viernes, 28 de abril de 2017

EL CIUDADANO ILUSTRE (2016), DE MARIANO COHN. REGRESO A ÍTACA.

Candidata al Oscar a la mejor película extranjera este año, El ciudadano ilustre demuestra que el cine argentino sigue gozando de buena salud, sobre todo cuando aborda un género en el que sus directores son especialistas: la tragicomedia. Aquí el artículo:

http://astoria21.es/critica-el-ciudadano-ilustre/

jueves, 27 de abril de 2017

ESPAÑA INVERTEBRADA (1922), DE JOSÉ ORTEGA Y GASSET. BOSQUEJO DE ALGUNOS PENSAMIENTOS HISTÓRICOS.

Resulta evidente que uno de los grandes temas de nuestro tiempo en nuestro país es el del separatismo. Curiosamente, cuando el País Vasco parece sentirse mejor que nunca en el seno de España, es Cataluña la que está desafiando la legalidad vigente insistiendo en organizar un referéndum que les permita legitimar una declaración unilateral de independencia. Si Ortega viviera en nuestros días, es seguro que participaría apasionadamente en el debate sobre la esencia de la nación. No en vano, su España invertebrada ha sido un libro muy citado en el Parlamento, sobre todo en los tiempos en los que sus Señorías contaban con inquietudes intelectuales.

Sorprende el lenguaje que utiliza el filósofo español a la hora de abordar los problemas de la España de hace un siglo. Utiliza mucho términos como raza, aristocracia o masa, que quedaron bastante desfasados después de la Segunda Guerra Mundial. Lo primero que deja claro Ortega es una verdad de perogrullo: la unión hace la fuerza y solo los países con una población sana y consciente de su pertenencia a una comunidad diversa, pero con propósito semejante, son los más capaces de llevar a cabo grandes empresas:

"No viven juntas las gentes sin más ni más y porque sí, esa cohesión a priori sólo existe en la familia. Los grupos que integran un Estado viven juntos para algo: son una comunidad de propósitos, de anhelos, de grandes utilidades. No conviven por estar juntos, sino para hacer juntos algo."

Lo que sean esas grandes empresas depende de la época y del contexto. Para el autor, la gran hazaña de España fue la civilización - que no conquista - de América. Es obvio que algo pasó cuando un territorio que a mitad del siglo XV no se diferenciaba demasiado de los de su entorno fue capaz cincuenta años más tarde de cimentar el inicio de un poder imperial que duraría muchas décadas, y esto fue que se produjo la unificación pretendida por los Reyes Católicos. Con gran rapidez muchos se sintieron parte de esta nueva unidad política, con la misma religión, la misma lengua (en casi todos los territorios) y un propósito de expansión a nuevos territorios estimulado por el poder:

"Las grandes naciones no se han hecho desde dentro, sino desde fuera; sólo una acertada política internacional, política de magnas empresas, hace posible una fecunda política interior, que es siempre, a la postre, política de poco calado."

Pero el autor de La rebelión de las masas no quiere caer en el error de evocar las grandezas del pasado para lamentarse de las desgracias del presente, porque tiene claro que no se construye la nación mirando al pasado con nostalgia, sino con un sólido programa para el mañana. En este punto, Ortega lanza su receta: estimular el gobierno de los mejores, de una aristocracia (no tengo claro si debe ser hereditaria) que consiga la aprobación y el respeto de la masa. Además, debe existir un ejército fuerte, que sea punta de lanza del prestigio de la nación. Quizá el término organización social en castas chirríe un poco al lector del siglo XXI, pero el filósofo no tiene reparos en utilizarlo para describir lo que debería ser España:

"Por un lado, la idea de organización social en castas significa el convencimiento de que la sociedad tiene una estructura propia, que consiste objetivamente, queramos o no, en una jerarquia de funciones."

Para Ortega toda organización social ha tenido su base en el ejemplo de los más fuertes, de los mejores, a los que los dóciles siguen mansamente buscando, entre otras cosas, seguridad, por lo que nada obsta para que esta sea la mejor fórmula. La tragedia de España, según él, es que se trata de un pueblo de labriegos, de gente inculta que no es capaz de reconocer, y mucho menos de respetar, las opiniones más autorizadas, algo que sí sucede en países como Francia o Gran Bretaña. Al final anuncia en una frase cuál será el tema de su más famoso ensayo:

"La rebelión sentimental de las masas, el odio a los mejores, la escasez de éstos - he aquí la razón verdadera del gran fracaso hispánico."

martes, 25 de abril de 2017

ESTO ES AGUA (2009), DE DAVID FOSTER WALLACE. LA VIDA QUE TE ESPERA.

Terminar una carrera es entrar en un nuevo mundo, el mundo definitivo de los adultos, lo cual en nuestro país puede significar una incertidumbre total, puesto que poseer un certificado de estudios superiores no es garantía de nada. Seguramente será distinto en Estados Unidos, donde, quien posee un título expedido por una de sus grandes Universidades intuye que va a formar parte de la élite, de los privilegiados que manejan los hilos de la sociedad. Esto puede suponer un poco de vértigo, de sueños de grandeza. Por eso el discurso que les dedica el escritor David Foster Wallace es tan sorprendente como necesario, ya que rompe una lanza por lo más cotidiano.

Porque Wallace, siendo un poco más adulto que los veinteañeros que se licencian, sabe mejor que ellos que sus vidas - por lo menos las de la gran mayoría - van a estar presididas a partir de ahora por la rutina, cuando no por el aburrimiento. Pequeños problemas cotidianos como los atacos de tráfico, las colas en el supermercado o las discusiones domésticas se instalarán en sus existencias y, poco a poco, los sueños de grandeza irán siendo olvidados. Precisamente esto es lo que no se enseña en la Universidad, a superar las rutinas absurdas que nos va imponiendo la vida. Aunque nos creamos libres, en realidad dicha libertad está mucho más limitada de lo que suponemos. Poco a poco nos vamos creando dependencias y nuestro margen de maniobra va siendo más y más estrecho, hasta que nos damos cuenta de que la ilusión ha sido sustituida por una visión más práctica y más prosaica de la existencia.

Para conjurar en parte este destino, el autor de La broma infinita (novela que me prometo a mí mismo leer en los próximos meses), propone una mirada profunda a la realidad que tenemos delante de nuestros ojos, a darnos cuenta de que somos peces rodeados de agua, aunque a veces nuestras mentes nos transporten a lugares demasiado elevados.

"Probablemente lo más peligroso que tiene la educación académica, por lo menos en mi caso, es que habilita mi tendencia a intelectualizar las cosas en exceso, a perderme en el pensamiento abstracto en lugar de limitarme a prestar atención a lo que está pasando delante de mí."

Quizá se ha mitificado en exceso esta charla, que seguramente no pretendía ser más que una manera original de advertir a los alumnos de lo que les espera, no una catástrofe ni una vida infeliz, sino un término medio entre la felicidad y desdicha, una vida grisácea que seguramente no va a ser muy distinta ni más especial que la de los demás, sometida a las mismas servidumbres y a los mismos miedos. Todo ello conservando siempre una "conciencia crítica", que nos avise constantamente de que jamás debemos dar nada por sentado. Por usar la frase tópica de John Lennon (si es que la pronunció él): "la vida es aquello que te sucede mientras haces otros planes".

jueves, 20 de abril de 2017

UN RUMOR DE GUERRA (1977), DE PHILIP CAPUTO. DENTRO DEL APOCALIPSIS.

La guerra de Vietnam supuso un mazazo para la moral de Estados Unidos. Contando con el Ejército más poderoso del mundo - con el permiso de la Unión Soviética de la época, los ciudadanos de aquel país estaban acostumbrados a ganar todas las guerras. Indudablemente la referencia era la Segunda Guerra Mundial, terminada dos décadas antes de la intervención en el país asiático, en el que la potencia estadounidense había conseguido doblegar a dos enemigos a la vez: Alemania y Japón, sin dejar de asistir con abundante material al resto de sus aliados. Por eso, cuando comenzaron a llegar marines a Vietnam, muchos pensaron que aquello era un asunto menor, una guerra de baja intensidad contra un enemigo escasamente equipado que se ganaría en unos meses y que apenas costaría un puñado de muertos y heridos en las propias filas.

Este es el espíritu con el que el marine Philip Caputo pisó por primera vez Vietnam en 1965, siendo uno de los primeros soldados norteamericanos en hacerlo. Como este es ante todo un libro sincero, el por aquel entonces joven teniente del Cuerpo de Marines confiesa que en aquel momento lo que más anhelaban él y sus compañeros era entrar en combate. Pronto va a descubrir que la realidad del combate va a ser muy distinta a cómo la había imaginado. El clima y la geografía de Vietnam van a convertir el conflicto en uno de los más sucios y confusos de la historia de la guerra. Los soldados pasaban gran parte de su tiempo atrincherados en sus cuarteles, hasta que se les ordenaba salir, para patrullar rutinariamente la selva o para participar en operaciones militares tan planificadas como inútiles. La moral del combatiente iba siendo progresivamente minada por las continuas bajas de compañeros, por las trampas escondidas en cualquier recoveco de la jungla, por la presencia constante de francotiradores y por la capacidad del Vietcong de minetizarse con el entorno, haciendo extremadamente difícil la localización y captura de sus miembros. Se acabó recurriendo a bombardeos salvajes de extensas áreas selváticas que producían resultados escasos. En realidad todo era muy confuso: nunca podía saberse a ciencia cierta cuantas bajas enemigas se habían causado, ni siquiera se podía dibujar claramente el frente de batalla, ya que el enemigo podía atacar en cualquier parte, incluso cuando el soldado estaba de permiso en Saigón.

Ni siquiera un soldado profesional y sólidamente entrenado como Caputo podía salir indemne de todo esto. El proceso no era inmediato, pero poco a poco el soldado iba perdiendo la fe en la victoria y plateándose la utilidad de la intervención en un lugar tan lejano y hostil, cuando ni siquiera sentían el apoyo del ciudadano de a pie que veía las terribles imágenes de la guerra todos las noches en el telediario. El combatiente podía reaccionar de muchas formas, pero era muy común que al final se transformara (al menos a ratos) en animales salvajes y vengativos y tratara de disfrutar de la catársis del combate, contra enemigos reales o imaginarios:

"Todo el que combatió en Vietnam, si es sincero consigo mismo, tendrá que reconocer que disfrutó del compulsivo encanto del combate. Se trataba de un goce peculiar porque se mezclaba con un dolor equivalente. Bajo el fuego, la energía vital del hombre aumentaba proporcionalmente a la proximidad de la muerte, de modo que sentía tanta alegría como miedo. Sus sentidos se aguzaban, alcazaba una placentera y a la vez atroz claridad de conciencia. Parecía el elevado estado de percepción que provocan las drogas. Y podía, también, habituarse a él, ya que hacía que pareciera vulgar cualquier otra cosa que la vida le ofreciese en cuanto a deleites y tormentos."

Pero combatir en Vietnam no significaba solo estar expuesto a los disparos o los explosivos del enemigo, hasta que la visión de compañeros mutilados se convertía en algo habitual, sino también enfrentarse a un clima extremadamente húmedo y caluroso y a una naturaleza hostil, con selvas, montañas y ríos inhóspitos, repletos de insectos que no daban tregua en ningún momento. Las posibilidades de ser herido de gravedad o padecer una enfermedad tropical eran altísimas, por lo que muchos soldados frustrados sentían que estaban viviendo una situación injusta, una guerra no convencional para la que no habían sido preparados. En este contexto, Un rumor de guerra no pretende ser solo una denuncia del conflicto de Vietnam, sino también una evocación del mismo, a la vez que un homenaje a unos soldados que no fueron peores o mejores que los de otras guerras, pero sí que tuvieron que enfrentarse a un ambiente más hostil y, por ende, enloquecedor, en un clima donde todo se corrompía rápidamente: "los cadáveres, el cuero de las botas, la lona, el metal y la moral".

El texto de Philip Caputo ha acabado convirtiéndose en todo un clásico, uno de los escritos más sinceros y realistas acerca de lo que significa combatir en una guerra. Tampoco esconde el periodista estadounidense las faltas propias, que a punto estuvieron de valerle una condena como criminal de guerra. Un episodio estremecedor que nos habla de la facilidad con la que una mente puede dejarse llevar por la locura y el horror cuando ha sido testigo de demasiada sangre:

"Lo que yo quería era que Rumour of war hiciera sentir incómodos a sus lectores, que les arrancara de sus confortables y acogedores búnkers y les hiciera enfrentarse a esa turbadora, caótica y emocionalmente cargada tierra de nadie con la que tenían que vérselas los combatientes. Y además no lo quería hacer ofreciendo mi propia visión polémica del asunto sino escribiendo acerca de la guerra con tal grado de honestidad y obsesiva atención a los detalles que al fin el lector acabara transportado al terreno en la medida en que lo permite la letra impresa. No quería contar mi propia experiencia de la guerra, sino mostrarla."

miércoles, 12 de abril de 2017

LA JAURÍA (1871) DE ÉMILE ZOLA. LA BURBUJA PARISINA.

La llegada al poder de Napoleón III supuso una transformación radical para la ciudad de París. La capital del Imperio debía ser transformada, arrasando sus barrios más populares para construir los amplios boulevares que son hoy la admiración de los turistas del mundo entero. Dicha metamorfosis urbanística iba a ser aprovechada por muchos especuladores sin escrúpulos para hacer dinero fácil especulando con las propiedades y terrenos que debían ser expropiados. Precisamente esta va a ser la obsesión de Aristide Saccard, uno de los protagonistas de La jauría, un vástago de la familia Rougon-Macquart, que ya conocimos en el primer libro de la saga, La fortuna de los Rougon, que se cambia de apellido para darse un porte más aristocrático. Gracias a la ayuda de su hermano, ya instalado en la capital cuando él llega, consigue un puesto en el Ayuntamiento. Sus labores en el Consistorio van a ser una auténtica escuela para Saccard, que con gran paciencia va trazando sus planes gracias a nuevas amistades y, sobre todo, a la información privilegiada que consigue gracias a su posición. Para él París es una especie de tablero de juego, una urbe enorme que puede ser desgajada en trozitos y de la que pueden sacarse millones. Intuyendo por donde van a pasar las nuevas y enormes avenidas, nada más sencillo que comprar propiedades que pronto van a subir de precio. Además, para asegurarse los importantes beneficios que le reportan estas operaciones, consigue formar parte de la Comisión de valoración del Ayuntamiento.

Pero la novela de Zola no trata solo acerca de la especulación inmobiliaria, el inmenso caudal de corrupción que conformó una capital de Francia tal y como hoy la conocemos. También pinta un elaborado fresco de una clase social ascendente, la de los burgueses y antigua nobleza que se aprovechan de la bonanza económica. El autor de La taberna coloca su lupa sobre Renée, joven esposa de Saccard, mujer frívola y hermosa, cuyos días están consagrados a procurarse una existencia lo más lujosa y placentera posible. A Renée no le importa gastarse miles de francos en vestuario, en perfumes, en decoración. No entiende bien de donde surge ese manantial de dinero que parece inagotable, pero acepta su suerte como algo tan natural que, cuando sus finanzas empiezan a torcerse, no entiende muy bien lo que está sucediendo, ya que ella cree que va a vivir eternamente en "una feliz esfera de goce e impunidad divinas"

Y lo que sucede es que su marido, un ser tan inteligente como intrigante, ha maniobrado para quedarse con su herencia. Porque aquí no existe ni mucho menos una idea de familia tradicional. Los tres miembros de la familia Saccard viven existencia totalmente libres, sin tener que dar cuenta a los demás de sus acciones. De ahí que, aburrida ya de una existencia sin límite a las experiencias y placeres, Renée acabe con los últimos rescoldos de moralidad que pudieran quedarle y, después de haber tenido numerosas aventuras amorosas, acabe encaprichándose de su propio hijastro, convirtiéndolo en su amante. El propio Saccard, obsesionado por sus negocios, apenas se preocupa por estos asuntos. Él también toma a las amantes que más le convienen, las que pueden reportarle en el futuro los mejores dividendos y también disfruta de la vida a su manera, aunque sea con la comezón de una permanente angustia que le insta a seguir llenando su bolsa hasta convertirse en uno de los hombres más ricos de París.

La jauría, a pesar de haber sido escrita hace más de cien años es una novela perfectamente actual, que trata del efecto que tiene en la sociedad el enriquecimiento especulativo (aunque en esta ocasión se retrate a las clases más favorecidas por el mismo, en otras de la misma serie Zola descenderá a la miseria de los perdedores) y el fenómeno de las fortunas que surgen a través de lo que hoy llamamos pelotazos urbanísticos. El mismo autor explica sus objetivos en el prefacio:

"He querido mostrar el agotamiento prematuro de una raza que vivió demasiado deprisa y que desembocó en el hombre-mujer de las sociedades podridas; la especulación furiosa de una época, encarnada en un temperamento sin escrúpulos, propenso a las aventuras; el desequilibrio nervioso de una mujer en quien un ambiente de lujo y de vergüenza centuplica los apetitos nativos. Y con estas tres monstruosidades sociales, he tratado de escribir una obra de arte y de ciencia que fuera al mismo tiempo una de las páginas más extrañas de nuestras costumbres."

El gusto por la descripción propio del naturalismo está muy latente en toda la narración: Zola es capaz de recrearse durante páginas enteras en los detalles de los ambientes por los que se mueven los personajes, en sus habitaciones, en sus objetos, en las ropas que visten... trazando así un cuadro hiperrealista de las costumbres de la clase social en la que ha centrado su novela. Además, como es propio de una gran novela decimonónica, la economía doméstica, esa que está repleta de grandes despilfarros, de pagarés, de deudas astronómicas y de pequeñas miserias que se codean con un lujo resplandenciente, tiene una importancia capital en la historia. Zola, como Balzac, Flaubert y otros autores de la época, jamás decepciona a quien quiere conocer los detalles más nimios de un tiempo en el que París empezó a ser la capital del mundo.

martes, 11 de abril de 2017

SOBRE LA TIRANÍA (2017), DE TIMOTHY SNYDER. VEINTE LECCIONES QUE APRENDER DEL SIGLO XX.

A principios de los años noventa tomó fuerza la hipótesis, defendida en muchos círculos intelectuales, de que la victoria del capitalismo liberal sobre el comunismo había traído una especie de fin de la historia, tesis que plasmó el politólogo estadounidense Francis Fukuyama en un influyente ensayo. Podría haber pequeñas convulsiones, crisis económicas más o menos graves, pero la senda ideológica del mundo estaba ya trazada. Bastó un solo día para que todas esas especulaciones se hicieran trizas. El optimismo de los noventa se vio repentinamente truncado - hablo de optimismo occidental - con el zarpazo del 11 de septiembre de 2001. Un nuevo actor, absolutamente imprevisible, hacía su espectacular entrada en el escenario internacional. El terrorismo islamista, que ya había dado algunas muestras de sus aterradoras posibilidades, conseguía lo que parecía imposible, que el telediario emitiera en directo lo que parecía una mala película de catástrofes made in Hollywood. Unos años después llegó una crisis económica devastadora, que a punto estuvo de quebrar los cimientos del capitalismo, cuyo resultado ha sido ahondar más en la desigualdad entre países y clases sociales. El año pasado no faltaron sorpresas, acontecimentos que apenas ningún analista había conseguido prever: la próxima salida de Gran Bretaña de la Unión Europea y la llegada de un personaje tan heterodoxo e impredecible como Donald Trump a la Casa Blanca, un asunto que todavía trae de cabeza a intelectuales de todo el mundo.

Ante este panorama tan incierto, lo mejor es reforzar la idea de ciudadanía, de sociedad civil. El historiador Timothy Snyder, especialista en la Segunda Guerra Mundial y en la tiranías nazi y comunista que jalonaron el siglo XX, establece algunos paralelismos entre esa época y la nuestra, pero no porque las estime similares, sino con el fin de que el lector-ciudadano pueda aprender de los errores del pasado y estar advertido de las señales que pueden conllevar el inicio de tiempos muy oscuros. Snyder ha escrito un libro urgente, llevado por la alarma provocada por los más recientes acontecimientos. En su tono se nota que se dirige especialmente a los más jóvenes, a los que van a tener responsabilidades en un futuro inmediato, para que al menos conozcan que las señales que nos están alertando hoy, pueden desencadenar una enorme catástrofe mañana. Porque la democracia, tan consolidada como nos parece hoy en nuestros países, es un sistema frágil, que puede ser violentado. Perderla es mucho más fácil que volverla a recuperar, por lo que Sobre la tiranía puede leerse como una guía para no perder las libertades en unos tiempos tan convulsos.

Lo normal es creer que las aguas volverán a su cauce, que los peores augurios siempre podrán ser neutralizados. Los judíos alemanes que contemplaron la llegada de Hitler al poder quizá se inquietaron, pero jamás pudieron llegar a imaginar cual sería su destino final. En este sentido, Snyder recupera el editorial de un importante periódico alemán destinado a lectores judíos, publicado el 2 de febrero de 1933:

"No suscribimos el punto de vista de que el señor Hitler y sus amigos, que por fin están en posesión del poder que tanto tiempo llevaban a deseando, vayan a poner en circulación las propuestas que circulan (en los periódicos nazis): no van a privar a los judíos de sus derechos constitucionales, ni van a encerrarlos en guetos, ni someterlos a los impulsos envidiosos y homicidas del populacho de la noche a la mañana. No pueden hacerlo porque hay numerosos factores cruciales que ponen freno a los poderes (...) y claramente ellos no quieren ir por ese camino.  Cuando uno actúa como una potencia europea, todo el entorno tiende a la reflexión ética sobre su mejor yo, y a no insistir en sus antiguas posturas de oposición."

Lo que sucedió después no hubiera sido posible sin la complicidad, activa o pasiva, de muchos alemanes a los que no les importó colaborar con un régimen criminal si sus vidas seguían siendo prósperas. La propaganda continuada y machacante hizo el resto: el país entró en un estado de excepción en el que había que estar siempre alerta de enemigos internos y externos, reales e imaginarios. Muchos médicos aceptaron la eutanasia para los enfermos mentales, muchos abogados las ejecuciones sin juicio previo y un gran número de empresarios no le hizo ascos a explotar mano de obra en régimen de esclavitud. Tal degeneración se produjo en pocos meses y con una naturalidad asombrosa. Mientras tanto, el sistema comunista bajo Stalin obraba de un modo parecido, fomentando el terror contra los enemigos del régimen y estimulando el sacrificio personal de sus ciudadanos en pos de un futuro utópico que jamás llegaría.

Una de las advertencias que realiza con mayor énfasis el autor de Tierra negra es acerca del auge de la comunicación y la información a través de internet y las redes sociales. Noticias no contrastadas pululan a sus anchas por la red, manipulando las emociones de la gente, mientras la prensa tradicional, la que dedica tiempo y dinero a investigar profesionalmente las noticias antes de ser publicadas, se ve cada vez más arrinconada, sin medios de vida. Comprar un periódico es hoy casi un acto de rebeldía. Leer un reportaje íntegro, bien elaborado, casi una actividad del pasado. Hoy solo importan los titulares impactantes y los comentarios en ciento cuarenta caracteres. No se profundiza en nada y las novedades se quedan enseguida obsoletas en un mundo en el que la sobreabundancia de información hace cada vez más difícil separar el trigo de la paja. Con este panorama realizar un llamamiento a la lectura reflexiva, a volver a los clásicos, a profundizar en los temas y reflexionar sobre ellos es casi un llamamiento al vacío. Ya George Orwell nos advirtió sobre lo que conllevaría la hegemonía de las pantallas sobre la letra impresa y sus profecías, así como las de Aldous Huxley se cumplen con siniestra exactitud. 

Uno de los escándalos de nuestro tiempo ha hecho su aparición hace tan solo unas semanas. Se trata del término posverdad, la facultad que se atribuyen ciertos dirigentes políticos y ciertos medios de establecer realidades alternativas a los hechos que son noticia. Snyder pone el énfasis en el peligro de acabemos aceptando versiones diferentes de la verdad y no nos preocupemos por conocerla, por muy amarga que ésta sea:

"Te sometes a la tiranía cuando renuncias a la diferencia entre lo que quieres oír y lo que oyes realmente. Esta renuncia a la realidad puede resultar natural y agradable, pero la consecuencia es tu desaparición como individuo, y por consiguiente el derrumbe de cualquier sistema político que dependa del individualismo."

Termina Snyder advirtiéndonos de los peligros del patriotismo mal entendido, como el discurso interesado de una minoría que impone su cosmovisión a la mayoría en beneficio del interés de unos pocos, una deriva que estamos contemplando en la actualidad con el auge del nacionalismo más rancio frente al retroceso de una idea cosmopolita y universal de las relaciones entre pueblos:

"Un nacionalista nos anima a ser la peor versión de nosotros mismos, y después nos dice que somos los mejores. Un nacionalista, "aunque esté permanentemente rumiando sobre el poder, la victoria, la derrota, la venganza", como dijo Orwell, tiende a "no sentir el mínimo interés por lo que ocurre en el mundo real". El nacionalismo es relativista, dado que la única verdad es el resentimiento que sentimos cuando contemplamos a los demás."

La cruda realidad es que nos encontramos ante un mundo mucho más temeroso que el de hace un par de décadas y eso nunca es una buena noticia. Un ciudadano temeroso, al que le han inculcado el miedo al extranjero, como si todos fueran potenciales terroristas, aceptará de buen grado, incluso con alegría, el recorte de sus libertades en pos de una seguridad que siempre es ilusoria. Los dirigentes políticos sin escrúpulos lo saben y conocen también que la mejor manera de aglutinar al pueblo en torno a su persona es exagerar los peligros de un enemigo poderoso y oculto, al que hay que plantear una guerra perpetua, repleta de sacrificios. Muchos ciudadanos empiezan a pensar ingenuamente que la seguridad absoluta solo se conseguirá con el aislamiento total de sus países detrás de altos muros y de controles de inmigración cada vez más estrictos. Un retroceso alimentado por un terror que se alimenta y se acrecienta cada día gracias a los medios de comunicación de masas y a las teorías de la conspiración alentadas a través de las redes sociales. De que surjan o no ciudadanos comprometidos que paren los pies a políticos sin escrúpulos depende el color de nuestro futuro.

lunes, 10 de abril de 2017

¿QUÉ NOS HACE HUMANOS? (2008), DE MICHAEL S. GAZZANIGA. LA EXPLICACIÓN CIENTÍFICA DE NUESTRA SINGULARIDAD COMO ESPECIE.

Al hombre se ha puesto a sí mismo el título de rey de la creación, habitualmente con argumentos religiosos, pero lo cierto es que si la especie humana ha llegado a esta posición de dominio indiscutible sobre el resto de los animales es porque ha vencido - al menos provisionalmente - en esa batalla constante que es someterse a las leyes de la evolución, donde quien se adapta tiene como premio la supervivencia y quien no lo logra, la extinción como especie. Desde luego dicha ventaja adaptativa tiene como principal puntal un cerebro prodigioso, capaz de hacer que nuestro conocimiento del entorno en el que vivimos y de nosotros mismos avance en progresión geométrica. Un cerebro que tiene como característica esencial estar dividido en áreas muy especializadas y - no lo olvidemos - tiene como principal propósito, por mucho que el humano moderno haya desarrollado otros intereses más sofisticados, tomar decisiones que favorezcan el éxito reproductor.

Como muchos otros mamíferos, el humano depende para sobrevivir de la la cooperación social, materializada en grupos, contando con una larga historia de agresión intergrupal, lo cual implica que nazcamos con una serie de normas morales que tienen mucho que ver con nuestro sentido de la territorialidad y la cohesión del grupo, para obtener bienes y seguridad de manera recíproca. De hecho - y esto es algo que se mantiene inalterado hoy día - el principal argumento de nuestras conversaciones cuando nos relacionamos con los demás, es el chismorreo, lo cual nos sirve para estrechar lazos con algunos, tomar distancias con otros, poco dignos de confianza, intercambiar información útil y, sobre todo, socializar.

Otra de las características que nos definen como humanos es nuestra capacidad de abstraernos de la realidad y crear ficciones que nos doten de aprendizaje acerca de lo que podría acontecer en el futuro, ya sea de manera realista o metafórica: es una manera de adquirir experiencia, de aprender lecciones sin haber tenido que protagonizar, ni siquiera estar presentes, en los hechos narrados. La capacidad de imaginar, de convertir unos objetos en otros (un niño transformando un plátano en un teléfono, por ejemplo) es algo que aparece desde muy temprana edad. Esta imaginación también consigue que vivamos con la sensación de que la mente y el cuerpo son entidades separadas (una creencia fundamental para la mayoría de las religiones):

"Si crees que la mente y el cuerpo son entidades separadas, que tienes un alma que es algo más que tus células cerebrales y ciertas sustancias químicas, entonces, ¿cómo explicas los cambios en la conciencia o cualquiera de los cambios que tienen lugar a raíz de lesiones cerebrales? ¿Qué hay de Phineas Gage, quien, según descripciones de las personas que lo conocían, ya no fue la misma persona tras la lesión cerebral? Su esencia era distinta debido a un cambio físico en el cerebro."

El hecho de que nuestra conciencia sea una construcción, casi podemos decir artificial, de nuestro cerebro es una idea difícil de asimilar, puesto que todos esperamos íntimamente ser algo más que mera materia. En cualquier caso esta idea habla de la infinita y maravillosa complejidad del cerebro humano, un órgano que empieza a ser comprendido - aunque todavía quedan infinitas preguntas por responder - y que se empieza a intentar reproducir de manera artificial. No es seguro que esto último se consiga o, al menos, no con un éxito total, debido a una complejidad que puede que esté fuera de nuestro alcance:

"El cerebro humano tiene aproximadamente cien mil millones de neuronas, y cada una, por término medio, se conecta con otras mil. Una multiplicación consciente rapidita nos revela que hay cerca de cien mil billones de conexiones sinápticas. Entonces ¿cómo encajar e integrar toda esa información en un todo coherente? Para decirlo antropomórficamente, ¿cómo se las arregla un módulo para saber lo que están haciendo los demás? ¿Realmente lo sabe? ¿Cómo obtener orden a partir de este caos de conexiones? A pesar de que no siempre lo parezca, nuestra conciencia está bastante relajada y tranquila, teniendo en cuenta la gran cantidad de datos que bombardean el cerebro y todo el procesamiento que está llevando a cabo."

Lenguaje, ideas, progreso social y del conocimiento, relaciones complejas con otros seres humanos, un cableado cerebral infinitamente más complejo que el de cualquier manífero, incluidas todas las especies de simios. Capacidad de sonrojarnos, de llorar, de reir, de usar la ironía, de imitar a otros para lograr aprendizajes que luego pueden ser cuestionados o mejorados. El invento del arte. Los humanos somos una especie extraordinaria. ¿Habrá por ahí, por otros sistemas solares, algo parecido a nosotros? Mientras no podamos dar respuesta a esa pregunta, nos toca ser los reyes de la creación, una posición que no solo dota de poder, sino también de una inmensa responsabilidad. Ojalá nuestras inmensas capacidades sean usadas siempre para mejorar la existencia de nuestros congéneres y de la mayoría de los seres vivos del planeta.