sábado, 24 de septiembre de 2016

ANSIEDAD POR EL ESTATUS (2003), DE ALAIN DE BOTTON. TRIUNFO, FRACASO Y PRESIÓN SOCIAL.

Los consejos publicitarios con los que somos bombardeados una y otra vez nos lo recuerdan constantemente: vivimos por debajo de nuestras posibilidades. Nos merecemos mucho más de lo que poseemos y el sentido más importante de la existencia humana consiste en estimular la envidia de nuestros vecinos. Lo queramos o no, vivimos en una sociedad de consumo en la que la máxima admiración la suscita el dinero, por lo que las profesiones que proporcionan más ingresos son las más anheladas: grandes empresarios y futbolistas son los modelos a seguir, los que han hecho suyo ese triunfo que tan escurridizo se muestra con la mayoría de los ciudadanos. Una vez consolidada esa posición de poder, lo lógico es exhibirla sin tapujos: cualquier lujo es pequeño para quien se ha labrado una sólida posición económica. No importa que muchos de los objetos que son adquiridos a precios desmesurados sean en realidad inútiles, lo auténticamente valioso es el estatus social que proporciona a su propietario.

Y quizá sea estatus la gran palabra de nuestro tiempo. Es evidente que es un concepto que, aunque no se haya utilizado siempre con el mismo sentido, ha existido en todas las sociedades históricas, con la diferencia de que en la nuestra es mucho más fáctible subir de categoría social desde lo más bajo (y, por consiguiente, también lo es caer). En las sociedades tradicionales los estratos eran mucho menos permeables. Quien nacía campesino sabía que esa iba a ser su vida, por lo que conocía su posición en el mundo y apenas anhelaba vivir mejor, mejorar su posición, porque se trataba de algo imposible. La ansiedad que sentimos casi de continuo por mejorar nuestro estatus proviene precisamente de la posibilidad de hacerlo, aunque en muchas ocasiones se nos presente como un reto más sencillo de lo que en realidad es. 

Quizá todo esto sea una consecuencia de la muy humana necesidad de ser amado. Quien se esfuerza por mejorar y se deja la piel en ello supone que cuando pueda pasear en su Mercedes por fin va ser admirado, se va a convertir en alguien y gente poderosa le ofrecerá su amistad. Pero es muy posible que al llegar al nivel económico soñado, nos demos cuenta de que en realidad existen posiciones mucho más elevadas que son las que verdaderamente aspiramos a ocupar. Siguiendo este camino de ambición desmesurada nunca estaremos satisfechos del todo, puesto que nos acompañará el sentimiento de que merecemos mucho más. Jamás comprenderemos que la felicidad es un estado que se corresponde con la serenidad, que a su vez se consigue eliminando los deseos superfluos y disfrutando de una vida cómoda, pero lo más sencilla posible. Es posible que la auténtica sabiduría nos ilumine cuando nos demos cuenta de que el tiempo para nosotros mismos puede ser mucho más valioso que el dinero:

"Las sociedades avanzadas, como nos proporcionan ingresos muy elevados desde una perspectiva histórica, parecen hacernos más ricos. Sin embargo, puede que en realidad el auténtico efecto de estas sociedades sea el de empobrecernos porque, al fomentar expectativas ilimitadas permiten que siempre exista un desfase entre lo que queremos y lo que podemos permitirnos, entre quienes somos y quienes podríamos ser."

Aunque a veces no sepamos verlo, uno de los combustibles sociales más poderosos es el miedo. En esta época de redes sociales es especialmente importante dar una imagen de triunfo y bienestar. Como es posible que todo el mundo pueda observar a todo el mundo, cualquier paso atrás en el estatus propio es sentido como una tragedia, sobre todo porque es muy difícil ocultarlo del continuo escrutinio al que hemos elegido someternos. La presión es demasiado grande y el premio, si llega a conseguirse, solo va a tener la facultad de mantenernos eternamente insatisfechos. Lo mejor, nos dice Alain de Botton en este ensayo tan bien escrito como estimulante, es seguir el ejemplo de los filósofos y crearse unos valores propios que, sin llegar al extremo de excluirnos de la sociedad, sí que relativice los conceptos de éxito y fracaso. La vida interior debe ser tan importante como la exterior. Debemos estar preparados siempre para afrontar los reveses de la fortuna. No debamos dejar que el miedo, que va a ser muchas veces nuestro compañero en el camino de la vida, sea nuestro guía. Es importante tener en cuenta estas palabras y meditar sobre ellas: el perdedor no es quien no consigue ser propietario de desmesurados bienes materiales, sino quien sufre por ello:

"Quizá el miedo a fracasar en ciertas tareas no sería tan grande si no supiéramos lo habitual que es que los demás lo observen e interpreten con severidad. El miedo a las consecuencias materiales del fracaso se mezcla con el temor a una actitud poco comprensiva del mundo, a su excesiva propensión a referirse a quienes fracasan con el calificativo de "perdedores": palabra que en su significado combina cruelmente la pérdida con la falta de derecho a ser objeto de compasión por ella."

jueves, 22 de septiembre de 2016

LA CAMPANA DE CRISTAL (1963), DE SYLVIA PLATH. AUTOBIOGRAFÍA DE LA CAÍDA.

Existen narraciones a las que el lector llega después de haber tenido noticia de su fama terrible, de la sordidez y a la vez fascinación que va a implicar acercarse a ellas. Pocas vidas han tenido tanto significado después de una muerte trágica como la de Sylvia Plath, escritora misteriosa, de la cual buena parte de su obra permanece oculta y quizá jamás salga a la luz. Cuando uno lee La campana de cristal uno no puede sustraerse un cierto sentimiento morboso, el que cruelmente surge al leer acerca de los sufrimientos ajenos mientras está cómodamente echado en el sofá, embargado por esa sensación de falsa seguridad que nos convence de que jamás tendremos que enfrentar nuestra existencia a avatares semejantes.

Porque la única novela que nos dejó Plath es ante todo una narración autobiográfica, una especie de grito de una escritora sensible ante el absurdo de un mundo que es incapaz de acoger en su seno a quien muestra las dificultades de adaptación propias de una mente problemática. Lo más estremecedor es que Esther Greenwood se nos muestra al principio como una joven normal y muy talentosa, interesada por la literatura y que intenta abrirse paso en un mundo que ya intuye muy competitivo. Esther ha ganado una beca y está pasando unos meses en Nueva York, asomándose al gran mundo e intentando ingresar en la vida adulta. Poco a poco se irá dando cuenta de que es incapaz de seguir el ritmo que le llevará a la vida soñada. Ni siquiera las oportunidades amorosas la satisfacen. Tampoco consigue escribir, su gran ambición. Las puertas de una devastadora depresión están abiertas.

Y pasamos a la segunda parte de la novela. Esther Greenwood es ahora otra persona, un ser inapetente cuyo máximo anhelo es lograr un suicidio poco doloroso. Tampoco le ayuda para nada, a la hora de salir de ese pozo negro, el tratamiento por choques eléctricos elegido por el doctor asignado en la clínica donde ha sido ingresada, solo va a lograr estimular su ansia por dejar la vida. Plath lo describe con la crudeza de quien ha vivido la experiencia en sus carnes: 
 
"El doctor Gordon estaba ajustando dos placas de metal a cada lado de mi cabeza. Las ajustó en su posición con una correa que me apretaba la frente y me dio una pieza de metal para que la mordiera.
Cerré los ojos.
Un breve silencio, como una inspiración.
Entonces algo bajó y se apoderó de mí y me sacudió como si fuera el fin del mundo. Ay, ay, chirriaba, en un aire que chisporroteaba con luz azul, y con cada destello un gran impulso me castigaba hasta que pensé que mis huesos se romperían y creía que saltaría toda mi savia, como una planta partida en dos.
Me preguntaba que terrible pecado había cometido yo."

Mientras todo esto sucede, los seres queridos de Greenwood no saben cómo acercarse a ella. Los sentimientos de la madre fluctúan entre la culpa propia y la de su hija. Enfrentarse a lo incomprensible, a lo irracional, no es tarea fácil. Plath lo describe de forma cruda y transparente, tanto como esa campana que al final parece dejar un poco de aire fresco, aunque es posible que esa sensación sea de falsa esperanza. Lo más sorprende - y paradójico - de todo es comprobar la perfecta cordura de Plath a la hora de describir su propia locura.

domingo, 18 de septiembre de 2016

LOS ODIOSOS OCHO (2015), DE QUENTIN TARANTINO. EL JUEGO DE LA SOSPECHA.

A lo largo de las tres últimas décadas Quentin Tarantino a logrado el sueño de todo cineasta: hacer las películas que quiere, cuando quiere y de la manera que a él le parezca mejor. A Tarantino se le puede amar u odiar, pero lo que es indudable es que ha establecido un estilo propio apuntalado por millones de seguidores incondicionales. Sus películas, a pesar de transcurrir en diversas épocas, parecen pertenecer a un universo propio, dotado de reglas peculiares entre las que destacan dos: los personajes están dotados para los diálogos ingeniosos y estas largas escenas de conversaciones al final derivarán inevitablemente en una orgía de violencia marca de la casa. 

Que el cineasta tenga el control absoluto sobre su producto explica que Tarantino se haya permitido el lujo de entregar un western de casi tres horas de duración en el que la acción se concentra en la última media hora. El resto del metraje sirve para retratar con precisión a los distintos personajes que se van a citar en un refugio aislado en la nieve y para ir creando un clima de tensión que casi entronca con la literatura de Agatha Christie: ¿quién quiere asesinar a quién? ¿cuáles son las verdaderas intenciones e identidad de cada uno de los personajes? La película se sostiene precisamente gracias a una compleja arquitectura construida a base de un juego de equívocos a varios niveles. Eso no quiere decir que Los odiosos ocho sea una obra redonda. Su principal lastre es el exceso de metraje, quizá porque Tarantino necesita que todo el elenco tenga su momento - o sus momentos - de gloria y puedan lucir su capacidad para la réplica brillante en unos diálogos tan improbables como cinematográficamente efectivos.

Uno de los grandes aciertos de Los odiosos ocho es la creación de un clima propio, y no me refiero a la nieve incesante y al frío que inundan la película. Nos encontramos en un momento histórico muy peculiar, cuando la Guerra Civil Americana ha terminado hace pocos años y los personajes arrastran todavía heridas muy sangrantes obtenidas en los diversos avatares sufridos en la misma. Aunque el Norte ha ganado, el Sur conserva su orgullo y la presencia de un hombre de color que se exhibe como un macho dominante - antiguo oficial y cazarecompensas - no hace sino elevar la tensión en el espacio cerrado y asfixiante - a pesar de las bajas temperaturas - en el que transcurre la mayor parte del metraje: la intrahistoria de cada uno de los personajes se mezcla con la Historia con mayúsculas de una manera sutil y efectiva. Mención especial también a la actuación de Jennifer Jason Leigh, que interpreta al personaje quizá más odioso de todos, pero que se desenvuelve a la perfección entre un reparto en el que todos los demás son hombres.

sábado, 17 de septiembre de 2016

HOMENAJE A CATALUÑA (1938), DE GEORGE ORWELL. LAS GUERRAS DE LA GUERRA CIVIL.


En una Europa amenazada por un triunfo total del fascismo, el golpe de Estado sucedido en nuestro país el 18 de julio de 1936 suscitó todo tipo de pasiones, adhesiones y rechazos. Militantes de los más diversos partidos políticos o jóvenes idealistas viajaban a España para pelear en lo que se intuía iba a ser el primer capítulo de una guerra mucho más generalizada. George Orwell llegó a Barcelona pocos meses después de iniciadas las hostilidades y se incorporó a la milicia del POUM  que defendía el frente de Aragón. La experiencia vivida en España quedaría marcada en su ser el resto de su vida e inspiraría sus dos obras más conocidas, escritas en los años posteriores: Rebelión en la granja y 1984.

Los primeros capítulos de Homenaje a Cataluña se dedican a describir la situación del frente en el invierno de 1936-37. Lejos de constituir una fuerza militar imponente, las milicias del POUM eran un ejército irregular en el que era más importante la práctica ideológica que la militar. Se trataba de unos miles de hombres penosamente armados, con fusiles viejos y bombas de mano que resultaban casi tan peligrosas para su portador como para el enemigo. Apenas había ametralladoras y la artillería brillaba por su ausencia. Además, las comidas eran inadecuadas y los hombres pasaban un frío atroz por falta de equipo adecuado. Pronto los uniformes se convertían en raídos trozos de tela que no eran sustituidos y los soldados pasaban a tener un aspecto zarrapastroso. Sin embargo entre la milicia del POUM imperaba una camaredería y espíritu igualitario que mantenía muy alta la moral de la tropa. Por suerte, el ejército que tenían enfrente no se encontraba en mucha mejor condición. En la época que estuvo Orwell el frente de Aragón no era un teatro de operaciones prioritario para ninguno de los dos bandos, por lo que el escritor solo pudo participar en escaramuzas, lo cual no quiere decir que no se expusiera constantemente al peligro, como prueba el balazo que acabó recibiendo en la garganta.

De la situación tragicómica del frente dan idea estas líneas, en las que se describe la miseria de los hombres de nuestra tierra como sólo un cronista inglés de la época podía hacerlo:

"En esta época se sumó a nosotros una sección de andaluces. No sé cómo llegaron hasta este frente. La explicación aceptada es que habían huido de Málaga a tal velocidad que se habían olvidado de detenerse en Valencia; pero esta explicación se debía a los catalanes, que despreciaban a los andaluces como a una raza de semisalvajes. Sin duda, los andaluces eran muy ignorantes, casi todos analfabetos, y ni siquiera parecían saber lo único que nadie ignora en España: a qué partido pertenecían. Creían ser anarquistas, pero no estaban del todo seguros, quizás fueran comunistas. Eran pastores o aceituneros, tal vez, de aspecto rústico, nudosos, con los rostros profundamente curtidos por el feroz sol meridional."

Pero, con ser auténticamente magistral la descripción de lo vivido en el frente, lo que en verdad le interesa a Orwell relatar - y denunciar - son las luchas intestinas que se produjeron dentro del bando Republicano, cuyo epicentro fue la ciudad de Barcelona y de las que fue testigo directo. Pero antes de que esto ocurriera, se sucedieron los viajes de hospital en hospital y una milagrosa recuperación de una herida muy peligrosa, circunstancia de la que los amantes de la literatura estamos muy agradecidos. El regreso a la capital catalana no fue fácil y el autor vuelve a tomarse con humor - para un inglés la puntualidad de los trenes es algo sagrado - la forma de hacer las cosas imperante en nuestro país:

"Una mañana se anunció que los hombres de mi sala partirían ese mismo día hacia Barcelona. Logré enviar un telegrama a mi esposa, anunciándole mi llegada. Poco después, nos metieron en varios autobuses y nos llevaron a la estación. Cuando el tren ya había arrancado, el enfermero del hospital que viajaba con nosotros por casualidad nos informó que no íbamos a Barcelona, sino a Tarragona. Supongo que el maquinista había cambiado de idea. "¡Típicamente español!", pensé. También fue muy español que aceptaran detener el tren para que yo pudiera enviar otro telegrama, y aún más español, que éste nunca llegara."

Lo cierto es que Orwell tuvo oportunidad de experimentar uno de esos momentos tenebrosos de la historia que después denunciaría con tanto acierto en sus escritos, una de esas circunstancias en la que la mentira es capaz de ganar incontestablemente una batalla a través de la difusión de un punto de vista absurdo de la realidad que se convierte en una verdad incontestable. Que el POUM fuera acusado de ser un agente oculto del fascismo dentro del frente Republicano era algo racionalmente insostenible, dadas las circunstancias y el sacrificio diario de sus milicianos, pero dicha acusación fue interiorizada - como debían hacerlo los habitantes de Oceanía en 1984 - como la más lógica de las verdades por miles de militantes comunistas. En consecuencia, se organizó una terrible represión contra los miembros del POUM, que a punto estuvo de alcanzar al propio Orwell, que si logró escapar indemne de nuestro país fue más gracias a la fortuna que a cualquier otro factor. 

El escritor británico tiene la decencia de explicar al lector que si él escribe sobre los hechos es porque fue testigo de los mismos, aunque reconoce que un testigo es un ser siempre parcial, sobre todo porque es imposible que sea capaz de interpretar todos los matices de unos hechos muy complejos. Pero eso no obsta para que denuncie el totalitarismo de Stalin y cómo el dirigente soviético fue capaz de importar a España el método de las purgas que tan buenos resultados le había dado para establecer un reinado de terror y consolidar su poder personal. Buena parte de los días pasados en Barcelona en plena guerra civil dentro de la guerra civil son de una gran confusión. Los bandos están tan divididos que si no fuera por las banderas que se exhiben en las fachadas, nadie sabría a quien pertenece cada edificio. En realidad no se trató de una lucha terrible - sí que lo fue la represión posterior - pero sí que es verdad, tal y como denuncia Orwell, que estos hechos constituyeron una valiosíma ventaja propagandística y militar para el verdadero enemigo, el bando franquista. 

De Homenaje a Cataluña, crónica personal e histórica verdaderamente magistral, podemos quedarnos con esta tenebrosa moraleja, que sigue teniendo una siniestra vigencia en nuestros días, como casi todo lo que escribió el autor de 1984:

"Uno de los rasgos más repugnantes de la guerra es que toda la propaganda bélica, todos los gritos y las mentiras y el odio provienen siempre de quienes no luchan."

lunes, 12 de septiembre de 2016

LA FÁBRICA DEL EMPRENDEDOR (2015), DE JORGE MORUNO. TRABAJO Y POLÍTICA EN LA EMPRESA-MUNDO.

En los últimos años han proliferado en nuestras librerías los libros que tratan de explicar la situación económica, los que diagnostican y tratan de ofrecer soluciones a la crisis más grave de las últimas décadas. Algunos se fijan en crisis anteriores, pero otros constatan que el mundo del trabajo ha cambiado para siempre, porque el nuevo paradigma tiene que ver con la preponderancia de las multinacionales sobre los gobiernos. Hoy sabemos oficialmente - era un secreto a voces - que el Estado jamás recuperará lo invertido en uno de los mayores timos de la historia: el rescate bancario. Simplemente se anuncia tan horrenda notica, pero nadie asume responsabilidades ni los ciudadanos, acostumbrados ya desde hace tiempo a tragar noticias que hace algún tiempo hubieran resultado intolerables, apenas se inmutan. Sobre todo porque este anuncio, a pesar de ser muy importante, pronto será olvidado en la vorágine de una actualidad que no siempre se compone de noticas tan relevantes.

El libro de Moruno se inscribe en la tendencia antes expuesta. Jorge Moruno es un militante de Podemos, conocedor de la nueva realidad laboral desde dentro, que intenta poner su granito de arena y construir un discurso, más o menos acertado, que pretende hacerse oir entre el ruido imperante. Y pretende hacerlo basándose en una idea fundamental: que las empresas se han convertido en instituciones totalitarias que maltratan impunemente a sus empleados. Ya hace tiempo que el trabajo dejó de considerarse como una maldición para pasar a ser un bien tan escaso como soñado por muchos que no tienen posibilidad de acceder a él. Es cierta la afirmación de Moruno de que esas pretensiones de volver al pleno empleo - si alguna vez lo hubo - son una quimera, porque jamás habrá trabajo para todos. La idea es instituir una renta básica y repartir el trabajo existente. Una idea que a muchos puede parecer absurda e irrealizable, como se dijo en su día de la Sanidad universal, pero que debería empezar a estudiarse - aunque sea por dignificar la vida de aquellos que ya han perdido toda esperanza de llevar una existencia digna - como se está haciendo en algunos países. 

También es cierto que se ha perdido el sentimiento colectivo de pertenecer a una clase social. Las instituciones fomentan el individualismo y la competencia en el ámbito laboral, una realidad que resulta ser un arma de doble filo, puesto que si por una parte logra la motivación suficiente para que el esfuerzo sea cada vez mayor a nivel individual, también pone trabas al verdadero avance, aquel que se logra con el trabajo cooperativo. Además se fomenta el miedo y la culpa. Al hacer que todos seamos dueños absolutos de nosotros mismos, cualquier fracaso es vivido como una tragedia personal y la sociedad no ayudará al perdedor porque, de alguna manera, él se lo habrá buscado:

"De lo que se trata siempre es de buscar explicaciones a los dolores que sufre la sociedad. En nuestro caso actual, cuando se deshilachan los vínculos construidos y posados tras siglos de movimiento obrero a lo largo de la gestación de la sociedad salarial, se ofrece como sustituta al pánico existencial una solución que cuaja con el espíritu del éxito propio del individualismo posesivo. Solo hace falta acercarse a una estación de tren para observar cómo convergen toda una pila de libros de autoayuda junto con otros que te dan la receta del éxito, otros te ayudan a evitar a la gente tóxica, a controlar las emociones, y los que te incitan a invertir en Bolsa o panfletos que idolatran al llamado mercado. Cuando el dolor y las preguntas se viven en solitario y se elimina la dimensión social y la posibilidad colectiva del cambio, únicamente queda tu persona, tu pasado, tus debilidades y tus miedos como causa explicativa y como vía para conseguir salir del pozo. Todas estas nuevas técnicas de superación personal pueden verse como las costuras de un nuevo traje disciplinario sobre la fuerza de trabajo, un traje que ya no se basa en moldear cuerpos, sino en controlar la mente acompasada al cuerpo."

Y lo peor de todo es que ningún político ofrece verdaderas soluciones. Se habla de emprendimiento, de pensamiento positivo y de crecimiento, pero no de ayudar directamente a quien lo necesita, analizando las características individuales de su caso. Al parado ya no se le considera ni siquiera un enfermo, sino una especie de parásito que no es capaz de motivarse a sí mismo para salir de su situación. Se supone que habitamos un escenario de libertad e igualdad económicas absolutas, en el que cualquiera con una buena idea será capaz de salir adelante, pero no es cierto. La sima entre débiles y poderosos es mayor que nunca y también la capacidad de acceso a informaciones privilegiadas, auténtico basamento del poder económico.

Aunque posee un indudable interés en sus argumentos, a mí me hubiera gustado más que el libro de Moruno se centrara más en las causas y consecuencias de la moda emprendedora con la que los distintos gobiernos, estatales y autonómicos pretenden tener la varita mágica del fin de la crisis. Es cierto que nuestro país ha entrado en una senda de crecimiento que empieza a notarse en ciertos ámbitos, pero también lo es que tanta apelación al individualismo -  entendido como mejor manera de ganar dinero - solo puede tener como resultado una preocupante disminución de la capacidad creativa de todo un país.

viernes, 9 de septiembre de 2016

MR. HOLMES (2015), DE BILL CONDON. EL HÉROE CANSADO.

Los grandes mitos nunca mueren. Y pocos mitos literarios son tan grandiosos como un Sherlock Holmes que a día de hoy sigue gozando de una excelente salud e inspirando grandes historias. De la fortaleza del personaje habla la capacidad que tiene para ser trasladado a cualquier época y seguir funcionando con la misma efectividad (véase si no la magnífica serie de televisión, Sherlock), además de haber inspirado cientos de historias de autores que han querido continuar la saga comenzada por un Conan Doyle que llegó a renegar de un personaje que le impedía ocuparse de asuntos literarios que él estimaba más elevados. Pero es que lo que creó el autor inglés no fue solo un personaje inmortal, sino que imprimió a sus narraciones de un hilo metanarrativo que se convierte en uno de los atractivos más evidedentes para cualquier lector que quiera acercarse a las mismas. Que sea el propio compañero del protagonista, Watson, el encargado de novelar los casos hace que el propio Holmes se enoje amigablemente con él, puesto que para él la ficción, con sus adornos y su ambición estética, se aleja de la realidad de los hechos, lo único que le interesa. Es curioso leer, en Todo Sherlock Holmes, la frialdad con la que escribe el propio detective en alguna ocasión en la que toma la pluma. Pero, como ya descubrimos leyendo algunos de los cuentos, en Mr. Holmes vamos a ver confirmada la idea de que el mejor detective de la historia es un ser humano, es capaz de cometer errores y puede dejarse llevar por sus más íntimos sentimientos.

Mr. Holmes nos muestra a su protagonista como un ser retirado del mundo, dedicado casi por completo a una de sus grandes pasiones: la apicultura y estableciendo una relación casi paterno filial con el hijo de su asistenta en la magnífica propiedad rural en la que vive desde hace treinta años. Porque Holmes tiene ya noventa y tres años y siente que ha fracasado como detective y como ser humano, debido al tormento que le provoca evocar su último caso, que se saldó con un doloroso fracaso que le hizo retirarse de la profesión. Además, el detective se enfrenta con un problema mucho peor que el más enrevesado de los enigmas que tuvo que resolver en su juventud: la inevitable llegada de la demencia senil. La pérdida de la memoria, que es lo mismo que perder la propia existencia es una desgracia para cualquiera, pero en el caso de una mente privilegiada como la de Sherlock Holmes constituye una auténtica tragedia, sobre todo si tenemos en cuenta que le sucede a un personaje que estimamos inmortal.

Con una interpretación prodigiosa del gran Ian McKellen, cuya sola presencia sostiene toda la película, Mr. Holmes es una acertada reflexión sobre la decadencia, sobre esa senectud que ni siquiera perdona a los grandes héroes. Porque Holmes fue siempre un héroe de acción, un hombre que era capaz de estar días pateándose las calles de Londres con el fin de confirmar una pista, pero sobre todo era un héroe del intelecto, capaz de reconstruir cualquier hecho con una frialdad que le alejaba de la humanidad común. Fue Watson, el gran ausente de la película de Condon - aunque su espíritu esté presente en toda la cinta - el que logró humanizarle ofreciéndole el más valioso (y prácticamente imposible de conseguir para Holmes) de los bienes: la amistad. Ahora el Holmes de McKellen, soñador y evocador de glorias pasadas puede morir tranquilo. Después de todo su vida ha sido virtuosa y sus errores - pocos - no han hecho más que engradecerle. En cualquier caso, el personaje seguirá estando en el corazón de sus lectores durante muchos siglos más. 

jueves, 8 de septiembre de 2016

CONGRESO DE FUTUROLOGÍA (1971), DE STANISLAW LEM Y EL CONGRESO (2013), DE ARI FOLMAN. LOS LÍMITES DE LA REALIDAD.

La literatura de ciencia ficción en su vertiente distópica está para advertirnos de futuros posibles (esperamos que no probables) en los que la Humanidad ha llegado a un estado radicalmente opuesto al destino que consideramos digno de las generaciones futuras. Lo mejor de Congreso de futurología, novela que se inscribe plenamente en esta tendencia, es el tono humorístico que le imprime el autor, presente en toda la narración, pero que milagrosamente no tapa ni un ápice el problema de fondo que le interesa plantear a Stasnislaw Lem: qué sucederá cuando la ciencia alcance un estadio (en este caso se trata de extraordinarios avances químicos) que permita a la gente abstraerse de la gris realidad y crear su propio mundo en el que no exista el sufrimiento y todo sea a imagen y semejanza de la propia idea de perfección.

Lo cierto es que los primeros capítulos de Congreso de futurología no son demasiado prometedores. El autor polaco nos introduce en una orgía de violencia y huidas que parecen no llevar a parte alguna. Pero qué equivocado estará el lector que llegue hasta la mitad del libro. A partir de ahí el relato cambia de tono y se convierte en una magistral descripción de una sociedad dominada por unos productos químicos capaces de crear prácticamente cualquier ilusión en su usuario. Cualquiera puede ser Jesús o Mahoma, o llevar a cabo las más recónditas fantasías sin restricción alguna. Uno puede ser dueño hasta del día y la noche y del tiempo atmosférico. El problema es que ésta no es la realidad. ¿O sí lo es? Porque ¿cómo podemos estar seguros de que lo que vivimos en nuestra existencia cotidiana es auténtico y no una creación de nuestra mente? Esta tesis ya fue planteada por Platón hace veinticinco siglos y sigue presente en debates filosóficos y científicos. En los últimos años se popularizó a través de una película como Matrix. Además surgen voces en la comunidad científica, todavía muy tímidas, que teorizan que nuestro mundo podría ser una construcción virtual de una inteligencia mucho más poderosa, aunque sería muy difícil probar esta afirmación.

Como he dicho más arriba, la narración de Lem es plenamente disfrutable por su ácido (y nunca mejor dicho) sentido del humor. Porque entrar inadvertidamente en la era de la psicoquímica puede tener consecuencias indeseadas para un novato. Los bancos la utilizan para cobrar sus deudas, las empresas para enviar publicidad brutalmente subliminal y los jefes para estimular el sentido del deber en sus empleados. También se puede ser víctima de bromas pesadas como ésta:

"La velada resultó muy agradable, pero me gastaron una broma idiota. Uno de los invitados —¡si supiera quién!— me metió en mi té una pizca de convertina-credibilina y en el acto sentí una tal adoración hacia mi servilleta que me puse a improvisar en alta voz una nueva teodicea. Bastan unas cuantas gotas de esa condenada substancia para que uno empiece a creer en lo primero que se presenta: la cuchara, la lámpara, los pies de la mesa, etc. Mi sentir místico era tal que me puse de rodillas para rendir culto a los cubiertos. Fue entonces cuando mi anfitrión me ayudó: bastaron doce gotas de cabecina, una nueva sustancia que infunde un escepticismo tan frío, una tal pasividad ante lo que sea, que hasta un condenado se dejaría cortar la cabeza sin murmurar."

Respecto a la película del autor de Vals con Bashir, se trata de una adaptación muy libre de la novela de Lem, puesto que también quiere ser todo un homenaje a la actriz Robin Wright. Folman sigue explorando la integración narrativa de imágenes reales con las técnicas más avanzadas de animación y crea momentos realmente emocionantes en contraste con otros realmente aburridos. El congreso es una obra tan ambiciosa como irregular, puesto que no consigue la magia que sí se logró en su anterior producción, quizá porque quiere hablar de demasiadas cosas sin profundizar realmente en ninguna: los cambios que se avecinan en el cine, los sentimientos de la protagonista ante la devastadora enfermedad de su hijo, además de todos los que trata Lem en su novela. Merece la pena su visionado, pero es mejor hacerlo sin grandes expectativas, porque El congreso funciona más como experimento cinematográfico que como una historia que realmente llegue al espectador.