sábado, 25 de marzo de 2017

CASA DE MUÑECAS (1879), DE HENRIK IBSEN. SECRETOS DE UN MATRIMONIO.

Nora Helmer es una mujer todavía joven y atractiva. En apariencia, está felizmente casada y es madre de tres hijos. En los años de matrimonio, siempre se ha comportado como una esposa devota y madre ejemplar de sus tres hijos. En el primer acto de Casa de muñecas aparece como alguien siempre dispuesto a sacrificarse por el bien de su familia, una virtud de la hizo uso en el pasado, lo cual hace que se vea obligada a mantener un secreto frente a su marido. Aunque Torvaldo, su esposo, la califica como una muchacha encantadora, pero bastante frívola, con la cual solo se pueden mantener conversaciones banales, algo se mueve en el interior de Nora y una vocecita le dice tímidamente que quizá el lugar que ocupa en el mundo no le proporciona más que una felicidad ilusoria.

Pues bien, el secreto, que se ha mantenido bien oculto durante años, corre peligro de salir a la luz. Nora cometió una imprudencia, si bien con unas intenciones absolutamente nobles, puesto que corría peligro la vida de su marido. Esto hace que se desencadenen rápidamente los acontecimientos. A la vez que Torvaldo está a punto de ocupar un puesto de prestigio como director de un banco, lo cual barrerá de un plumazo todos los problemas económicos que han sufrido en los últimos tiempos, el chantaje de Krogstad, personaje que prestó dinero a Nora en su momento, puede materializarse en cualquier momento. Aunque al principio Krogstad aparece como un personaje negativo, Ibsen pronto lo humaniza y podemos apreciar que sus motivaciones tienen sentido, puesto que su desesperación es tan comprensible como la de Nora. Mientras tanto, aparece un drama, secundario en la trama, pero mucho más grave que el principal: el del doctor Rank. Amigo íntimo de Torvaldo y enamorado secretamente de Nora, está viviendo las últimas fases de una enfermedad terminal. Estremece un poco el trato tan frío que otorga el matrimonio a un personaje que vive unos momentos tan desesperados.

Pero pasamos al tema principal de la obra, el del despertar de Nora, cuando la protagonista se da cuenta de que toda la vida ha sido tratada como una niña, como alguien sin responsabilidad, a quien se le puede perdonar un grave error simplemente con un beso. Desde mi punto de vista el tercer acto es un poco forzado, la reacción de la heroína demasiado sorpresiva, pero aun así la escena cuenta con una indudable fuerza dramática, como si un terremoto repentino se abatiera sobre la vida familiar y una falla enorme se abriera entre los dos miembros que han sido considerados hasta la fecha por la sociedad como un matrimonio ejemplar. Las palabras de Nora son contundentes:

"Creo ante todo que soy un ser humano igual que tú... o, al menos, debo intentar serlo. Sé que la mayoría de los hombres te darán la razón, y que algo así está escrito en los libros. Pero ahora no puedo conformarme con lo que dicen los hombres y con lo que dicen los libros. Tengo que pensar por mi cuenta en todo esto y hacer el esfuerzo por comprenderlo."

Pensar por sí misma. Precisamente lo que se le ha negado a la mujer durante tanto tiempo es el único anhelo de Nora. No le importa abandonar la comodidad del hogar, a su marido y a sus hijos si se le permite pensar con tranquilidad. Reflexionar acerca de por qué ha sido un juguete a manos de su padre y de su esposo y acerca del hecho de que jamás ha podido tomar una decisión libre a lo largo de su vida y, cuando por fin lo hizo, tuvo que ocultarla como algo vergonzoso. Si Casa de muñecas es calificada por muchos como una obra feminista es precisamente por esto, por la valentía de un personaje que quiere replantearse de un modo radical su entera existencia. Si la sociedad decimonónica en la que transcurre la obra se lo va a permitir o no, es algo que queda a la libre decisión del lector-espectador.

viernes, 24 de marzo de 2017

PATRIA (2016), DE FERNANDO ARAMBURU. EL PAÍS DE LOS CALLADOS.

El reciente anuncio por parte de ETA de su desarme unilateral y definitivo ha vuelto a despertar los viejos fantasmas de la sociedad vasca. Durante décadas la banda terrorista fue una presencia constante que perturbó de modo grave el funcionamiento de la democracia. La presión era particularmente intensa en los pueblos pequeños, donde todos sus habitantes se conocían y nadie debía salirse del guión establecido por el entramado de la izquierda abertzale si no quería sufrir graves consecuencias. El escenario principal de Patria es precisamente una pequeña población cercana a San Sebastián, de la que nunca conocemos su nombre, que se expone ante el lector como un microcosmos de la vida en Euskadi en los peores tiempos del terrorismo. Por aquellos días el principal motivador de la vida y decisiones de la mayoría de las personas era el miedo.

Patria cuenta la historia de dos familias, en principio amigas y poco después separadas por la muerte en atentado terrorista de uno de sus miembros. El Txato, la futura víctima, ha construido una próspera empresa de transportes desde la nada. Cuando ETA se fije en él y le exija el pago del impuesto revolucionario, su negativa a hacerlo (no una negativa firme, sino un intento de aplazamiento), va ser su perdición. La otra familia va a acoger en su seno a un futuro terrorista, Joxe Mari, cuya huida a Francia para unirse a ETA va a cambiar radicalmente las convicciones de su madre, Miren (que en su día lloró la muerte de Franco), hasta el punto de convertirse en una seguidora radical de la izquierda vasca. Mientras tanto, el resto de miembros de ambas familias reaccionan como pueden al aislamiento del Txato (que de un día para otro se convierte en persona non grata en el pueblo) y a su posterior asesinato. Algunos sacan la nobleza que llevan dentro y otros sus demonios. Mientras tanto, la viuda, Bittori, trata de sobreponerse a tanto dolor y, con el tiempo, cuando la banda terrorista anuncie el fin de la violencia, tratará de comprender lo que ha sucedido y recabar el punto de vista de las demás partes implicadas, teniendo siempre presente la necesidad de que los responsables, cuanto menos, sean capaces de pedirle perdón.

Quizá el mayor logro de la novela de Aramburu sea la descripción del ambiente asfixiante de la vida en un pequeño pueblo vasco durante los años ochenta y noventa, en el que la militancia abertzale es obligatoria y debe demostrarse todos los días. El nacionalismo radical ahoga cualquier otro conato de idea o debate e inunda la localidad de cartelería, de pintadas, de manifestaciones y de apoyo incondicional a los gudaris que se sacrifican por la libertad del pueblo vasco. El ambiente se parece más al descrito por Orwell en 1984 que a la pretendida sociedad que busca sus raíces y su identidad en contra de los opresores españoles. Como es sabido, las ideas más simples e irracionales son las que mejor calan en un mayor número de personas, que se sienten pertenecientes a un ámbito superior por el único mérito de haber nacido en un determinado lugar. En este microcosmos destacan dos personajes que se mueven en la penumbra, sin exponerse jamás a ser molestados por la justicia, pero que manejan los hilos de la presencia abertzale en la localidad, controlando a todo el mundo y denunciando a los posibles disidentes: el cura y el dueño de la Herriko Taberna.

Mientras tanto, una parte estimable de la juventud admira a ETA y unos pocos de éstos se atreven a unirse a la organización, después de haber efectuado con éxito prácticas en la lucha callejera. ETA aparece aquí como una organización monstruosa que devora a sus propios hijos, como una mafia que controla las mentes y los corazones de buena parte del pueblo vasco y que ni siquiera de un trato adecuado a sus nuevos militantes, que pronto son víctimas de un caos organizativo que terminará exponiendo a muchos de ellos a una fácil captura por parte de la Guardia Civil. Como dice uno de los personajes: 

"ETA debe actuar sin interrupción. No le queda otro remedio. Hace tiempo que ha caído en el automatismo de la actividad ciega. Si no hace daño, no es, no existe, no cumple ninguna función. Este modo mafioso de funcionamiento está por encima de la voluntad de sus integrantes. Ni siquiera sus jefes pueden sustraerse a él. Sí, bien, toman decisiones, pero eso es solo aparente. En ningún caso pueden no tomarlas porque la máquina del terror, una vez que ha cogido velocidad, no se puede detener."

Pero Patria no es solo una novela sobre ETA y su influencia en la sociedad vasca. Contiene también un espléndido retrato de personajes que hacen que el contexto en el que desarrolla la narración sea mucho más creíble. Además, no todo queda en una crítica a la izquierda abertzale. Tampoco el Estado y la Guardia Civil salen muy bien parados, cuando se describen las torturas sistemáticas a las que sometían a los presuntos terroristas detenidos. Un círculo vicioso que se retroalimentaba y del que, afortunadamente, ya prácticamente se ha salido. Ahora queda mirar al futuro sin perder de vista jamás un pasado cuyos errores no deben volver a repetirse. Quizá la fórmula adecuada sea la que propone el propio Aramburu en una entrevista concedida al suplemento cultural Babelia:

"Ahora se está dando en Euskadi (aunque cuantitativamente los crímenes no se pueden comparar con los de Hitler) un proceso parecido al que se dio en Alemania, cuando a la guerra siguió un periodo de deseo de olvido. En Euskadi, la gente quiere mirar hacia delante, se dice. O se dice que hay que pasar página, que no podemos estar continuamente pensando en los muertos, en el charco de sangre y tal… Yo me opongo. Aunque no llego al extremo de Hannah Arendt, que postulaba el relato constante, soy partidario de que se cree un espacio de la memoria. Un lugar al que los ciudadanos puedan acudir para encontrar respuesta a sus preguntas. ¿Qué pasó? ¿Quién lo hizo? ¿Quién lo padeció? Y esa tarea concierne a los escritores también. Es lo que yo pretendo. Si no he estado a la altura, hay papeleras para tirar mis libros."

jueves, 23 de marzo de 2017

HASTA EL ÚLTIMO HOMBRE (2016), DE MEL GIBSON. PACIFISMO DE GUERRA.

La Segunda Guerra Mundial movilizó a tantos millones de hombres que las hazañas de la mayor parte de sus mayores héroes (o carniceros, según el punto de vista desde el que se mire), se han ido olvidando en el gran río de la historia. Solo un medio de masas como el cine es capaz de resucitar a determinados personajes y mostrar al gran público sus hazañas y su moral, como recordatorio, como homenaje y a veces también, como es este caso, como vehículo ideológico y religioso. Que la batalla saca lo peor y lo mejor de los hombres es algo ya sabido. Lo que no habíamos experimentado todavía es la reacción de un santo laico como Desmond Doss cuando se sumerge en uno de los combates más violentos de la Guerra del Pacífico: la batalla por el control de Okinawa. Porque Doss era un hombre profundamente religioso y, por lo tanto, un objetor de conciencia que llevó sus convicciones hasta las últimas consencuencias y se negó a portar armas en combate.

Cómo se llegó a esta extraña situación, la de un soldado sin armas en primera línea, es algo que la película solo resuelve a medias, a través de la precipitada escena de un Consejo de guerra contra Doss - por negarse a cumplir la orden de tomar un fúsil - con una tópica resolución a su favor de última hora. Resumamos: a Doss se le deja entrar en el Ejército, con la condición, impuesta por él mismo, de no tocar un arma. El Ejército parece que acepta, pero después, el día que se va a licenciar - y a casarse, para más inri - se le encarcela por desobediente. Después de haber pasado meses de instrucción y de haber soportado agresiones por parte de muchos compañeros. Muy dramático todo, pero poco creíble. Después, con todo resuelto, se le dejará ir a la guerra, a realizar toda clase de heroicidades. Pero yo me pregunto: ¿no existían miles de puestos en la retaguardia, de intendencia, de comunicaciones... que podían ser compatibles con el no uso de armamento? ¿por qué tiene que ir este hombre a primera línea? En cualquier caso pronto demostrará que no es un hombre, sino un ángel y en una serie de acciones temerarias e increíbles, pasando por delante de las líneas japonesas en repetidas ocasiones, entrando en solitario en sus túneles, como Pedro por su casa, conseguirá rescatar a setenta y cinco compañeros heridos, a los que salva de una muerte segura.

Nadie pone en duda los méritos de Desmond Doss en la Guerra del Pacífico. La medalla del Congreso no es para cualquiera. Lo que sí es cuestionable es la manera de Mel Gibson de plasmarlos en la pantalla, apareciendo el protagonista prácticamente como un enviado de Cristo en la Tierra dedicado a rescatar almas del fondo del peor de los infiernos. Tampoco ayuda demasiado el retrato que se hace de Desmond, como alguien demasiado perfecto, sin matices y sin la más mínima arista, un hombre íntegro y con las ideas tan claras que nadie es capaz de removerlas en lo más mínimo, se den las circunstancias cómo se den. Andrew Garfield realiza una interpretación solvente - que recuerda mucho al también sufriente y desprendido personaje cristiano de Silencio, de Martin Scorsese - pero limitada por lo ya dicho, por la imposibilidad de explorar algún aspecto contradictorio - todo el mundo lo tiene - en el armazón religioso que regula su existencia.

Obviando la suspensión en la credibilidad que se produce en demasiados momentos de la trama, Hasta el último hombre, está realizada en un estilo clásico que es agradable para cualquier espectador. Abunda en tópicos, pero la dirección solvente de Gibson sabe cómo mostrarlos para que parezcan algo novedoso. Respecto a las escenas de batalla, son muy espectaculares al principio, pero se van desinflando en cuanto van transcurriendo los minutos. El problema es que, a pesar de la violencia y la brutalidad mostradas, el director es incapaz de ofrecer algo que verdaderamente estremezca, como si logró Spielberg en su celebérrima Salvar al soldado Ryan. Sobran algunos momentos ridículos - pocos - , más propios de una película de Chuck Norris que de una representación hiperrealista de una de las grandes batallas de la Segunda Guerra Mundial. Quizá el principal lastre de la película de Gibson sea el querer honrar en demasía a su país y a cierta manera de entender la religión y por el camino se deje por el camino la necesaria mirada crítica y desapasionada al verdadero significado de una batalla para el soldado de a pie: una matanza horrible, cruel y sin sentido que ahoga en minutos cualquier atisbo de idealismo.

miércoles, 22 de marzo de 2017

AFORISMOS SOBRE EL ARTE DE SABER VIVIR (1851), DE ARTHUR SCHOPENHAUER. LA SOLEDAD Y LO SOCIAL.

Una de las máximas del pensamiento de Schopenhauer, que siempre tenía presente para sus lectores, es que el ser humano debe olvidar la idea de que existe para ser feliz. Más bien uno debe pasar por la vida evitando el dolor pero, como buen pesimista, esperando siempre que las circunstancias sean adversas, para que los malos momentos puedan atravesarse con el mismo estoicismo que los buenos, porque la dicha y la desgracia no vienen dadas por lo que nos acontece, sino por el ánimo con el que acogemos dichos acontecimientos.

Lo mejor de leer al filósofo alemán, es que sus frases establecen un diálogo directo con el lector, al que trata como amigo y confidente. Lo primero que hay que decir es que Schopenhauer no odia al género humano, pero sí que establece categorias en el mismo. Para él la mayoría de los hombres son vulgares y necios y, por lo tanto, seres más sociales que una minoría silenciosa a la que le gusta la soledad. Aunque parezca lo contrario, el primer tipo humano tiende más al aburrimiento, a la repitición de gestos sociales que al final se descubren vacíos de todo significado. Quizá este sea uno de los motivos por lo que el nacionalismo cala tan deprisa en los individuos más simples. Sentirse identificados por algo que los trasciende, que se supone que forma parte de ellos sin tener que esforzarse, resulta tan atractivo como engañoso:

"Sin embargo la especie más vana de orgullo es la vanidad nacional. En efecto, ésta denota en quien la sufre la carencia de cualidades individuales de las que pudiese sentirse orgulloso, puesto que de ser así no recurriría a aferrarse a otras que tiene que compartir con millones de individuos. Antes bien, quien tiene cualidades personales reconocerá con mayor claridad los errores de su propia nación, puesto que constantemente los tiene a la vista."

El hombre sabio es el que sabe disponer de su tiempo libre y aprovecharlo para fines elevados. Quien es capaz de pasar una tarde enfrascado en la lectura de un libro o en conversación profunda con personas escogidas, quizá no consiga beneficios materiales inmediatos, pero los tendrá de índole espiritual, mucho más valiosos:

"Alguien que posee tal riqueza interior no necesita de fuera más que un regalo negativo, es decir, tiempo libre, ocio, a fin de poder ejercitar y desarrollar sus capacidades espirituales y poder disfrutar de su riqueza interior; únicamente, pues, el permiso para ser enteramente él mismo cada día y cada hora durante el resto de su vida."

Schopenhauer no propone un apartamiento radical de la sociedad, pero si guardar las distancias y ser siempre observadores y críticos con el comportamiento de la mayoría. Lo mejor es que las pretensiones propias sean limitadas y realistas. Nada de castillos en el aire. Y que las deudas y las servidumbres sean las mínimas posibles:

"Cuanto más limitados sean nuestro horizonte y nuestro círculo de acción, más felices seremos; cuanto más extensos sean, más a menudo nos sentiremos inquietos o atemorizados. Pues la preocupación por los límites también se extiende a las preocupaciones, los deseos o los temores."

Sin embargo, la tendencia humana es hacia la movilidad, hacia el crecimiento. La vida sedentaria, lo rutinario, nos deja insatisfechos. Es bueno tener metas, superar obstáculos, siempre que estos sean apropiados a nuestras capacidades. Lo contrario produciría grandes dosis de frustación. Es mejor vivir más hacia el interior que hacia el exterior (sin ser excesivamente radicales en este aspecto), consejo muy valioso en un tiempo en el postureo en las redes sociales y el culto a la propia imagen arrasan con todo. El viejo concepto de honor, que tanto critica Schopenhauer ha sido sustituido en gran medida por el de reputación. Pero esta reputación tiene más que ver con lo banal que con lo verdaderamente importante. Poseer y ser bello son hoy la medida del éxito y cualquier frustración en este sentido (menos likes de los previstos en una foto, por ejemplo), crean un malestar absurdo. En este mundo volcado a lo inmediato, el pensamiento del autor de El mundo como voluntad y representación, - obviando algunos comentarios misóginos e incluso racistas - supone una vía de escape y una sólida roca donde asentar las propias convicciones. Los aforismos de Schopenhauer siguen siendo una escuela de vida.

viernes, 17 de marzo de 2017

SULLY (2016), DE CLINT EASTWOOD. EL FACTOR HUMANO.

Los estadounidenses están más que nunca necesitados de héroes, ahora que les está empezando a costar mantener su papel preponderante en un mundo cada vez más pequeño y que su presidente parece una caricatura salida de la más retorcida de las mentes. Pero llevan tiempo necesitándolo, porque lo que sucedió en Nueva York el 11 de septiembre de 2001 no supuso solo una masacre retransmitida en directo, sino una enorme conmoción y la certeza de que la seguridad absoluta no existe en este turbulento mundo del siglo XXI. Por mucho que Donald Trump intente enseñar músculo incrementando sus presupuestos militares, hoy más que nunca un pequeño grupo de hombres decididos pueden causar daños enormes. Casi podría decirse que las guerras ya no las libran los ejércitos, sino los equipos de inteligencia y que las decisiones individuales, muchas veces fruto de la intuición más que de otra cosa, han pasado a ser lo más importante. En este contexto, lo que sucedió el 15 de enero de 2009, el milagro del Hudson, puede valorarse casi como la contrapartida del ataque a las Torres gemelas. En esta ocasión, y para alivio de propios y extraños, todo lo que podía salir bien, salió y el capitán Sully consiguió, contra todo pronóstico, salvar de manera impecable una situación desesperada.

Todavía conmocionado por lo que acababa de vivir, el protagonista fue tratado en las primeras horas como un auténtico héroe, para verse casi de inmediato cuestionado por los especialistas, que insistían en que el piloto podría haber aterrizado sin problemas en el aeropuerto de La Guardia. Si bien Sully abunda en algunos aspectos técnicos relativos a navegación aérea, lo que verdaderamente le interesa a Clint Eastwood es mostrar la soledad del protagonista al atravesar el momento más crítico de su existencia, aquel en el que una impecable carrera profesional de cuatro décadas pende de un hilo por su actuación en este incidente. Sully se siente abrumado por su repentina fama y ni siquiera encuentra apoyo en su mujer, a la que le preocupan ante todo los aspectos financieros que pudieran derivarse del asunto y tarda en darse cuenta de que lo verdaderamente importante resulta ser el hecho milagroso de que su marido siga vivo. 

Eastwood ha entregado en esta ocasión un filme muy sobrio, que es más realista que espectacular en las escenas del accidente aéreo. Lo más interesante es que contiene una reflexión acerca de aquellos profesionales que pronto empezarán a quedarse anticuados y serán reemplazados por máquinas. Precisamente el principal escollo que encuentra el testimonio del piloto es una simulación realizada por ordenador... que no tiene en cuenta el factor humano y emocional del incidente. Es posible que las máquinas terminen realizando muchos trabajos insospechados de forma más precisa y eficaz que el ser humano, pero jamás podrán sustituir nuestra capacidad de improvisación ante lo inesperado, eso tan inexplicable que llamamos intuición.

jueves, 16 de marzo de 2017

EL CONFORMISTA (1951), DE ALBERTO MORAVIA Y DE BERNARDO BERTOLUCCI (1970). LA NORMALIDAD SEGÚN MARCELLO CLERICI.

Desde muy joven a Marcello se ha visto sorprendido por unos impulsos vitales tendentes a cierto sadismo: los descubre cuando obtiene placer destrozando plantas y matando lagartijas en el jardín de sus padres. Estos impulsos le llevarán a protagonizar una sórdida historia que marcará su niñez: el intento de violación por parte de un hombre que, mediante engaños, intenta violarlo y su asesinato por parte de Marcello. Este episodio va a marcarle, por supuesto, pero de una manera muy singular: intentando por todos los medios superarlo a través de una apuesta personal por la normalidad, por fundirse con las ideas y las costumbres de la masa para poder ser uno más. Por eso se casa con una mujer de la que no está enamorado: fundar una familia convencional le parece la mejor manera de llegar a su meta. Pero ser normal en unas circunstancias históricas como las de la Italia fascista requería un precio, requería hacer cualquier cosa por el bien del Estado: la nación, como le dice en un determinado momento un personaje, está por encima de la propia individualidad, incluso de la propia familia.

Para demostrar su adaptación plena a una sociedad que le exige ante todo obediencia, Marcello acepta realizar una misión, que habrá de culminar con el asesinato de un disidente, en plena luna de miel. Para ello deberá visitar a un antiguo profesor en París y señalar su presencia en la capital francesa para que unos sicarios se encarguen de matarlo. La extrema inmoralidad de esta actuación no debe plantearse. Pertenecer a un Estado totalitario significa que la individualidad está subordinada a un fin superior. Así pues, tomar parte de un asesinato que va a - presuntamente - favorecer al propio país es una buena manera de asegurarse una vida tan confortable como ordinaria: un piso de una zona de clase media para criar a cuantos hijos tengan que venir, la existencia gris propia de un funcionario de la época.

Pero los remordimientos se acentúan con la caída del fascimo. De pronto la masa empieza a adorar a nuevos ídolos. Los que veneraban a Mussolini de pronto escupen sobre sus esculturas con la misma naturalidad. La posición de Marcello, sus modestos logros de normalización social y económica, están comprometidos:

"Para él se necesitaba un éxito completo del gobierno, de aquella sociedad y de aquella nación; y no sólo un éxito exterior, sino también íntimo y preciso. Sólo de este modo, lo que normalmente estaba considerado como un delito común, se convertiría, en cambio, en un paso positivo en una dirección necesaria. En otros términos, gracias a fuerzas que no dependían de él, tenía que operarse una transmutación completa de los valores: lo injusto tenía que volverse justo; la traición, heroísmo; la muerte, vida. En este punto sintió la necesidad de expresar con palabras llanas y sarcásticas su propia situación y pensó con frialdad: "En conclusión, si el fascismo fracasa, si todos los canallas, los incompetentes y los imbéciles que están en Roma llevan la nación italiana a la ruina, entonces yo no soy más que un asesino." Pero de inmediato corrigió mentalmente: "Y, sin embargo, estando como están las cosas, no podía actuar de otro modo"."

Pero El conformista no es solo una novela moral, sino también psicológica. Aunque el protagonista absoluto es Marcello y prácticamente todo lo vemos a través del filtro de sus pensamientos, los personajes secundarios adquieren gran importancia en la trama, sobre todo el triángulo tan frustante que llega a formarse entre él, su mujer y la del profesor Quadri, el hombre que debe ser aseinado, algo que se refleja también en la adaptación cinematográfica filmada por Bertolucci. El director italiano intenta realizar una obra que refleje los ecos morales de la novela de Moravia, pero también aprovecha para entregar un producto estéticamente fascinante: cada encuadre, cada escenario (con gran importancia de la arquitectura fascista en la primera parte del filme) está primorosamente llevado a cabo y la fotografía de Vittorio Storaro, con esa preponderancia de los tonos azules y rojos, es realmente llamativa, hasta el punto de que Coppola lo llamaría unos años más tarde para Apocalypse Now. Para quien acaba de leer la novela, empaparse de su complejidad psicológica, la película resulta un complemento muy estimulante, una visión muy personal del mundo creado por uno de los mejores escritores europeos del siglo XX.

miércoles, 15 de marzo de 2017

DOCTOR STRANGE (2016), DE SCOTT DERRICKSON. LOS MUNDOS OCULTOS.

Una de las premisas de las historias de editorial Marvel desde su creación fue estimular el sentido de la maravilla de sus jóvenes lectores mostrando siempre personajes, situaciones y escenarios a cual más sorprendente. Dicha característica se acentuó al principio en su cabecera estrella, Los cuatro fantásticos, esencialmente una familia de superhéroes exploradores de lo desconocido que, en un determinado momento, se daban cuenta de que existen incontables mundos dentro de otros mundos, tendiendo hacia lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño sin obviar, por supuesto, la presencia de otras dimensiones. En este contexto nació el Doctor Extraño, un superhéroe un poco aparte, puesto que su función no era tan llamativa como la de sus colegas, ya que debía pelear con amenazas ocultas en otras dimensiones y usando la magia como su arma más poderosa, por lo que el resto de la humanidad normalmente ni siquiera era consciente de esas batallas. El dibujante Steve Ditko (el mismo que plasmó sobre el papel por primera vez a Spiderman) fue el encargado, junto al imprescindible Stan Lee, de dar vida a estas historias "cuyo grafismo surrealista , alucinógeno, anticipó la fascinación de la contracultura por el misticismo oriental y la psicodelia", en palabras del escritor Bradford Wright.

Algo de esto queda en la adaptación cinematográfica de Scott Derrickson: las primeras dudas del doctor Stephen cuando su cerebro racional se enfrenta a la pura magia, el concepto de universos paralelos o de control del tiempo al que se puede acceder a través de esa misma magia o la divertida escena del auténtico creador, Stan Lee, leyendo a Aldous Huxley, nada menos que Las puertas de la percepción. Pero, aparte de estas pinceladas, Doctor Strange no pasa de ser un ejercicio convencional de cine de superhéroes que depende en exceso de unos efectos especiales muy trabajados, pero nada originales (a la mente de cualquier espectador acudirá la película Origen, de Christopher Nolan), y de una trama un poco confusa cuyo final es más que esperado, a pesar de que la forma de ganar al villano sí que se sale de lo convencional.

El director de la interesantísima El exorcismo de Emily Rose parece haber puesto el piloto automático a la hora de filmar las aventuras del doctor Strange. Tampoco la presencia de grandes actores como Benedict Cumberbatch, al que parece que no le dejan ser todo lo divertido e irónico que quisiera, o Mads Mikkelsen, animan demasiado la función, quizá porque plasmar esas peleas místicas resulta mucho más difícil que sus equivalentes físicas. Doctor Strange es simplemente una obra correcta, pero absolutamente olvidable. Veremos si al menos aporta algo en el futuro al cada más rico universo Marvel cinematográfico. La escena post créditos parece apuntar hacia esa dirección.