viernes, 17 de febrero de 2017

NAUFRAGIOS (1555), DE ALVAR NÚÑEZ CABEZA DE VACA. EN EL CORAZÓN DE LA DESGRACIA.

Basta con echar un vistazo al mapa que abarca el sur de los actuales Estados Unidos y el Norte de México para advertir la verdadera dimensión de la hazaña de supervivencia que protagonizó el jerezano Alvar Núñez Cabeza de Vaca, uno de los protagonistas de las crónicas del descubriminto de América, no precisamente por conquistador, como Hernán Cortés, sino más bien como explorador y antropólogo, muy a su pesar. La medida de la pobreza imperante en la España de la época, a pesar de las glorias imperiales que se estaban viviendo, podemos reconocerla en la abundancia de voluntarios para embarcarse para las Indias, hacia unas tierras que empezaban a explorarse y que estaban infestadas de peligros. Para unos, como el nombrado Hernán Cortés, fue un viaje glorioso, que abrió las puertas a riquezas insospechadas. Para Cabeza de Vaca, que parecía viajar con la desgracia como compañera, fue una auténtica odisea repleta de sufrimientos.

Quien se acerca hoy día a los Naufragios tiene garantizada una lectura fascinante, no solo por la narración del viaje en sí, sino por el lenguaje que utiliza Cabeza de Vaca, tan rico y variado como el del más consumado de los escritores. El explorador por fin descansa, después de una aventura que ha durado años. Y necesita contar - también se lo han pedido, como es lógico, a través de las instancias oficiales - lo vivido. Evocar una desgracia resulta una tarea dura para cualquiera, pero cuando se trata de un rosario de trabajos, penosidades y mala suerte, sobre todo cuando se buscaba la riqueza y la gloria, debe ser un ejercicio tremendamente difícil. El autor no se priva en describirnos con todo lujo de detalles los dolores, los miedos y las fatigas padecidas:

"Ya he dicho cómo por toda esta tierra anduvimos desnudos; y como no estábamos acostumbrados a ello, a manera de serpientes mudábamos los cueros dos veces en el año, y con el sol y el aire hacíansenos en los pechos y en las espaldas unos empeines muy grandes, de que rescíbiamos muy gran pena por razón de las muy grandes cargas que traíamos, que eran muy pesadas; y hacían que las cuerdas se nos metían en los brazos; y la tierra es tan áspera y tan cerrada, que muchas veces hacíamos leña en montes, que cuando la acabábamos de sacar nos corría por muchas partes sangre, de las espinas y matas con las que topábamos, que nos rompían por donde alcazaban. A las veces que acontesció hacer leña donde, después de haberme costado mucha sangre, no la podía sacar ni a cuestas ni arrastrando. No tenía, cuando en estos trabajos me veía, otro remedio ni consuelo sino pensar en la pasión de nuestro redemptor Jesucristo y en la sangre que por mí derramó, y considerar cuanto más sería el tormento que de las espinas él padesció que no aquel que entonces yo sufría."

Una de las características que más llaman la atención del relato de Cabeza de Vaca, y que lo definen como un hombre de su época, es su profunda religiosidad. El explorador pasa continuamente por malos tragos, pero jamás se deja vencer totalmente por la desesperación, pues su fe en el Dios de los cristianos siempre le sirve de consuelo y cualquier alivio a la situación padecida, por pequeño que sea, siempre será motivo de agradecimiento a aquel que siempre vela por los creyentes. La vacilación de la propia fe parece cosa imposible, hasta el punto de que una de las mayores preocupaciones del narrador es convertir a los ingenuos indios que va encontrando por el camino. Por supuesto que dicha ruta es tan larga y tan accidentada que todos no se van a comportar amigablemente, en especial los que ya han tenido contacto previo con el invasor. 

En cualquier caso lo más importante aquí - y ojalá el narrador se diera cuenta de ello mientras escribía tan impresionante crónica - no era la gloria militar, sino que Cabeza de Vaca fue el primer europeo que pudo contemplar esos enormes horizontes del Oeste que siglos después seguirían fascinando a los pioneros norteamericanos. El explorador murió algunos años después en Sevilla. ¿Sentiría nostalgia de su odisea en sus últimos días?

jueves, 16 de febrero de 2017

LAS PEQUEÑAS VIRTUDES (1962), DE NATALIA GINZBURG. EL OFICIO DE VIVIR Y DE ESCRIBIR.

Quizá sea un tópico decir que la mejor manera de afrontar la vida sea saborerar las pequeñas cosas, los pequeños placeres en los que uno puede deleitarse en el día a día. Tener expectativas o sueños demasiado grandiosos puede llevar con mucha facilidad a decepciones enormes. Si a Ginzburg se le repochó a menudo no atreverse a abordar los grandes temas en su literatura, Las pequeñas virtudes puede considerarse como una especie de declaración de principios, como un retrato personal e íntimo de alguien que solo usaba la escritura como instrumento de placer, como una necesidad de definirse a sí misma sin la presión de contentar a nadie. No he tenido oportunidad de leer ninguno de sus relatos, pero estos ensayos ya me dan la medida de una mujer muy interesante y con una capacidad de observación fuera de toda duda. A modo de ejemplo, la siguiente descripción, sencilla y a la vez precisa de la ciudad donde vivió un tiempo:

"Nuestra ciudad, en verano, está desierta y parece muy grande, clara y sonora como una plaza. El cielo está limpio pero no luminoso, tiene una palidez lechosa. El río fluye llano como un camino, sin emanar humedad ni frescura. De las calles se levantan ráfagas de polvo; desde el río llegan grandes carros cargados de arena; el asfalto del paseo está recubierto de piedrecillas que se cuecen en el alquitrán. Al aire libre, bajo los parasoles a rayas, las mesitas de los cafés están abandonadas y ardiendo."

Con estas pocas palabras podemos no solo visualizar, sino también sentir los latidos de la ciudad calurosa y abandonada como si estuviéramos nosotros mismos paseando por ella. Los ensayos de Ginzburg poseen una inevitable pulsión literaria y supongo que sus relatos acturarán a su vez como transmisores de ideas. Las propias experiencias vitales son la principal fuente que alimenta la escritura de la autora de Querido Miguel. En muchos de sus pasajes laten los sufrimientos padecidos - no solo por ella, sino por la inmensa mayoría de la población italiana - durante la Segunda Guerra Mundial, hasta el punto que confiesa que es difícil adaptarse a vivir en paz cuando se ha experimentado en carne propia un conflicto tan terrible:

"Una vez que se ha padecido, la experiencia del mal ya no se olvida. Quien ha visto derrumbarse las casas sabe demasiado bien de qué está hecha una casa. Una casa está hecha de ladrillos y cal y puede derrumbarse. Una casa no es muy sólida. Puede derrumbarse de un momento a otro. Detrás de los serenos jarrones con flores , detrás de las teteras, las alfombras, los suelos lustrados con cera, está el otro aspecto verdadero de la casa, el aspecto atroz de la casa derrumbada."

Si tomamos este texto de manera literal, nos podemos imaginar qué terrible experiencia debe ser sobrevivir a un bombardeo para un ser pacífico. Pero también la casa puede tomarse como metáfora de la vida misma, de los males inesperados que nos pueden acechar a la vuelta de la esquina, de cómo una existencia razonablemente satisfactoria y feliz puede tornarse en minutos, por mor de las circunstancias, en el más temible de los infiernos. 

Pero en ningún momento olvida Ginzburg su humilde vocación de escritora, llegando a confesar que plasmar sus pensamientos en un papel es casi la única actividad que sabe hacer bien, por lo que prácticamente no podría haberse ganado la vida de otra manera (es divertida en este sentido la comparación a la que somete en uno de sus artículos con su perfecto esposo). Además, son impagables las palabras que dedica al eterno dilema acerca de si, para ser buen escritor, es mejor ser desgraciado o feliz:

"Cuando somos felices, nuestra fantasía tiene más fuerza; cuando somos infelices, nuestra memoria actúa entonces con más brío. El sufrimiento hace que la fantasía se vuelva débil y perezosa; funciona, pero con desgana y languidez, con los movimientos débiles de los enfermos. (...) En las cosas que escribimos afloran entonces, continuamente, recuerdos de nuestro pasado, nuestra propia voz resuena de continuo y no conseguimos imponerle silencio. (...) Hay un peligro en el dolor, así como hay un peligro en la felicidad, respecto a las cosas que escribimos. Porque la belleza poética es un conjunto de crueldad, de soberbia, de ironía, de ternura carnal, de fantasía y de memoria, de claridad y de oscuridad, y si no conseguimos obtener todo esto junto, nuestro resultado es pobre, precario y escasamente vital."

viernes, 10 de febrero de 2017

SPQR (2016), DE MARY BEARD. UNA HISTORIA DE LA ANTIGUA ROMA.

Cuando se evoca la antigua Roma, muchos piensan en la grandeza de sus monumentos, en su poderío militar, su capacidad de expansión y en la crueldad de sus diversiones públicas. Pero el legado que nos dejó aquella época es mucho más complejo que todo eso: de ahí han salido nuestro derecho, buena parte de nuestra literatura, los fundamentos de nuestra organización política y la base de buena parte de las lenguas europeas. Cuando la Unión Europea está en horas bajas, algunos abogan por implementar el latín como lengua oficial y común de los países que la conforman, quizá para buscar inspiración en unos hombres que, a pesar de que lo hicieran en muchas ocasiones con violencia, llevaron la civilización a muchos lugares remotos y sus habitantes acabaron por beneficiarse del hecho de ser conquistados. Pero la historia de Roma no se resume en el éxito de un pueblo belicoso y conquistador. Los sucesos históricos, que nosotros desde el presente podemos apreciar como inevitables, jamás siguen una línea clara y casi siempre están influidos por las circunstancias más azarosas. El paso de la República al Imperio, que tantos debates ha suscitado, es retratado aquí como el enfrentamiento entre un puñado de hombres ambiciosos, de entre los cuales salió triunfante uno de los que a priori parecía más débil, el futuro emperador Augusto:

"Cuando se destripa la historia hasta sus fundamentos más básicos y brutales, vemos que consiste en una serie de momentos y conflictos clave que condujeron a la disolución del Estado libre, en una secuencia de momentos críticos que marcaron las etapas de una progresiva degeneración del proceso político y una sucesión de atrocidades que durante siglos poblaron la imaginación de los romanos."

Obviando la excelente síntesis de los acontecimientos más importantes del primer milenio de Roma, uno de los aspectos más interesantes del ensayo de la flamante premio Princesa de Asturias es su descripción de la vida cotidiana de los habitantes del Imperio. Para la gran mayoría la existencia era pura supervivencia diaria. Los que habitaban las ciudades solían vivir en grandes bloques de apartamentos en los que se acinaban gran número de familias. Las muertes por incendios o por riadas eran frecuentes, puesto que aquella época no existía nada parecido a la planificación urbanística moderna, hasta el punto de que las villas de los ricos se mezclaban con las construcciones más humildes. Seguramente la ciudad de Roma estaba rodeada de barrios de chabolas, construidas con materiales tan precarios que nada nos ha quedado de ellos. 

En aquella época los padecimientos de los pobres o los esclavos (algunos de estos últimos gozaban de una calidad de vida mejor que los primeros) eran objeto de la más absoluta indiferencia por parte de las clases sociales altas, cuya única política social consistía en hacer sobrevivir al pueblo a base del famoso panem et circenses. En cualquier caso, ni siquiera recintos tan enormes como el Coliseo bastaban para que todo el mundo asistiera a los espectáculos y tampoco el reparto de pan llegaba a toda la gente. Ya Cicerón escribió unas líneas despreciando el trabajo manual, unas ideas que son extrañas en los emprendedores tiempos actuales:

"El dinero que proviene de la venta de tu trabajo es vulgar e inaceptable para un caballero... porque los sueldos son efectivamente las cadenas de la esclavitud"

Claro que solo podían expresarse así quienes habían tenido el lujo de nacer en una familia antigua y rica. La gran mayoría de los habitantes del Imperio apenas cambió su vida con la conquista romana, aunque los beneficios a medio plazo fuesen indudables: para los que trabajaban la tierra la vida era tan dura como siempre, situación que se prolongó hasta siglos después de la caída de Roma. 

Mary Beard ha tenido el acierto de escribir un libro dirigido al gran público, entretenido y a la vez riguroso. Un buen complemento a su lectura es el visionado de la serie Roma, producida por la HBO, que refleja muy bien las formas de vida descritas en SPQR, en concreto los dramáticos acontecimientos de la segunda mitad del siglo I antes de Cristo.   

Y para terminar, un apunte que nos lleva a una comparación histórica entre nosotros y ellos, en concreto respecto a la política de inmigración actual, comparada con la de una Roma que recibía - casi siempre - a los habitantes de culturas ajenas, a sus costumbres y a sus religiones y las integraba en las suyas propias. Como dijo la propia autora en una entrevista promocional:

"En el imperio romano jamás existió el concepto de "inmigrante ilegal", aunque no quiero decir con esto que tengamos que hacer las cosas como los romanos, pero es verdad que somos muy rígidos a la hora de conceder la ciudadanía."

miércoles, 8 de febrero de 2017

WESTWORLD, TEMPORADA 1 (2016), DE JONATHAN NOLAN Y OTROS. ALMAS DE METAL.

Dejo aquí el artículo que acabo de publicar acerca de una de las mejores y más filosóficas series de los últimos años:

TARDE PARA LA IRA (2016), DE RAÚL ARÉVALO. LA FURIA DEL HOMBRE PACIENTE.

El tema de la España negra, nuestra presunta propensión a tomarnos la justicia por nuestra mano - sobre todo en ambientes rurales - ha sido tema recurrente en la literatura y el cine de nuestro país. La sabiduría popular dicta que debajo de la capa de un hombre en apariencia tranquilo pueden latir las pasiones más insospechadas si se dan las circunstancias adecuadas. Este es el tema principal de la película de Raúl Arévalo, flamante ganadora del premio Goya a la mejor producción del año, un thriller que puede hablar de tú a tú a muchas de las recientes producciones estadounidense y cuya mayor virtud es el buen provecho que se ha sacado de su escaso presupuesto.

Lo que comienza siendo un retrato costumbrista de los personajes que pululan por un bar de un barrio humilde de Madrid, poco a poco se va transformando en algo mucho más inquietante, en la historia de una venganza planificada durante años, de cuyos detalles Raúl Arévalo va ofreciendo pequeñas pinceladas al espectador, para que vaya poco a poco armando las piezas del puzzle. Conforme avanza el metraje, la historia se va volviendo más cruda hasta que se resuelve con una moraleja muy obvia: el ser más peligroso es el que no tiene nada que perder. Lo que siempre se ha dicho, que las apariencias engañan.

Tarde para la ira se beneficia de una sólida puesta en escena y de la magnífica interpretación de todos sus protagonistas, destacando la de un Antonio de la Torre al que quizá le cueste en el futuro que no le encasillen en papeles similares (ya ha interpretado a algunos parecidos). A pesar de su merecido éxito de público y de crítica, la obra de Arévalo no es redonda. En su debe cabría colocar su falta de originalidad y algunos pequeños fallos de guión, que hacen que ciertos hechos se desarrollen de forma demasiado conveniente para las pretensiones del protagonista. En cualquier merece la pena acercarse al cine y visionar esta primera obra de un cineasta que promete muchas alegrías para el futuro.

martes, 7 de febrero de 2017

LA EVOLUCIÓN DE DIOS (2009), DE ROBERT WRIGHT. LA RELIGIÓN ADAPTATIVA.

El otro día, cuando celebrábamos el club dedicado a la película Spotlight, surgió el tema de cómo se vive la religión en esta tierra y concluimos que, a pesar de lo que se diga, vivimos en una sociedad que casi podría denominarse politeísta. Aunque casi nadie va a misa, las vírgenes y santos siguen siendo venerados con fervor, casi como si cada una de ellas formase parte de un panteón de dioses y cada cual eligiera la que mejor se adapta a sus necesidades. Muchos de los que se declaran creyentes, ni siquiera conocen la doctrina más básica de la religión a la que dicen pertenecer. Solo se ven atraídos por la magia que emana de las imágenes, por una posibilidad de trascendencia que cada cual se imagina como quiere. Bien es cierto que la iglesia católica, aprovecha para barrer para casa y catalizar este fenómeno en su provecho. Sin embargo, puede que estas creencias tan personales que se generalizan cuando no hay presión social para pertenecer a una religión y cumplir con sus dogmas, sea parte de la lógica de la evolución de la religión, asunto al que Robert Wright dedica este magnífico volumen.

La evolución cultural funciona como caldo de cultivo de muy diversas posibilidades, de las que van sobreviviendo las que más se adaptan al medio, las que tienen la suerte de ser mejor acogidas en un determinado momento histórico. Cuando las tribus de cazadores recolectores, que hasta entonces han seguido generalmente creencias animistas,  van uniéndose y organizándose como cazicazgos - gracias a la invención de la agricultura - la religión pasa a ser plenamente un instrumento de control social, la medida por la que se juzga cuando un individuo se ha salido de la norma y constituye un elemento distorsionador de la convivencia. La religión no solo se ha transformado en algo utilitario, sino que se ha adaptado a la evolución cultural, ajustándose a las necesidades de un nuevo status quo.

Acercándonos a los orígenes de nuestra tradición religiosa, el Dios de Israel, al principio convivió con los dioses de los pueblos vecinos, pero poco los israelitas fueron estimando que, sin negar a los demás, su Dios era el más poderoso (monolatría), para acabar concluyendo en que era el único existente (monoteísmo). La evolución de la religión, o, lo que es lo mismo, la evolución de la historia humana es palpable en la diferencia radical en el mensaje divino del Antiguo Testamento - celos, venganza, irracionalidad - con el mensaje de amor que se atribuye a Jesucristo. Aunque, según Wright, Jesús fue un profeta apocalíptico judío que nunca soñó con fundar una religión de carácter mundial, Pablo, que conocía bien los entresijos del Imperio Romano, tuvo la genialidad de extederla a cualquiera que quisiera pertenecer a la misma, fundar una especie de hermandad en la que todos sus miembros se distinguieran por su adscripción a una serie de principios, lo que no solo estimula la fe, sino también las relaciones comerciales que tienen su base en la confianza mutua, creándose así un círculo virtuoso en el que el crecimiento de sus miembros es continuo:

"La confianza, base fundamental para cualquier transacción y que en la actualidad aparece salvaguardada por los códigos legales y la existencia de tribunales, en la antigüedad también residía en parte en las leyes, pero en gran medida dependía de la fe en la integridad de los individuos. La pertenencia a un mismo grupo religioso contribuía de forma importante en el sustento de esa buena fe."

Como todas las religiones, el cristianismo practicó un mensaje de amor, tolerancia y sacrificio hasta que asumió el poder terrenal. Como muchas instituciones humanas, la religión que se siente robusta, trata de imponer sus dogmas por la fuerza. El mensaje victimista se deja para las épocas de dificultades. Con todo esto, el mensaje del autor es que la institución de la religión ha creado para el ser humano más beneficios que maldades al ser humano, pues al final Dios ha evolucionado hacia un ser absolutamente bondadoso, el ideal al que deberían acercarse cada vez más nuestras sociedades, que, a pesar de todo lo que se diga, viven un momento histórico bastante aceptable si lo comparamos con épocas anteriores. En cualquier caso, la gran pregunta acerca de si la religión ha sido o no beneficiosa seguirá siempre siendo objeto de debates:

"Sigue habiendo gente que piensa que la religión es beneficiosa para la sociedad pues proporciona consuelo y esperanza ante el dolor y la incertidumbre, ayudando a que venzamos nuestra tendencia natural al egoísmo al ofrecernos una cierta cohesión comunal. Y por otro hay quien cree que la religión es un instrumento de control social, una herramienta en manos de los poderosos para ampliar su dominio - un instrumento que entumece a la gente y que justifica la explotación ("el opio de las masas"), eso cuando no es directamente un elemento que aterroriza a los individuos."

lunes, 30 de enero de 2017

INTEMPERIE (2013), DE JESÚS CARRASCO. LA TIERRA YERMA.

La infancia, que debería ser la edad dorada de todos los seres humanos, la más despreocupada, en consonancia con la inocencia de sus protagonistas, a veces resulta ser un infierno, lo que debe hacer suponer a algunos niños que esa forma de existencia es la natural en nuestro mundo, con lo cual su mirada se extravía y la crueldad pasa a ser - solo hay que ver fotos de niños-soldado - la única posibilidad de supervivencia. No es éste exactamente el caso del protagonista de Intemperie, primera e impecable novela de Jesús Carrasco, un muchacho que está huyendo de un mal indeterminado del que el lector irá teniendo noticias poco a poco.

Al leer Intemperie, no he podido evitar acordarme de otra novela de huidas desesperanzadas: La carretera, de Cormac McCarthy, otra narración que enfrenta a la inocencia con la catástrofe absoluta y que se caracteriza por su gusto por la descripción detallista de los ambientes que se van atravesando. Aquí nos encontramos básicamente ante un páramo inmenso, una tierra azotada por una interminable sequía que ni siquiera ofrece demasiados lugares donde ocultarse a un fugitivo. El niño es inteligente: ha planificado su huida y va siguiendo en sus primeros pasos su camino centímetro a centímetro: deteniéndose y escondiéndose cuando es necesario, pasando horas agazapado para burlar a sus perseguidores. Pero pronto se va a encontrar con que la tierra que pisa le es absolutamente hostil: encontrar comida y bebida se vuelve una tarea muy complicada. Solo la aparición de otro personaje, un viejo pastor de cabras, va a reactivar la esperanza en el protagonista.

La gran fortaleza de la novela de Carrasco, lo que hace que el lector siga su trama con interés es la riqueza del lenguaje que despliega el autor, haciendo uso de todo tipo de términos para describir hasta el más pequeño detalle de los parajes en los que esta transcurre, lo que la dota de cierto halo cinematográfico. La otra característica destacada es la crueldad. El autor no hace concesiones a la edad del protagonista y le hace atravesar un verdadero Calvario en pos de un destino absolutamente incierto. Respecto a las razones de la huida, el escritor extremeño va dosificando sabiamente la información de las causas, aunque deja aquí allí y allá varias pistas que luego resultan muy evidentes. Intemperie, novela poco original, pero sorprendentemente bien escrita, nos recuerda de nuevo que la vida puede ser brutal y cebarse con el más inocente.