sábado, 18 de noviembre de 2017

HACEDOR DE ESTRELLAS (1937), DE OLAF STAPLEDON. LOS PLANETAS INVISIBLES.

En 1937, cuando fue publicado Hacedor de Estrellas, el mundo se encaminaba hacia una nueva catástrofe. Nuestra Guerra Civil estaba ya en curso - y Stapledon hace alguna referencia a la misma - y los ejércitos de Europa afilaban bayonetas, preparándose para un nuevo baño de sangre, dando la impresión de no haber aprendido las terribles lecciones de 1914. Es natural que aquel resultara un momento ideal para reflexionar acerca de la naturaleza humana y si eran posibles otros caminos para hacer avanzar la civilización. Nada mejor para ésto que imaginar otros mundos, civilizaciones extraterrestres que, como la nuestra, viven momentos de auge y caída, de cooperación con otras razas o conflictos con éstas. 

Hacedor de Estrellas está contada en primera persona por un hombre corriente que va a vivir la más extraordinaria de las experiencias. Una noche especialmente clara contempla las estrellas y siente la grandeza del Universo, en contraste con la insignificancia de su ser (algo que hemos sentido todos alguna vez) y de pronto empieza a viajar por las estrellas, sin que se le ofrezca explicación alguna de este hecho. Poco a poco va aceptando su nueva condición metafísica y aprovecha su estado para visitar otros mundos de los que, a modo de antropólogo, (o la palabra equivalente que quepa aplicar para el estudio de las costumbres extraterrestres) va estudiando la conformación de diversos mundos y las relaciones que se establecen entre ellos. Y no solo esto, sino que también es capaz de establecer contacto telepático con alguno de sus habitantes y así comprender mejor unas psicologías a veces demasiado alejadas de la nuestra.

En los relatos de Stapledon, muy densos y repletos de imaginación, muchas de estas civilizaciones tropiezan con la misma piedra que la humana y acaban autodestruyéndose. Unas pocas se salvan, prosperan y sus habitantes, después del paso de milenios, acceden a un estadio superior. Pero la verdadera búsqueda del protagonista es la del responsable de la existencia del Universo - o de los Universos -, el llamado Hacedor de Estrellas, una tarea que, desde el punto de vista humano, no puede ser sino religiosa:

"Si el Hacedor de Estrellas es Amor, sabemos que esto debe estar bien. Pero si no es Amor, si es alguna otra cosa, algún espíritu inhumano, esto está bien. Y si no es nada, si las estrellas y todo lo demás no son sus criaturas y subsisten por sí mismas y si el espíritu adorado no es más que una exquisita creación de nuestras mentes, entonces y otra vez esto está bien, esto y ninguna otra posibilidad. Pues no podemos saber si el amor ocupa su posición más alta en el trono o en la cruz. No podemos saber qué espíritu gobierna, pues en el trono se sienta la oscuridad. Sabemos, hemos visto, que en la disipación de los astros el amor es crucificado y, justamente, probándose a sí mismo y para la gloria del trono. Nuestros corazones reverencian el amor y todo lo que es humano. Sin embargo, también saludamos el trono y la oscuridad en el trono. Sea Amor o no Amor, nuestros corazones lo alaban por encima de la razón." 

La importancia de la obra de Stapleton para la historia de la ciencia ficción es indiscutible: influyó directamente en autores como Asimov, Heinlein o Niven. Sin embargo, la lectura de este libro puede ser un tanto indigesta por el afán totalizador del autor, por la desmesura de sus ideas metafísicas, tan ambiciosas como abrumadoras. Sin duda, la potente imaginación del escritor inunda los relato, pero también los lastra en parte, porque no hay límites a su fantasía y la única coherencia que ofrece es de origen más metafísico que científico. Todo esto no quiere decir que no se trate de una lectura imprescindible, puesto que estamos hablando nada menos que de los orígenes de la ciencia ficción moderna. También es cierto que Hacedor de Estrellas es una narración muy borgiana. El mismo Borges dijo de ella que es "además de una prodigiosa novela, un sistema probable o verosímil de la pluralidad de los mundos y de su dramática historia".

miércoles, 15 de noviembre de 2017

LA FUERZA DE EXISTIR (2006), DE MICHEL ONFRAY. MANIFIESTO HEDONISTA.

Empieza el libro de Onfray con un tono autobiográfico. Terriblemente autobiográfico, cabría decir, pues el pensador arrastra un trauma de niñez al haber sido prácticamente abandonado por sus padres en un internado religioso enfocado a jóvenes huérfanos. Allí conoció los abusos del poder absoluto de los curas que gobernaban el lugar, las pequeñas y grandes humillaciones, agresiones sexuales incluidas. La vida se convirtió en un invierno interminable que solo los libros, la música y después la filosofía lograron aliviar. Es algo bastante impresionante que Onfray proclame que la verdadera vida adulta empieza cuando somos conscientes de nuestra capacidad para perdonar. Así el filósofo ajusta cuentas con su pasado de la manera más suave posible. Se recuerda, pero ya no duele tanto, puesto que la experiencia, por mala que esta haya sido, es una parte fundamental en la construcción del ser.

Seguidamente La fuerza de existir toma forma de ensayo filosófico, uno que se propone criticar la historiografía tradicional de la filosofía, aquella que ensalza a Platón, Aristóteles y Santo Tomás, hasta llegar a Kant y Hegel. Esta conformación cristiano-idealista de la sociedad occidental podía haber tomado otro rumbo si se hubiera prestado más atención a otro tipo de discurso, cuya obra escrita en gran parte se ha perdido, como la de Demócrito o Diógenes. Una filosofía de carácter hedonista que proclama una relación mucho más liberal del hombre con su cuerpo, un rechazo del espíritu y del alma y una reivindicación del sexo como algo mucho más rico que la simple capacidad de procrear. Desterrar la idea absurda de pecado cuando se dan situaciones en las que no estamos perjudicando a terceros y crear una nueva ética que acepte que no somos más que una forma extraordinaria de materia, pero nada más. El tener certificado de caducidad nos debe llevar a disfrutar cada minuto de nuestra existencia y potenciar lo mejor que tenemos, nuestra mente:

"El bien y el mal, lo verdadero y lo falso, lo justo y lo injusto, lo bello y lo feo, dependen de decisiones humanas, contractuales, relativas e históricas. Estas formas no existen a priori, sino a posteriori, y deben inscribirse en la red neuronal para existir; no hay moral sin las conexiones neuronales que lo permitan. La ética presupone, pues, un cuerpo faústico, constituido por la potencia y la demiurgia de una inteligencia que desea. La moral se aprende, se inscribe en la materia del cerebro para producir sinapsis y permitir las funciones anatómicas de la empresa moral."

lunes, 13 de noviembre de 2017

DIEZ DÍAS QUE ESTREMECIERON AL MUNDO (1919), DE JOHN REED Y ROJOS (1981), DE WARREN BEATTY. EL RELATO DEL TESTIGO.

Contemplada hoy, cien años después, la Revolución Rusa se nos aparece como un acontecimiento muy trágico, pues, si bien consiguió terminar con el régimen pseudomedieval de los zares, en realidad culminó con la fundación de uno de los Estados totalitarios más terribles de la historia, que aupó al poder a criminales como Stalin. Pero es cierto que, cuando se produjo, la revolución no fue valorada de ese modo, sino que supuso un estallido de esperanza y de ilusión para muchos desheredados que esperaban que los acontecimientos que sucedían en Rusia fueran la chispa que encendiera la llama de la revolución mundial. Uno de aquellos testigos fue el famoso John Reed, comunista estadounidense, cuyo olfato periodístico le dictó viajar a San Petersburgo precisamente cuando se estaba produciendo el golpe final por parte de los bolcheviques que arrasaría con el intento de democracia que se había instaurado en Rusia tras la caída de los zares.

Aunque se puede calificar de relato periodístico, puesto que es narrado por alguien que es testigo directo de los hechos, Diez días que conmovieron al mundo, no es un libro imparcial, puesto que su autor era un militante convencido e impulsor de la revolución. No obstante, se trata de una obra única y vibrante, las palabras de un testigo privilegiado que transmitió para las futuras generaciones los episodios más importantes de unos hechos que hoy podemos examinar con perspectiva histórica, pero que en aquellos instantes se desarrollaban de manera caótica y a veces absurda, pero sin que sus protagonistas supieran cual iba a ser el futuro inmediato. La toma del Palacio de Invierno, por ejemplo, es emocionante, sobre todo porque describe el contraste entre la miseria del pueblo y la opulencia en la que habían vivido sus dirigentes:

"Arrastrados por la impetuosa oleada humana, entramos corriendo en el Palacio por el portal derecho, que daba a una habitación abovedada, enorme y vacía, sótano del ala este, de donde arrancaba un laberinto de pasillos y escaleras. Allí había infinidad de cajones. Los guardias rojos y soldados se lanzaron furiosos a ellos, rompiéndolos a culatazos y sacando tapices, cortinajes, lencería y vajilla de porcelana y cristal. Alguien se echò al hombro un reloj de bronce. Otro encontró una pluma de avestruz y se clavó en el gorro. Pero en cuanto empezó el saqueo alguien gritó: "¡Compañeros! ¡No toquéis nada! ¡No toméis nada! ¡Esto pertenece al pueblo!". Inmediatamente le apoyaron veinte voces por lo menos."

En 1981, Warren Beatty, realizó una aparatosa versión cinematográfica de la vida de John Reed, una película muy irregular que intenta abarcar demasiado, desde la relación que mantuvo con la también escritora Louise Bryant, muy tormentosa y repleta de altibajos, hasta los conflictos en el seno del Partido Comunista estadounidense, que fue objeto a finales de la Primera Guerra Mundial de una especie de caza de brujas, predecesora de la del senador McCarthy. Todo ello, sin acabar de encontrar el tono, entre el documental y la narración cinematográfico, preciso para narrar una historia tan compleja. 

Si algo deja muy claro Rojos es que Reed era un idealista, alguien capaz de sacrificar su bienestar y su salud - recordemos que nació en el seno de una familia adinerada - en pos de una utopía, que ya en 1919, en la época de su segundo viaje a Rusia, dejaba ver su verdadero y sanguinario rostro, algo que se aprecia muy bien en las advertencias que Emma Goldman, expulsada de Estados Unidos que se fue a vivir a San Petersburgo, le realiza. Quizá Reed murió algo desencantado, pero esperanzado en que los acontecimientos tomaran el rumbo que él siempre había soñado. ¿Qué pensaría con la perspectiva de cien años después? Sería interesante tener la posibilidad de preguntárselo...

miércoles, 8 de noviembre de 2017

LOS CABALLOS DE DIOS (2010), DE MAHI BINEBINE. LAS RAZONES DEL MONSTRUO.

A pesar de tratarse de un país con algunas zonas prósperas, Marruecos está repleto de bolsas de pobreza, conformadas con gente sin esperanza, cuya máxima aspiración es emigar algún día a Europa. La narración de Los caballos de Dios la realiza uno de los jóvenes protagonistas en primera persona y lo hace después de muerto. Se trata de un muchacho que se ha hecho estallar en un hotel de Casablanca junto con sus amigos, después de haber sido captado por el islamismo radical. Ahora, desde las sombras de la muerte, mientras se va advirtiendo que quizá los cuentos de un paraíso reservado a los combatientes suicidas que han ayudado a convencerlos de emprender la acción, son una mentira y que la muerte es siempre la misma oscuridad, suceda como suceda.

El protagonista ha nacido en Sidi Moumen, un barrio de chabolas junto a un vertedero. Un lugar desolado, cuyos habitantes viven su día a día envueltos en una miseria inimaginable para las mentes occidentales. Los más jóvenes de entre ellos dedican la jornada a remover la basura para encontrar cualquier material que tenga algún valor. Pero su verdadera ilusión se encuentra en el equipo de fútbol que conforman: las Estrellas de Sidi Moumen. Todos los domingos disputan encuentros contra equipos de los barrios vecinos que acaban siempre en violentas peleas. Los muchachos no conocen otra forma de vida, intuyen que hay algo mejor, pero aceptan su suerte e intentan sobrevivir a los sinsabores de la existencia, materializados en familias desestructuradas en las que también anida la semilla de la violencia.

Este caldo de cultivo va a ser aprovechado por un personaje carismático, el religioso Abu Zubeir, que va a captar a estos chicos hablándoles de la lucha que el islam sostiene contra occidente, ordenada por Alá. Frente a la presunta decadencia de las democracias europeas y sus costumbres impías, les ofrece la pureza de la religión Finalmente, cuando ha captado sus mentes, les exige sus cuerpos y les ofrece el gran honor de ser protagonistas de un atentado suicida, acción que les llevará directamente al paraíso. No hace falta mucho para convencerlos. Halagados por la confianza que manifiesta en ellos el líder supremo, acatan la orden y se preparan para atacar un hotel repleto de turistas. Las palabras que les dedica Abu Zubeir en su última noche resumen una de las filosofías del islamismo: usar a los desesperados como carne de cañón, ofreciéndoles lo que más anhelan: un sentido a sus existencias:

"Acordaos de que esta noche, hijos míos, os esperan muchos retos. Pero tenéis que encararos con ellos y entenderlos. Ya no es hora de juegos. Ha llegado el momento del juicio. Debemos, pues, usar estas horas para pedirle perdón a Dios. Tenéis que estar convencidos de que ya casi no os queda tiempo de vida. Luego, comenzaréis una existencia de beatitud, el paraíso infinito. Sed optimistas. El Profeta siempre era optimista. Rezad, pedidle ayuda a Dios. Seguid rezando toda la noche. Habéis jurado morir y habéis renovado el juramento por amor a Dios. Es algo que os honra. Me hago cargo de que todo el mundo aborrece la muerte; todo el mundo la teme. Pero recordad estos versículos que dicen que desearíais la muerte, ante de encontraros con ella, solo con estar al tanto de cuál será la recompensa posterior." 

Los caballos de Dios es una novela dura, sin concesiones, un retrato sociológicamente fiel de la vida de los desheredados de la Tierra, capaces de arrojarse a cualquier causa desesperada que les ofrezca una salida que consideren digna a unas vidas que ellos mismos consideran vacías, puesto que cualquier mejora en su situación económica jamás va a ser comparable al nivel de vida del enemigo occidental, que goza de ella a través de la explotación de los hermanos musulmanes. Bien es cierto que tiene unas coordenadas geográficas muy determinadas y sirve sobre todo para reflejar las razones que llevaron a los terroristas suicidas de Casablanca del año 2003 a emprender su acción. Escuchar a un monstruo que ha sido abducido por un monstruo mayor, es una manera de entender muchas cosas.

sábado, 4 de noviembre de 2017

EL PUENTE (1959), DE BERNHARD WICKI. LA CRUZADA DE LOS NIÑOS.

Los tres últimos años de la Segunda Guerra Mundial fueron terribles para la población civil alemana. Las grandes ciudades, que a la vez eran los grandes centros de producción que sostenían el esfuerzo bélico eran sistemáticamente bombardeadas, cada vez con más precisión, por la aviación Aliada. En los pueblos pequeños, donde solo llegaban ecos de tan terrible destrucción, la gente temía por los familiares que vivían en aquellos núcleos urbanos y por los hijos que peleaban en el frente ruso. Nos encontramos en 1945, en uno de esos pueblos en los que las autoridades intentan todavía galvanizar el espíritu de resistencia de la gente frente a la invasión de la patria. Son llamadas las quintas de los alemanes más jóvenes y más ancianos, en un intento desesperado de detener a fuerzas muy superiores.

El puente empieza mostrando la vida cotidiana de un grupo de chicos que todavía va al colegio y que sienten la guerra como algo a la vez próximo y lejano, pero muy excitante. Para ellos, el hecho de que un avión Aliado deje caer una bomba junto al puente del pueblo constituye todo un acontecimiento. Los combates se van acercando y saben que pronto van a ser llamados a filas. Como apenas han tenido experiencia de lo que significa realmente combatir, imaginan un escenario que dará rienda suelta a sus fantasías heroícas. Sus mentes impresionables se han tragado toda la propaganda del partido nazi y creen posible la victoria si se pone la suficiente voluntad en ello. Mientras tanto, sus padres viven con desesperación las horas finales del Tercer Reich. Saben que es imposible oponerse a la inmolación de sus propios vástagos y se aferran a la esperanza de que la guerra termine antes de que éstos pisen el frente.

Pero el momento del reclutamiento llega. Los muchachos se lo toman como una especie de recreo respecto a sus obligaciones escolares. Al día siguiente de su llegada al cuartel, la división se pone en alerta para repeler una ofensiva de los americanos. Los más veteranos saben que van al matadero. Los nuevos reclutas parten con una mezcla de curiosidad y miedo. Pero en el último momento, el destino parece haberse apiadado de los protagonistas: un oficial los deja atrás, defendiendo un puente que va a ser volado en unas horas, con el fin de que se libren del combate. Los muchachos se toman su cometido en serio y, cuando llegan los americanos, en vez de retirarse, ponen lo mejor de sí mismos en defender una posición totalmente inútil: el absurdo de la guerra en toda su expresión.

Filme profundamente antibélico, realizado cuando las heridas de la guerra todavía no se han cerrado del todo, El puente lleva consigo un potente mensaje acerca la espiral en la que acaban convirtiéndose todas las guerras: al final los seres más inocentes, a los que se supone que el Estado entró en combate para proteger, son los que sufren más por las decisiones criminales de sus mayores. Destacan dos cosas en esta poderosa película: por un lado la ambientación del microcosmos del pueblecito alemán que espera en tensión la llegada de la guerra a su territorio y por otro las extraordinarias escenas bélicas de su tercio final, muy crudas para la época en la que fueron realizadas. Es seguro que a muchos espectadores alemanes se le despertaron recuerdos muy desagradables contemplando esas imágenes. 

miércoles, 1 de noviembre de 2017

EL ESPANTAPÁJAROS, LA RATA Y OTROS CUENTOS SOBRE LA MALDAD (2017), DE MELKER GARAY. LA REALIDAD Y SUS SOMBRAS.

A veces, solo a veces, hay momentos en los que advertimos la extrañeza que supone la misma existencia. No me refiero a buscarle un sentido a la vida, tarea prácticamente imposible, salvo para quien se aferra a su fe religiosa o a su creencia en la bondad intrínseca del mundo, sino al hecho de que estemos aquí, con nuestra capacidad de tomar decisiones, finita pero cierta. Por supuesto que eso nos supone poder optar por el camino de la maldad, además de sufrir la maldad de otros o de las mismas circunstancias de la vida, que son ciegas y, por ello, indiferentes a nuestro sufrimiento. Escribir sobre ello es algo que han intentado numerosos autores, con desigual fortuna. Por eso es gozoso, a la vez que estremecedor, encontrar unos textos que verdaderamente dan en el clavo, que apelan a la vez a la curiosidad, a la morbosidad y a la desazón del lector, interrogándolo directamente acerca de lo que piensa de su fuerza de existir, en expresión del filósofo Michel Onfray. 

El primer texto que se nos muestra, es toda una declaración de principios:

"No podemos escaparnos de la maldad. Como seres humanos siempre estaremos expuestos a la indefensión. A través de la Historia, el hombre ha tratado de describir la maldad porque tanto en los pequeños como en los grandes contextos, y tanto dentro como fuera de nosotros, la maldad está presente. Conformarse con su existencia es una misión imposible. Lo malo no se puede reducir a unas pocas palabras. La maldad que convierte al hombre en un ser indefenso no se deja expresar por el lenguaje. No obstante, la literatura nos ofrece un medio para combatirla. Quizás no logre vencerla, pero sí luchar contra ella por medio de la bondad. ¿Pero qué es la bondad? Es todo lo que da un sentido a nuestras vidas."

Que nadie espere encontrar un resquicio de esperanza en estos relatos. Ni siquiera los niños, los seres más inocentes, se salvan de horribles destinos, a veces provocados por aquellos en quienes más deberían confiar. Tampoco los animales o los objetos, que adquieren espíritu humano para la ocasión, se libran de las más terribles vicisitudes. Un espantapájaros, que vivió años de esplendor, se ha convertido en el putrefacto hazmerreir de las aves de la zona. Una cometa, se engaña a sí misma, reflexionando que no quiere su libertad, cuando en realidad no puede conseguirla, porque no hay manera de desenganchar el hilo que la ata a sus amos. Y una flor, sabe que su belleza es efímera y se dedica a elucubrar pensamientos como éstos: 

"Suele decirse que la vida puede ser cruel. No es verdad. La vida es cruel cuando la propia perdición está decidida de antemano. No, nadie se libra de la tiranía de la extinción. El que creó la vida no tiene corazón. Pero no todos los que están a mi alrededor piensan así. Ellos hablan de la vida como un regalo, como si el que les dio la vida estuviera lleno de amor. Y sí, es cierto, es innegable que la vida puede ser considerada como un bien, pero sólo si uno se deja defraudar por la mentira."

El espantapájaros, la Rata y otros cuentos sobre la maldad, es un libro que es imposible no leer de un tirón. La portenstosa imaginación de Garay, autor chileno afincado en Suecia, hace que seamos incapaces de dejar de pensar en qué es lo que viene a continuación y - lo más grandioso y lo más terrible a la vez - nos sintamos identificados con el triste destino de sus protagonistas, que al final acaban resignándose ante lo inevitable, como nos tendremos que resignar nosotros cuando lleguen nuestras horas más difíciles. Como se comenta en uno de los relatos, un ave puede estar condenado por los barrotes de su jaula, pero para la mayoría de los hombres esa función la toman sus propios pensamientos. Garay bebe de los mejores: de Poe, de Borges o de Villiers de L Isle-Adam, pero es capaz de crear su propio universo, inquietante y original. Como nos recuerda René Vázquez Díaz en el prólogo, la mayor amenaza contra el hombre, es el hombre mismo y sus prejuicios; su desprecio al mundo, su iniquidad y sus miedos. Agradezco infinitamente a René que me haya hecho llegar esta pequeña joya de un autor que merece ser divulgado por estos lares.

sábado, 21 de octubre de 2017

COMUNIDADES IMAGINADAS (1991), DE BENEDICT ANDERSON. REFLEXIONES SOBRE EL ORIGEN Y DIFUSIÓN DEL NACIONALISMO.

No digo nada nuevo si escribo que nuestro país está viviendo horas muy difíciles, de gran incertidumbre. La explosión del nacionalismo catalán, que venía gestándose desde hace muchos años, ha despertado algunos fantasmas dormidos del nacionalismo español más rancio. Por ahora la guerra es solo de banderitas, y esperemos que permanezca así. En el día en el que el gobierno se ha decidido a aplicar el artículo 155 de nuestra Constitución - territorio inédito - uno se queda medianamente tranquilo al saber que la Unión Europea apoya en bloque la soberanía de nuestro país y el orden legislativo, cuya piedra angular es precisamente esta Constitución que fue ninguneada el mes pasado por un Parlamento autonómico en una sesión que tuvo mucho más de bochonorsa que de solemne.

Precisamente uno de los postulados del nacionalismo es la solemnidad ante los símbolos. Uno sigue esta crisis con curiosidad, pero la proliferación de declaraciones y actos solemnes por parte de las autoridades catalanas quizá esté provocando un hartazgo entre muchos ciudadanos que se creyeron las promesas de prosperidad con las que les han estado machacando repetidamente. Cataluña iba a declarar fácilmente la independencia, la comunidad internacional reconocería al nuevo Estado y la Unión Europea no podría dejar salir de su seno a tan importante país, mientras la rancia nación española era humillada. La triste realidad con la que han chocado en las últimas semanas ha obligado a algunos - supongo - a replantearse sus convicciones, pero muchos otros siguen instalados en un delirio colectivo del que ni siquiera les hace despertar la enorme fuga de empresas que ha seguido a esa extraña declaración de independiencia inmediatamente suspendida con la que Puigdemon nos sorprendió la semana pasada. 

Es posible que algún día los instigadores de este desaguisado dejen de esconderse detrás de una bandera y asuman su responsabilidad, pero queda mucho todavía para eso. Mientras puedan seguir encadenando declaraciones solemnes y sentirse arropados por masas de ciudadanos con banderas, el delirio seguirá adelante. Bien es cierto que la responsabilidad se comparte con un Estado central que ha dejado enquistarse un problema que se veía venir de lejos y ha asumido sus obligaciones - que las circunstancias han convertido en semipunitivas - en el último minuto, cuando recomponer lo que se ha ido rompiendo en los últimos meses va a convertirse en un proceso largo y costoso. Muchos ciudadanos están hastiados del tema, pero pasará mucho tiempo hasta que dejemos de hablar con él con esa mezcla de pasión y algo de miedo que imponen las noticias algo confusas que se suceden de hora en hora.

Por supuesto, todo país necesita su mitología, su discurso histórico-épico que justifique la singularidad de un pueblo milenario. Y no basta con una lengua y unas costumbres propias, hay que examinar los hechos históricos y reintepretarlos para que encajen de la manera más conveniente para derivar en una especie de justificación digna de un pueblo elegido:

"Si se concede generalmente que los Estados nacionales son "nuevos" e "históricos", las naciones a las que dan una expresión política presumen siempre de un pasado inmemorial y miran un futuro ilimitado, lo que es aún más importante. La magia del nacionalismo es la conversión del azar en destino."

Y luego está el victimismo. Cualquier afrenta, real o imaginaria se exagerará hasta convertirla en una agresión inaceptable, aunque esta supuestamente ocurriera hace tres siglos. Cualquier pronunciamiento de los poderes del Estado en contra de acciones ilegales será considerada represión totalitaria contra el pueblo y los razonamientos serán sustituidos por mares de banderas que desarmen los argumentos del contrario con la elocuencia de los colores propios. En una época en la que las fuerzas más razonables del progreso intentan profundizar en la Unión Europea, una organización imperfecta que nació precisamente como reacción frente a los nacionalismos, algunos abogan por un independentismo sin fronteras que solo puede llevar al desastre, como ya se probó repetidamente en el pasado. Leer en estos días el estudio ya clásico de Benedict Anderson (publicado por primera vez en 1983), es una manera de meditar serenamente sobre el problema y tomar consciencia de que los Estados, pasados, presentes y futuros, no son más que construcciones imaginarias que deben servir para la convivencia, para unir y no para separar a los ciudadanos. Lo verdaderamente importante, algo de lo que se habla poco estos días, es respetar los derechos individuales de estos ciudadanos, un tema de mucho más calado que el absurdo choque de banderas al que estamos asistiendo.