inspector de policía, interpretado por Heinz Rühmann, un hombre tremendamente obsesivo que es capaz de, primero, renunciar a un tranquilo destino en un país de Oriente Medio y después poner en peligro la vida de una niña con tal de calmar la inmensa sed de justicia que le corroe por dentro. En cierto sentido, también el inspector Matthäi es un poco psicópata, un hombre que no mide bien los riesgos con tal de conseguir un resultado, por mucho que la visión general de él que se le ofrece al espectador es la de un hombre íntegro que es capaz de dedicar meses y meses de su vida a la búsqueda de la verdad, hasta el punto de da un giro de ciento ochenta grados a su vida en pos de este objetivo. Lo cierto es que El cebo, esa joya todavía poco conocida del cine español, es una de esas películas que merece más de una revisión.