viernes, 12 de enero de 2018

TRANSICIÓN (2017), DE SANTOS JULIÁ. HISTORIA DE UNA POLÍTICA ESPAÑOLA 1937-2017.

Estamos acostumbrados a tratar la Transición española como un periodo muy concreto que abarca la práctica totalidad de la década de los setenta, un periodo de incertidumbre, que se abrió con la decadencia y muerte del dictador Franco y siguió con largos meses de difíciles equilibrios para poder desembocar en las primeras elecciones democráticas celebradas en nuestro país desde los años treinta. Así pues, lo primero que llama la atención al observar por primera vez el volumen de Santos Juliá es el periodo histórico que abarca su estudio, desde 1937 hasta nuestros días. Y es que los primeros intentos de llegar a un entendimiento que frenara en seco la sangría interminable en la que se había convertido nuestra Guerra Civil se produjeron en plena contienda, desde el bando Republicano. En uno de sus últimos discursos antes de salir hacia Francia, Azaña dejó dicho: "el mensaje de la patria eterna a sus hijos: paz, piedad, perdón", quizá el lema que se adoptó cuarenta años después. Durante mucho tiempo, los partidos y dirigentes en el exilio siguieron intentándolo, pero con resultados vacíos. Muchos esperaban que Franco acabara renunciando y abriera un periodo de transición que nos equiparara a los países de nuestro entorno. Pero, como sabemos, tal cosa nunca sucedió. El apoyo de Estados Unidos al dictador, como bastión contra la expansión del comunismo, selló el destino de nuestro país durante largos años.

Franco en realidad encarnaba para muchos el fracaso histórico de España, un país que parecía no poder funcionar si un general autoritario no tomaba el timón del poder, de grado o por fuerza. Después de las muchas oportunidades perdidas en el siglo XIX, la experiencia de la Segunda República había terminado de una forma abrupta y amarga. ¿Había que restaurar la legalidad republicana violada o había que reformar el régimen franquista para, desde su legitimación, construir una democracia? En realidad, lo verdaderamente importante en los convulsos años que siguieron a la muerte de Franco era ser prudentes, ir paso a paso flanqueando los abismos que de vez en cuando se abrían bajo los pies del país, como los intentos de golpe de Estado que culminaron en el 23 de febrero de 1981, un acontecimiento que jamás se ha explicado del todo y de la que es posible que jamás conozcamos todos sus detalles.

Lo que explica bien Santós Juliá en este ensayo, sobre todo en la segunda parte del mismo, es que la Transición no fue ni el proceso impecable y ejemplar de paso de la dictadura a la democracia que muchos exaltaron ni la estafa, popularizada en los últimos años, de cambiarlo todo para que todo siga igual. Lo cierto es que el hoy santificado Suárez en la época era blanco de todos los ataques por la izquierda y por la derecha, por lo que llevar a buen puerto la misión de convocar elecciones democráticas y abrir un proceso constituyente era cualquier cosa menos fácil. Para muchos españoles fue aquella la época del desencanto, pues muchos esperaban una ruptura radical con el pasado, una denuncia explícita del franquismo y cambio profundo en las estructuras socioeconómicas y políticas del Estado:

"Desencanto que a Julián Santamaría le parecía una ligereza endosar a la política de consenso (...). No era a esa política sino a la frustración experimentada por una parte importante de la población ante la inexistencia de un proyecto político bien definido, la insuficiencia del cambio, la ambigüedad frente al pasado y la incertidumbre ante el futuro, a lo que había que atribuir, según Santamaría, el desencanto que ha llevado a mucha gente a desentenderse de una situación en la que sólo ve la sustitución de una clase política por otra."

Lo verdaderamente importante es que España se convirtió en una democracia que, con todos sus defectos, algunos enormes, era equiparable a la de los países de su entorno. La prueba de ello fue el aprobado para entrar en la Comunidad Económica Europea, la mejor garantía de estabilidad que ha tenido jamás nuestra democracia. Bien es cierto que somos españoles y el conflicto está siempre latente. En nuestro Parlamento es difícil que se produzca verdadero entendimiento entre las grandes fuerzas políticas, más que en situaciones muy graves, como la crisis de Cataluña. La Transición aparece en el libro de Santos Juliá como un proceso para muchos inacabado, todavía en marcha. La irrupción de partidos como Podemos, que califican de fraude el "régimen del 78", los variados escándalos de corrupción, la crisis económica, el persistente y desigual reparto de la riqueza y las amenazas del separatismo conforman un panorama complicado para los próximos años. Se ha acabado la anomalía democrática que consistía en el intercambio en el poder de los dos grandes partidos con mayorías amplias para gobernar. Los próximos años deberían ser los del consenso entre las grandes fuerzas parlamentarias para ahondar, no en fantasiosos derechos colectivos o históricos, sino en los derechos individuales, que son los que verdaderamente ejerce el ciudadano, el desarrollo del Estado del bienestar, muy deficiente todavía respecto al resto de Europa y, ante todo, nuestra gran asignatura pendiente: el florecimiento de nuestra sociedad civil, más allá de militancias políticas, un eje fundamental en el que están construidas las democracias más avanzadas.

lunes, 8 de enero de 2018

EL CÁLCULO DE DIOS (2000), DE ROBERT J. SAWYER. EXTRATERRESTRES CREACIONISTAS.

El cálculo de Dios, probablemente una de las novelas de ciencia ficción más imaginativas de las publicadas en los últimos años, comienza con una imagen tópica en este tipo de literatura: la de una nave espacial alienígena aterrizando en la Tierra. Pero pronto el narrador, el bonachón paleontólogo Thomas Jerichó, nos explica que Hollus, que así es como se llama el extraterrestre que nos visita, no tiene otro interés que el conocimiento, por lo que pide que se le deje instalarse en el museo de Ciencias Naturales de Toronto para estudiar las especies fósiles del pasado remoto de nuestro planeta. Así Jerichó va a tener la extraordinaria oportunidad de trabar amistad con un ser de otro mundo que muy pronto le realiza afirmaciones inquietantes: que las extinciones masivas que jalonan nuestra historia natural se produjeron a la vez al menos en otro par de planetas en los que hoy existe vida inteligente y que su especie ha descubierto que debe existir un creador del Universo, llámese Dios o cómo se quiera, después de haber estudiado atentamente la estructura del cosmos.

Para un racionalista como Jerichó, tales palabras constituyen una auténtica revolución. Por más que Hollus le ofrece pruebas empíricas de su afirmación, el paleontólogo se niega a admitir la mera posibilidad de que el creacionismo, contra el que los científicos como él han luchado durante décadas, pueda llegar a tener parte de razón. Admitir la presencia de un Creador casi omnipotente sería dar energías a unas religiones en decadencia, sobre todo en occidente:

"Admitir que podría haber habido una inteligencia que guiase el proceso, en algún momento, sería abrir las compuertas. Habíamos luchado durante tanto tiempo, y con tanta intensidad, y algunos de nosotros, habíamos sido encarcelados por la causa, que permitir ni siquiera por un momento la posibilidad de un creador inteligente sería equivalente a izar la bandera blanca. Estábamos seguros de que los periódicos estarían encantados y la ignorancia reinaría sin oposición."

Pero las pruebas que ofrece el extraterreste tampoco son compatibles con las religiones terráqueas. El Creador es definido como un ser imperfecto, que ha sido incapaz de establecer vida inteligente en el Universo con un proceso limpio y sin traumas, como prueba el sufrimiento constante al que están sometidos los seres vivos. El mismo Jerichó se enfrenta a un cáncer terminal que ni siquiera puede ser tratado por la medicina extraterrestre, un par de siglos más avanzada que la nuestra. Si es verdad que existe Dios, este no es el Ser eterno, bondadoso y omnipotente que han definido las religiones, sino un Demiurgo que experimenta con su creación, quizá buscando distraer su antigua soledad en el espacio-tiempo infinito. Pero El cálculo de Dios no se conforma con convocar este debate filosófico-religioso entre especies, sino que también trae a colación otros temas, como el fanatismo religioso, tan propio de los seres humanos y la indefensión de nuestro planeta, perdido en la vastedad del cosmos y sometido a mil peligros - como el de la explosión de supernovas cercanas - del que no somos conscientes en nuestra vida cotidiana.

viernes, 29 de diciembre de 2017

LA CONSPIRACIÓN CONTRA LA ESPECIE HUMANA (2010), DE THOMAS LIGOTTI. DE LA VIDA DE LAS MARIONETAS.

Hay lecturas que uno aborda con una mezcla de horror y fascinación, porque su autor está apelando directamente a tu ser, hablándote de modo personal, adivinando que tu experiencia tiene mucho en común con la del resto de la humanidad e instándote a pensar acerca de una visión de la existencia que, pudiendo tener mucho de real, preferimos mantener al margen de la vorágine de la vida cotidiana.

Es importante señalar que Ligotti es un maestro contemporáneo del relato de horror, uno de esos escritores cuya lucidez consiste en ser consecuente con la experiencia propia - en su caso una grave crisis de pánico-ansiedad sufrida en su adolescencia y cuyas secuelas le han seguido acompañando toda la vida - para que sus creaciones no sean un canto a la eterna lucha entre el bien y el mal, sino una descripción de cómo el mal - o más bien lo absurdo - es el verdadero triunfador en una materialidad en la que el hombre y toda su historia de milenios pinta bien poco. Lo verdaderamente doloroso de La conspiración de la especie humana es que el creador de ficciones se atreve a diagnosticar nuestra realidad de manera tan sincera como brutal.

Lo cotidiano es que escuchemos voces a nuestro alrededor que nos aseguran que la vida es buena, que tiene sentido en la propia existencia, que nacer es un bien, por lo que nuestra misión de reproducirnos y seguir poblando la Tierra es perfectamente legítima. Las voces, como la de Ligotti o el filósofo marginal al que éste apela, Peter Wessel Zapffe, que apelan al pesimismo, a la falta del sentido, son acalladas como agoreras, sobre todo cuando estiman que nuestro gran objetivo debía ser la desaparición como especie, a través del sencillo método de renunciar a tener más hijos.

Para Ligotti, la raíz de nuestros males se encuentra en el nacimiento de la consciencia, en esa capacidad, que no compartimos con el resto de los animales, de sentir nuestro yo, de pensar de modo complejo y de ser conscientes de que algún día vamos a morir. Esos temores hacia el futuro que tan frecuentemente nos atormentan, esa intuición de que estamos sometidos todos los días al horror de peligros y accidentes insospechados, es suficiente para que el pensamiento optimista se desmorone. Pero esto suele durar poco: pronto vuelve la esperanza y la forma de vida para la que estamos programados se reactiva:

"Pero aun así no hacemos caso del viejo dicho: "Confía en lo mejor, pero espera lo mejor". En lugar de eso, esperamos lo mejor y pensamos que tenemos una buenísima oportunidad de conseguirlo. Si esperáramos realmente lo peor, podríamos volvernos locos o reaccionar de alguna otra manera patológica antes de que lo peor nos ocurriera a nosotros y a los nuestros. Y eso sería realmente lo peor."

Nuestra consciencia como una paradoja otorgada por la Evolución que es a la vez nuestro mayor don y nuestra mayor maldición, una cualidad que nos hace imaginar que somos libres, cuando realmente somos marionetas programadas para actuar tal y como nos dicta la Naturaleza, una ilusión, en suma. A mediación de este ensayo, perturbador como pocos, Ligotti nos regala una terrible sentencia del neurofilósofo alemán Thomas Metzinger:

"Hay aspectos de la visión científica del mundo que pueden ser nocivos para nuestro bienestar mental, y eso es lo que todo el mundo siente intuitivamente."

jueves, 14 de diciembre de 2017

LA ACUSACIÓN (2014), DE BANDI. CUENTOS PROHIBIDOS EN COREA DEL NORTE.

Es indudable que la de Corea del Norte es una de las tiranías más atroces de todos los tiempos. Inspirado por la versión más totalitaria de la doctrina comunista, el régimen norcoreano no solo subyuga a su población a través de un sistema orweliano, en el que todos se sienten vigilados, sino que está prácticamente aislado del resto del mundo, por lo que es difícil conocer de primera mano qué aspecto tiene aquel infierno. Por eso, un libro de relatos como éste, escrito por alguien que sigue habitando en Corea del Norte, constituye el testimonio más valioso para acercarnos a la existencia cotidiana de unos seres que solo pretenden sobrevivir al día a día esperando, en lo más íntimo, que la pesadilla en la que están inmersos se acabe de una vez.

Porque los nortecoreanos no pueden compartir su angustia con casi nadie, puesto que es fácil que las historias de disidencias, reales o imaginarias, se difundan y acaben llegando a los oídos de alguno de los agentes del régimen, siempre dispuestos a corregir a quienes no están dispuestos a admitir que la vida en aquel país es poco menos que el paraíso en la Tierra, puesto que están dirigidos por un líder infalible, que sacrifica su existencia en pos del bien del pueblo. En las historias de Bandi, Kim Il-sung es una presencia constante, que se encuentra retratado en cualquier rincón del país. Su presencia física en algún lugar es anunciada con anticipación, para que la gente ensaye costosos preparativos: desfiles, actuaciones y coreografías que deben ser ejecutadas a la perfección. Además, cuando el líder se desplaza de un punto a otro del país, las comunicaciones se interrumpen durante días para el resto de la población, que a veces queda varada en tierra de nadie durante días, sin comida y expuesta a los elementos, hasta que las autoridades permitan de nuevo la circulación ferroviaria.

En esta tesitura, ni siquiera los más pequeños se libran del deber de ser fervorosos con el régimen. En una de las historias, un niño confunde un retrato de Marx con el Obi, el equivalente en España al Coco, un comentario inocente y temeroso que puede acabar hundiendo en el descrédito a una familia... En Corea del Norte un hombre puede ser acusado por los motivos más nimios y grotescos, aunque haya dado su salud y parte de su esencia vital trabajando sin descanso a las órdenes del régimen. Y cuando alguien es acusado, no hay defensa posible, puesto que el régimen es infalible y cualquiera que se testimonio en favor del reo puede acabar sentado en el banquillo junto a él. No basta con ser devoto del régimen, el buen comunista tiene que estar vigilando siempre la propia conciencia y los propios actos para no caer en la traición.

Aunque ya había leído el magistral cómic Pyongyang, de Guy Delisle, aquí no nos encontramos con un retrato de Corea a los ojos de un extranjero que se encuentra de visita, sino con la descripción detallada de aspectos cotidianos de una vida que al lector se le aparece como algo insoportable. El verdadero valor de los escritos de Bandi (evidentemente es un seudónimo, el autor no puede dar su nombre), reside en la autenticidad del testimonio de un autor anónimo y magistral, que nos da una lección de para qué sirve la literatura. Si no puedes con tu enemigo, por ser demasiado poderoso, al menos puedes retratarlo y conseguir así un testimonio muy elocuente del absurdo de una dictadura pavorosa.

jueves, 7 de diciembre de 2017

MÁSCARAS DE LA FICCIÓN (2002), DE ROMAN GUBERN. PERSONAJE Y MITO.

Desde que el ser humano empezó a poder comunicarse con sus semejantes, sintió la necesidad de contar historias. Y no solo historias en torno a la vida cotidiana, sino que se embarcó en la creación de mitos que explicaran el mundo. Estos mitos engendraron posteriormente a los héroes y toda esta ficción ha llegado hasta nuestros días, con el revestimiento o complejidad que convienen a este tiempo, tan saturado de relatos como sediento de ellos. El renacer de series televisivas, que no son más que sagas que ponen a prueba a unos determinados héroes, temporada tras temporada, no es sino el reflejo de un flujo que nos hace conectar con nuestros antepasados.

El profesor Gubern ha escogido a algunos de los personajes más concocidos de nuestro tiempo, aquellos que se han hecho inmortales, como Drácula, Frankenstein o Sherlock Holmes, para realizar un análisis de cada uno de ellos (como es lógico, fueron creados a la vez que muchos otros personajes, pero estos en concreto poseían algo que los hizo permanecer en el olimpo del reconocimiento colectivo) y dilucidar qué es lo que tocó la fibra sensible del público en cada caso. Porque es cierto que nada hay más democrático que la creación, porque su éxito no viene dado por ninguna fórmula mágica:
 
"Las ficciones no se imponen al público, sino que se proponen, y su destino es la fecundación o la esterilidad. Ni siquiera los mitos patógenos de la ideología del Tercer Reich se impusieron a la sociedad alemana, sino que se propusieron, y ya se vio su resultado. Y lo mismo ocurre con esas sombras incorpóreas que son los protagonistas de nuestras ficciones."

En un libro tan magnífico, existe una sombra: Gubern vuelve a contar todas las historias y puede destrozar las sorpresas a quienes todavía no se hayan acercado a ellas (no es mi caso, se trata de personajes tan fundamentales que ya lo había leído o visto casi todas las propuestas). A pesar de este detalle, párrafos que pueden ser pasados por alto por quienes no estén interesados en ser spoileados por parte del autor, el ensayo conforma un panorama muy completo de aquellos personajes que representan las virtudes y defectos que son capaces de activar nuestras neuronas espejo y emocionarnos profundamente. Al final, todo deriva de los estereotipos que ya se utilizaban en el teatro griego:

"Los protagonistas de las narraciones son artefactos culturales, son personas virtuales que ocupan la cúspide de la jerarquía literaria canónica, formada por tipos, caracteres y personajes, en una escala de creciente individualidad y profundidad. (...) En la cúspide se halla el personaje (del latín personam, máscara del actor), sujeto investido de una fuerte individualidad o singularidad y, muchas veces, fundador de una estirpe de descendientes o variantes de su modelo original. En el teatro griego, una treintena de máscaras permitían representar todos los personajes posibles, sin que su público percibiera limitación o monotonía por ello."

sábado, 2 de diciembre de 2017

WONDER WOMAN (2017), DE PATTY JENKINS. FEMINISMO Y PODER.

Como en España tradionalmente se han distribuido mucho más ampliamente los cómics de Marvel que los de DC, la popular amazona Wonder Woman, uno de los miembros fundamentales de la Liga de la Justicia, era hasta ahora escasamente conocida en nuestro país. Diana es una de esas heroínas que surge de la vertiente mitológica que hemos heredado de griegos y romanos y es presentada como la hija del mismísimo Zeus, una semidiosa que siente una fascinación especial por nuestro mundo y que acabará convirtiéndose en una de sus protectoras. En realidad, una historia muy parecida a la de Supermán, cambiando ciencia ficción por mitología.

Uno de los aspectos que más se han difundido de esta producción es su carácter eminentemente feminista, pues nos presenta a una heroína que no necesita la ayuda de los hombres para brillar. Diana es un ser independiente con una misión - buscar al dios Marte, al que considera responsable de haber desencadenado la Primera Guerra Mundial, para matarlo - y si bien se vale de un grupo de soldados para que le orienten acerca de las reglas del nuevo mundo que está explorando, muy diferente al jardín paradisiaco en el que ha habitado hasta el momento, cuando tiene que tomar decisiones importantes, lo hace por sí misma, impulsada por el mismo aliento que los grandes héroes masculinos. 

Pero hay que decir que Wonder Woman es una película problemática, tanto para quienes busquen un alegato feminista en forma cinematográfico como para quienes quieran disfrutar de una buena historia de superhéroes. En el primer caso, porque no estamos ante la narración de la lucha de una mujer que se libera de un mundo repleto de imposiciones masculinas, sino ante una diosa superpoderosa que se ha criado en un mundo de mujeres y cuya mejor cualidad es la búsqueda de la justicia en la Tierra. Esto quiere decir que la protagonista no emprende un camino repleto de dificultades con el que al final pueda reivindicar su triunfo contra una sociedad violenta y patriarcal, porque se trata, ya de entrada, de un ser mucho más poderoso que sus antagonistas, que puede destruir divisiones enteras del enemigo casi sin despeinarse y cuyo antagonista final, el mismísimo Ares, tampoco le resiste más que un par de asaltos. Quizá se han excedido mostrando a una protagonista tan poderosa o, mejor dicho, a unos enemigos tan débiles.

Tampoco como película de superhéroes, Wonder Woman es una producción especialmente reivindicable, pues está repleta de tópicos: el ser poderoso que llega a nuestro mundo y debe adaptarse rápidamente a través de muchas situaciones equívocas (se abusa en este aspecto de bromas en torno a la inocencia y belleza de Diana, que, bien analizadas, incluso podrían tener un componente machista), para pasar a un romance un tanto insípido y a unas escenas de acción que poco aportan al conjunto final. Si a todo esto le añadimos unos efectos especiales muy poco inspirados y la incursión, como con calzador, en el caótico universo cinematográfico que están creando Warner y DC, el resultado final es muy pobre respecto a lo que nos habían querido vender. Supongo que si se quiere ver un buen film feminista habrá que asomarse a historias como Figuras ocultas, que cuentan con la ventaja de tener los pies en la tierra. O si se quiere una propuesta más fantástica, revisar esa obra maestra llamada Aliens, en la que una mujer resulta ser mucho más efectiva y valiente que una horda de marines frente a unos auténticos demonios del espacio, todo ello mostrado de una forma coherente y hasta realista.

sábado, 18 de noviembre de 2017

HACEDOR DE ESTRELLAS (1937), DE OLAF STAPLEDON. LOS PLANETAS INVISIBLES.

En 1937, cuando fue publicado Hacedor de Estrellas, el mundo se encaminaba hacia una nueva catástrofe. Nuestra Guerra Civil estaba ya en curso - y Stapledon hace alguna referencia a la misma - y los ejércitos de Europa afilaban bayonetas, preparándose para un nuevo baño de sangre, dando la impresión de no haber aprendido las terribles lecciones de 1914. Es natural que aquel resultara un momento ideal para reflexionar acerca de la naturaleza humana y si eran posibles otros caminos para hacer avanzar la civilización. Nada mejor para ésto que imaginar otros mundos, civilizaciones extraterrestres que, como la nuestra, viven momentos de auge y caída, de cooperación con otras razas o conflictos con éstas. 

Hacedor de Estrellas está contada en primera persona por un hombre corriente que va a vivir la más extraordinaria de las experiencias. Una noche especialmente clara contempla las estrellas y siente la grandeza del Universo, en contraste con la insignificancia de su ser (algo que hemos sentido todos alguna vez) y de pronto empieza a viajar por las estrellas, sin que se le ofrezca explicación alguna de este hecho. Poco a poco va aceptando su nueva condición metafísica y aprovecha su estado para visitar otros mundos de los que, a modo de antropólogo, (o la palabra equivalente que quepa aplicar para el estudio de las costumbres extraterrestres) va estudiando la conformación de diversos mundos y las relaciones que se establecen entre ellos. Y no solo esto, sino que también es capaz de establecer contacto telepático con alguno de sus habitantes y así comprender mejor unas psicologías a veces demasiado alejadas de la nuestra.

En los relatos de Stapledon, muy densos y repletos de imaginación, muchas de estas civilizaciones tropiezan con la misma piedra que la humana y acaban autodestruyéndose. Unas pocas se salvan, prosperan y sus habitantes, después del paso de milenios, acceden a un estadio superior. Pero la verdadera búsqueda del protagonista es la del responsable de la existencia del Universo - o de los Universos -, el llamado Hacedor de Estrellas, una tarea que, desde el punto de vista humano, no puede ser sino religiosa:

"Si el Hacedor de Estrellas es Amor, sabemos que esto debe estar bien. Pero si no es Amor, si es alguna otra cosa, algún espíritu inhumano, esto está bien. Y si no es nada, si las estrellas y todo lo demás no son sus criaturas y subsisten por sí mismas y si el espíritu adorado no es más que una exquisita creación de nuestras mentes, entonces y otra vez esto está bien, esto y ninguna otra posibilidad. Pues no podemos saber si el amor ocupa su posición más alta en el trono o en la cruz. No podemos saber qué espíritu gobierna, pues en el trono se sienta la oscuridad. Sabemos, hemos visto, que en la disipación de los astros el amor es crucificado y, justamente, probándose a sí mismo y para la gloria del trono. Nuestros corazones reverencian el amor y todo lo que es humano. Sin embargo, también saludamos el trono y la oscuridad en el trono. Sea Amor o no Amor, nuestros corazones lo alaban por encima de la razón." 

La importancia de la obra de Stapleton para la historia de la ciencia ficción es indiscutible: influyó directamente en autores como Asimov, Heinlein o Niven. Sin embargo, la lectura de este libro puede ser un tanto indigesta por el afán totalizador del autor, por la desmesura de sus ideas metafísicas, tan ambiciosas como abrumadoras. Sin duda, la potente imaginación del escritor inunda los relato, pero también los lastra en parte, porque no hay límites a su fantasía y la única coherencia que ofrece es de origen más metafísico que científico. Todo esto no quiere decir que no se trate de una lectura imprescindible, puesto que estamos hablando nada menos que de los orígenes de la ciencia ficción moderna. También es cierto que Hacedor de Estrellas es una narración muy borgiana. El mismo Borges dijo de ella que es "además de una prodigiosa novela, un sistema probable o verosímil de la pluralidad de los mundos y de su dramática historia".