jueves, 17 de agosto de 2017

EL PRIMER AMOR (1860), DE IVÁN TURGUÉNEV. INOCENCIA Y DESPERTAR.

Después de una cena, solo queda una pequeña reunión de hombres maduros. Deciden hablar de un tema interesante y evocador: el primer amor, pero solo uno de ellos tiene una historia que contar. En cualquier caso, se trata de una historia que no puede ser narrada de viva voz, por lo que habrá que esperar unos días para conocerla, hasta que sea plasmada en papel.

El primer amor está concebido como un relato en primera persona en el que un hombre de cuarenta años intenta ponerse en la piel de su yo adolescente, evocar sus sentimientos y describir algo tan indescriptible como el enamoramiento ofuscado de un ser que empieza a vivir y todavía no entiende muy bien qué mecanismos mueven el mundo. Vladimir no entiende muy bien qué es lo que le está pasando, de donde vienen esas sensaciones a la vez deliciosas y aterradoras, pues ha sido víctima de ese atontamiento temporal del alma del que hablaba Ortega y Gasset:

"(...) me pasaba el tiempo recitando versos en voz alta, sabía muchos de memoria, la sangre me hervía y en el corazón experimentaba un dolor dulce y cómic, esperaba algo, sentía una extraña timidez, me asombraba de todo y permanecía como al acecho; mi fantasía volaba, moviéndose en torno a unas mismas ideas, como los vencejos al amanecer en torno al campanario, solía quedarme pensativo, triste, y hasta lloraba; pero, por encima de las lágrimas, por encima de la tristeza que despertaba en mí un verso sonoro o un bello ocaso, brotaba, como la hierba primaveral, la alegría de la vida joven y efervescente."

La causante de esta catarata de sentimientos encontrados es una bellísima joven de veintiún años, cinco más que el protagonista, vecina de éste. La diferencia de edad es un abismo entre ambos. Ella ya es alguien maduro, que cuenta con una corte de aduladores que atiende al menor de sus deseos y a quienes maneja como quiere. Vladimir pasa a formar parte de esa corte - hasta llegará a tener el cargo de paje de la misma - con tal de estar cerca de Zinaida, que se ha convertido en una diosa para él. Ella es verdaderamente encantadora pero, por desgracia para sus adoradores, es muy consciente de su belleza y del poder que tiene sobre los hombres, por lo que su relación con ellos se transforma en un juego en el que ella siempre impone las reglas. Para el autor, fue su personaje femenino más logrado:

"De todos mis tipos femeninos el que más me satisface es el Zinaida de El primer amor. En ella logré presentar un personaje verdadero, vivo; coqueta por naturaleza pero una coqueta en verdad atrayente."

Como el mismo Tuguénev confesó, la novela se basa en una experiencia de juventud. Lo mejor de todo es que posee un trasfondo escabroso y realmente cruel para el protagonista. La verdad de lo que está sucediendo, algo que el lector ya ve venir desde la mitad de la narración, es devastadora para Vladimir (y el final del relato, uno de los mejores que he leído, lo es para el lector), pero su balance de la experiencia es mucho más paradójico:

"No quisiera que se repitiera, pero me consideraría muy desgraciado si no lo hubiera experimentado nunca."

miércoles, 16 de agosto de 2017

SPIDERMAN HOMECOMING (2017), DE JON WATSS. EL SUPERHÉROE ADOLESCENTE.



Spiderman ha sido uno de los grandes héroes de varias generaciones de lectores de cómic. El secreto de su éxito fue siempre que uno se podía identificar con las historias que protagonizaba Peter Parker. Se trataba de un joven con superpoderes, sí, pero los problemas y los conflictos a los que solía enfrentarse en su vida diaria eran muy parecidos a los nuestros: la presión de las clases, las discusiones entre amigos, los primeros devaneos amorosos… y todo ello se agravaba con su constantes peleas contra poderosos supervillanos, de las que no siempre salía victorioso. Es más, Parker era alguien constantemente asediado por problemas financieros, que solía vivir una existencia precaria, acosado por unos jefes como el celebérrimo J.J. Jameson, que ni siquiera era capaz de ofrecerle un puesto fijo en el Daily Bugle, a pesar de las excelentes fotos del trepamuros que le suministraba para sus portadas.


En los cómics, Spiderman ha vivido literalmente miles de aventuras, ha experimentado etapas tremendamente anodinas y se ha reinventado varias veces. Algo parecido le ha sucedido en el cine, donde, a pesar de las dos primeras películas firmadas por Sam Raimi, excelentes desde un punto de vista formal, pero que no entroncaban en muchos aspectos con el universo de los cómics. Este problema ha sido una constante en las adaptaciones posteriores, hasta que en Civil War, se presentó a un Spiderman muy prometedor, cuya presencia de solo algunos minutos en la pantalla resultó muy esperanzadora para muchos fans, puesto que la interpretación de Tom Holland, sí que se acercaba a la esencia de un Peter Parker adolescente, a la magia de los primeros cómics escritos por Stan Lee.


Por todo ello, Spiderman Homecoming era una cinta que suscitaba muchas expectativas, en la  que muchos esperaban ver desarrollada la historia de un Peter Parker más realista, por fin inmerso en el auténtico universo Marvel. Dichas expectativas se cumplen solo en parte, pero el balance final que ofrece la película es tremendamente decepcionante. Watts nos presenta a un personaje excesivamente dependiente de Tony Stark, que aparece aquí como una auténtica figura paterna, que llega al punto de tener sometido a estrecha vigilancia a su pupilo a través del traje que le ha cedido, realizado con la misma tecnología que la armadura de Iron Man (¿y por qué no ha fabricado trajes similares para los miembros más débiles de los Vengadores, como Ojo de Halcón?), hasta el punto de que el espectador llega a dudar de que Spiderman tenga poderes propios, más allá de los que otorga el fantástico traje. Además la cinta está lastrada por un humor absurdo, quizá comprensible solo para la generación milenial, y por unos secundarios absolutamente insulsos. Es bastante incomprensible que si se ha querido reforzar la descripción de la vida estudiantil de Parker sin que le rodeen unos personajes mínimamente interesantes, no estereotipados.  

Una de las características principales de Peter Parker, la de ser fundamentalmente, al menos en su faceta superheroíca, un muchacho hecho a sí mismo, se pierde lamentablemente en esta nueva versión de sus aventuras. Spiderman Homecoming resulta espectacular en sus – escasas – escenas de acción, aunque en algunas de ellas se abuse de la oscuridad, pero resulta lamentablemente aburrida en demasiados tramos, que parecen más destinados a adolescentes que a un público más variado. Esperemos que en próximas apariciones se pula un poco mejor a un personaje con tanto potencial y podamos ver el espíritu de Stan Lee plenamente trasladado a la gran pantalla.

sábado, 12 de agosto de 2017

DUNKERQUE (2017), DE CHRISTOPHER NOLAN. HORAS DESESPERADAS.

Dejo aquí en enlace al último artículo que he publicado para Astoria 21, acerca de la última película de Nolan, una de las mejores producciones bélicas de todos los tiempos:

JACKIE (2016), DE PABLO LARRAIN. LA LEYENDA DE CAMELOT.

Las imágenes del asesinato de John Fitzgerald Kennedy son parte de la historia del siglo XX, una película de horror impactante y real que marcó a una generación de estadounidenses que ya se habían acostumbrado al uso generalizado del medio televisivo. En cualquier caso, para el público fue un acontecimiento observado a cierta distancia, pero para Jacqueline Kennedy, la esposa del presidente, que iba sentada junto a él cuando fue asesinado, resultó un horror tan absoluto, que su vestido y su cabello quedaron empapados de sangre y trozos del cerebro de su marido. ¿Qué pasó por la cabeza de esa mujer en las horas posteriores y en los días siguientes? Esa es la pregunta que se hace Larrain y para intentar responderla dará voz a la joven viuda durante toda la película, a través de la entrevista privada que concede a un conocido periodista.

Las primeras horas después del asesinato se movieron entre lo trágico y lo patético, con una Jackie sumida en el estupor, todavía con la ropa manchada de sangre, mientras los miembros del gobierno y la seguridad se movían nerviosos a su alrededor, organizando la inmediata transición política. De pronto Jacqueline ya no era la primera dama, sino la primera viuda, pero nadie parecía darle prioridad a su dolor. Pronto se vio obligada a reaccionar, a proteger a sus hijos y, ante todo, a poner en valor el legado de su marido, un presidente joven al que alguien - todavía se especula sobre si detrás del crimen existieron poderes ocultos - había asesinado por motivos inexplicables. 

Una semana después de los hechos, el duelo se transforma en obsesión por la posteridad, por rememorar los días felices de esa definición un poco cursi de su mandato, Camelot, obviando la sórdida historia de unos Kennedy que se movían en algunos ámbitos como una familia dominada por una desmesurada sed de poder. Al público estadounidense se le quiso vender la imagen dorada de un matrimonio joven que vive la culminación del sueño americano, pero la realidad era mucho más prosaica, puesto que el relato de Jackie debe omitir los continuos devaneos sexuales de su marido, un hombre cuyo comportamiento distaba mucho del de un esposo ejemplar. La posición de la protagonista era muy difícil, pues debía sobreponerse a su dolor, al trauma que le suponía haber vivido en primera persona un acontecimiento tan terrible y proteger al menos la imagen de una presidencia y una familia ejemplares. Algo que logró conseguir, al menos en parte. Larrain explica así los sentimientos de la ex primera dama:

"Creo que es el estudio de la sensibilidad de una persona, un estudio de su vida, de su duelo y es la historia de cómo una mujer supo unir a una nación. (...) Simplemente intenté mostrar circunstancias específicas sobre cómo una mujer y una familia pudieron superar momentos tan oscuros como los que les tocó vivir." 

Jackie no es fime convencional. Todo se sostiene en la excepcional actuación de Natalie Portman, llena de matices, en la intuición de su personaje de que lo verdaderamente importante en la era de la imagen no es la estricta verdad, sino la versión de la misma que más conviene a la percepción que queremos obtener del público.

viernes, 11 de agosto de 2017

EL CRACK (1981), DE JOSÉ LUIS GARCI. EL DETECTIVE Y LA MUERTE.

Hace unos meses tuve la oportunidad de tener una conversación con un detective malagueño. No podía dejar pasar la ocasión sin preguntarle cual es la película, a su juicio, que mejor refleja la realidad en la que él se mueve habitualmente. Me sorprendió mucho que no se decantara por ningún titulo norteamericano, sino por El crack, un pequeño clásico de nuestro cine en el que José Luis Garci ofrece un continuo homenaje a los clásicos del género negro. 

El protagonista, el detective privado Germán Areta, es un personaje muy tópico, aunque con matices, puesto que la interpretación de Alfredo Landa (recordemos lo que representaba Landa en aquel entonces), le otorga una gran humanidad y diversos matices que lo hacen muy interesante. Está claro que Garci lo dibuja como un cruce entre Bogart y Harry el sucio, pero el hecho de que Areta busque refugio en un proyecto de familia, con la que vive momentos totalmente alejados del mundo sórdido por el que se mueve en su profesión, lo distinguen un tanto de estos iconos del cine negro y policiaco. Areta es presentado como un hombre tranquilo y cerebral, pero que es capaz de intimidar cuando la ocasión es propicia para ello. Más que un hombre de acción, Areta es un hombre rutinario, un muy buen conocedor de su oficio que sigue manteniendo relación con su pasado como policía.

Lo mejor de El crack es el retrato de época que ofrece, de una España que se estaba despertando del mal sueño del franquismo, de un Madrid todavía dibujado en tonos muy grises. A Garci le gusta cambiar de escenarios mostrando panorámicas de Madrid (sobre todo de la zona de la Gran Vía), pero la película transcurre sobre todo en sombríos y a veces opresivos interiores. Lo malo es que el ritmo de la película no siempre es el adecuado y al director a veces se le va la mano con los homenajes, hasta el punto de ambientar el desenlace en la mismísima Nueva York - una decisión no exigida por el guión - pero una ocasión ideal para ofrecer panorámicas de rascacielos y recrear un ambiente más auténtico si cabe. El crack es una película interesante por lo que representa para nuestro cine, pero ha envejecido un poco mal. Acercarse a ella supone gozar de un interesante ejercicio de arqueología nostálgica, pero también lamentar lo que pudo ser no llegó a ser, sobre todo por el mal acabado de demasiadas escenas.

lunes, 31 de julio de 2017

LLAMADA PARA EL MUERTO (1961), DE JOHN LE CARRÉ. UN ESPÍA IMPERFECTO.

Uno de los personajes literarios más icónicos de la segunda mitad del siglo XX es George Smiley, un miembro del MI6 británico, presentado por Le Carré como un auténtico antihéroe. En realidad, conocemos a un hombre cuyo pasado nos parece mucho más interesante que su presente, puesto que la psicología de Smiley está marcada por dos hechos fundamentales: el nazismo y la Segunda Guerra Mundial, que pasó en gran parte en Alemania, lo cual le dejó traumas imborrables (solo hay que pensar lo que sucedió con su ciudad favorita, Dresde) y la relación con su ex esposa, Ann, una mujer bella y frívola, que se hartó pronto de aburrido Smiley, pero cuya presencia fantasmal (a veces también en forma de cartas), sigue pesando en su vida.

Además, Smiley es un espía contrario al modelo James Bond, un personaje con los pies en la tierra. Se trata de un hombre cincuentón, poco atractivo, propenso a la depresión que, para más inri, detesta la violencia. Smiley es más bien un cerebro pensante que prefiere el despacho a la calle, aunque al final la naturaleza de su trabajo le obligue a continuas salidas, casi siempre nocturnas - el ambiente creado es uno de los grandes aciertos de esta primera novela de Le Carré -. La trama no resulta muy compleja y casi es más detectivesca que estrictamente de espías, pero tiene el suficiente grado de sordidez como para hacerla interesante. El enemigo aquí, como es propio de los años dorados de la Guerra Fría, es el bloque comunista. A veces en la novela la lucha se torna más ideológica que violenta. El bloque del Este está repleto de comunistas convencidos, que creen obrar en pos de un bien superior. Smiley tiene clara su posición: él detesta el comunismo porque ama el individualismo:

"Odiaba la prensa, como odiaba los anuncios y la televisión, odiaba los medios masivos, el inexorable adoctrinamiento del siglo XX. Todo lo que admiraba o quería había nacido de un intenso individualismo. Por eso odiaba a Dieter, y odiaba más que nunca lo que él defendía: el fabuloso absurdo de renunciar al individuo a favor de la masa."

¿Qué pensaría Smiley del legado que ha dejado el triunfo absoluto del capitalismo? ¿Somos más individualistas que nunca o la mayoría sigue siendo masa aborregada? Llamada para el muerto es una novela un tanto rutinaria, y algo falta de ritmo, pero la brillante presentación de su protagonista hace que el lector se quede con ganas de continuar la serie.

jueves, 27 de julio de 2017

PEDRO Y EL CAPITÁN (1979), DE MARIO BENEDETTI. CONVERSACIÓN AL BORDE DEL ABISMO.

Aunque se ha convertido en uno de los conceptos más tópicos que definen la violencia del siglo XX - siglo que no solo fue violento, sino también alumbrador de grandes descubrimientos científicos y de la semilla de la unión cada vez más estrecha de algunos países - la definición de banalidad del mal, sigue siendo uno de los grandes hallazgos de la pensadora Hannah Arendt, y el el que más fortuna ha cosechado. La idea del torturador, del colaborador de un régimen autoritario y represor que se comporta prácticamente como un funcionario, con una idea difusa de su deber y que no se plantea la moralidad de sus actos, puesto que piensa que es una pieza muy pequeña de una maquinaria mucho más compleja y que le sobrepasa es una de las que está presente en Pedro y el capitán, que se presenta ante el lector-espectador como un auténtico duelo de palabras entre el torturador y su víctima.

En palabras de Benedetti:

"La obra no es el enfrentamiento de un monstruo y un santo, sino de dos hombres, dos seres de carne y hueso, ambos con zonas de vulnerabilidad y de resistencia. La distancia entre uno y otro es, sobre todo, ideológica, y es quizá ahí donde está la clave para otras diferencias que abarcan la moral, el ánimo, la sensibilidad ante el dolor humano, el complejo trayecto que media entre el coraje y la cobardía, la poca o mucha capacidad de sacrificio, la brecha entre traición y lealtad."

Lo que más estremece de Pedro y el capitán es que el torturador se presenta a sí mismo como un ser civilizado, que no ha tenido más remedio, para defender su manera de ver el mundo, que ensuciarse las manos y practicar una actividad desagradable, pero necesaria. El capitán se presenta ante Pedro en sus breves instantes de descanso, entre tortura y tortura, como un diablo tentador que ofrece poner fin a sus sufrimientos a cambio de alguna que otra delación, algo que estima muy lógico y justo. A veces casi se comporta como un comercial que tiene que colocar su producto a toda costa - el producto más deseado, seguir viviendo - bajando su precio cada vez más con tal de realizar la venta. Pero para Pedro, el coste es demasiado elevado. Su cuerpo lacerado, en contraste con la impecable vestimenta de su interlocutor, es testimonio de su integridad, de la fidelidad a sus compañeros, un bien inestimable al que no está dispuesto a renunciar.

Aunque no existen escenas de violencia explícita, la idea de dolor, de bárbara tortura, se encuentra presente en toda la obra. Una reflexión acerca de la inhumanidad de las ideas radicales, aquellas que ponen una determinada visión del mundo por encima de la dignidad de las personas que lo habitan, una tendencia que tristemente imperaba en Hispanoamerica en la época en la que Benedetti escribió esta obra.

miércoles, 26 de julio de 2017

LA GUERRA DEL PLANETA DE LOS SIMIOS (2017), DE MATT REEVES. CHOQUE DE CIVILIZACIONES.

Dejo aquí el último artículo que he publicado en Astoria 21, el decepcionante - al menos para mí - final de la trilogía moderna del Planeta de los simios:

http://astoria21.es/la-guerra-del-planeta-de-los-simios/

miércoles, 19 de julio de 2017

HOMO DEUS (2016) DE YUVAL NOAH HARARI. EL SORPRENDENTE DESTINO DEL HOMBRE.

Cuando pensamos en el futuro de la Humanidad en las próximas décadas o siglos - un futuro cuyas bases empezamos a conocer en los días presentes - no es extraño sentir a la vez vértigo y fascinación. Es indudable que el progreso humano, basado en el conocimiento científico, es un tsunami imparable que va cambiando sutilmente la sociedad día tras día. Hace veinte años era difícil prever el impacto que tendría internet en nuestras vidas y en nuestra privacidad. Hoy se acepta como algo natural lo que por aquel entonces nos hubiera parecido una auténtica locura: exponer nuestra privacidad a coste cero. Nuestros datos personales, nuestras compras y hábitos de vida se han convertido en la mercancía más valiosa de estos tiempos. Y con esta base tan sencilla, se va construyendo el futuro.

Homo Deus se presenta como la continuación natural de ese magnífico ensayo superventas que fue Sapiens. Después de haber contado nuestro pasado y presente, Harari se aventura a guiarnos hacia nuestro posible destino. Por supuesto, sus conclusiones, como él mismo admite, podrían estar equivocadas, pero es indudable que existe cierta lógica en su exposición. Tradicionalmente los grandes enemigos de la Humanidad han sido el hambre, la peste y la guerra. Harari comienza su ensayo con palabras muy optimistas al respecto: a pesar de lo que podamos pensar, vivimos en el mejor momento de la historia (lo cual no quiere decir que no nos enfrentemos a retos gigantescos y que el peligro de destrucción del planeta siga siendo cierto). Pero por primera vez podemos decir que hay más muertes por obesidad que por desnutrición, que la guerra ya no es el principal método de resolución de conflictos y que muchas de las enfermedades que nos atenazaban, han sido erradicadas, por lo que la esperanza de vida es cada vez mayor. Partiendo de esta base, el escritor predice cuáles van a ser los objetivos de la Humanidad a medio plazo: la inmortalidad, la dicha y la divinidad.

Si Homo Sapiens acabó dominando prácticamente todos los recursos del planeta y sintiéndose infinitamente superior al resto de seres vivos que lo pueblan es porque el brote de inteligencia que surgió de la plasticidad de su cerebro le permitió poco a poco ir cooperando cada vez a mayor escala con sus semejantes. Dicha cooperación le permitió llegar a objetivos jamás soñados, incluso a explorar otros planetas. La Historia ha sido, entre otras muchas otras cosas, una gran lucha ideológica que acabaron ganando el capitalismo y el liberalismo como doctrinas menos imperfectas, que establecen el marco para un progreso más rápido de la Humanidad, aunque la otra cara de la moneda sean las profundas desigualdades que va dejando en su camino. Estas creencias conforman nuestra actual red de sentido, unas formas de vida que creemos inamovibles. Pero la Historia demuestra que nuestros ídolos ideológicos pueden caer tarde o temprano (quien iba a decir a los españoles del siglo XVI que algún día la religión ocuparía un lugar marginal en nuestras vidas):

"Así es como se desarrolla la historia. La gente teje una red de sentido, cree en ella con todo su corazón, pero más pronto o más tarde la red se desenmaraña, y cuando miramos atrás, no podemos entender cómo nadie pudo haberla tomado en serio." 

El futuro seguramente cambiará los relatos que sostienen nuestra existencia y los cambiará por otros que se adaptarán mejor a las nuevas realidades. Y lo que viene es un interés inusitado en el funcionamiento del hombre. Todavía sabemos muy poco de cómo toma sus decisiones el cerebro, pero los investigadores han llegado a la conclusión que captar la esencia última de nuestro ser es una tarea imposible, ya que no somos una única esencia, sino muchas y es la conciencia la que establece la ficción que de que somos uno y que tomamos nuestras decisiones en libertad. Quizá la angustia existencial, la falta de certezas del hombre una vez que ha abandonado los dogmas religiosos, pueda curarse con una exploración profunda de nosotros mismos, aunque al final no nos guste todo lo que encontremos por el camino. Las claves estarán en la conectividad profunda y en las mejoras de nuestro cuerpo a través de la fusión de hombres y máquinas:

"Los principales productos del siglo XXI serán cuerpos, cerebros y mentes, y la brecha entre los que saben cómo modificar cuerpos y cerebro y los que no será mucho mayor que la que existió entre la Gran Bretaña de Dickens y el Sudán del Mahdi."

Y lo que es aún más alarmante:

"Algunos economistas predicen que, más pronto o más tarde, los humanos no mejorados serán completamente inútiles. Mientras que robots e impresoras tridimensionales sustituyen a los trabajadores en tareas manuales como fabricar camisas, algoritmos muy inteligentes harán lo mismo con las ocupaciones administrativas."

Al final, casi todas las profesiones van a estar en peligro. Si poderosísmos algoritmos, capaces de actualizarse todos los días con millones de nuevos datos pueden ejercer la medicina o la abogacía de forma infinitamente más eficaz que un ser humano, ¿dónde quedaremos nosotros? ¿Esto será en nuestro beneficio o al final quedaremos marginados por formas de vida mucho más eficientes? Nos encontramos en los albores de un nuevo mundo que superará las tesis liberales y capitalistas y se centrará en una nueva ideología - o religión - : el tecnohumanismo, una doctrina que abogará por la reconexión de nuestros cerebros en una red casi infinita de datos y conocimiento. 

El movimiento más radical del tecnohumanismo, el dataísmo (que no dadaísmo), habla ya de superar nuestras limitaciones sentimientales y empezar a ser humano de maneras distintas y totalmente insospechadas, conectándose de manera permanente al flujo de información, que es el verdadero poder que nos permitirá hacernos amos del universo. Los primeros pasos en este sentido se están dando ya: el desarrollo del Internet de las cosas y del Big Data acabarán haciendo que Google y Facebook acaben conociéndonos mucho mejor que nosotros mismos, por lo que acabaremos cediéndoles la decisión de los pasos más trascendentales de nuestra vida (y lo más escalofriante es que decidirán con acierto pleno al respecto). ¿Llegaremos a experimentar esta revolución? ¿qué debates éticos tendremos que afrontar? Los próximos años serán decisivos al respecto.

viernes, 14 de julio de 2017

LA DEMOCRACIA SENTIMENTAL (2016), DE MANUEL ARIAS MALDONADO. POLÍTICA Y EMOCIONES EN EL SIGLO XXI.


La masificada Facultad de Derecho de la Universidad de Málaga era en los años noventa un territorio hostil para cualquier alumno, muchos de los cuales tenían la impresión más de ser carne de cañón, de la que podía prescindirse fácilmente, que un verdadero estudiante. Pocos eran los Departamentos que se preocupaban verdaderamente de que los alumnos no solo salieran de las clases con una bestial cantidad de conocimientos teóricos, sino también con auténtica curiosidad por ampliar horizontes intelecturales en el ámbito de sus asignaturas. El Departamento de Derecho Político y Constitucional era de los pocos cuyos miembros parecían no haber abandonado el afán pedagógico que, junto con un buen conocimiento de la asignatura, deberían ser los principios más sagrados de todo profesor que se precie. Parece ser que, felizmente, la tradición continúa y el profesor Arias Maldonado se esfuerza en ser un buen divulgador de los conocimientos que atesora. Al menos eso es lo constanto regularmente con la lectura de los magníficos artículos que publica en Revista de Libros y en Letras Libres, bien fundamentados y dotados de una escritura cristalina, virtudes que se mantienen en este volumen titulado La democracia sentimental.

El proyecto filosófico ilustrado, padre de los Derechos Humanos y de la democracia liberal que impera en los países más avanzados del mundo, era un proyecto altamente racionalista, que apenas advirtió la importancia de las emociones, un error que se está subsanando en los últimos años a pasos agigantados. El libro de Arias Maldonado constituye una necesaria reflexión sobre esta nueva realidad y de cómo está afectando ya a la política y de qué consecuencias tendrá en el futuro inmediato, pues el cada vez mayor conocimiento del funcionamiento más íntimo del ser humano, de cuáles son los verdaderos intereses que lo mueven y de qué modo pueden motivarse éstos, es la nueva piedra filosofal que será decisiva en el triunfo de unas propuestas políticas sobre otras. Así explica el autor los objetivos de su trabajo en una entrevista concedida a la revista Letras Libres en diciembre del año pasado:

"Aunque haya una crisis económica o institucional producida por diferentes acontecimientos, queda por explicar por qué la reacción es irracional. Hay que tener cuidado con pensar que el sujeto es más emocional que antes. Parece más bien que se han roto los diques de contención que no dejaban ver esa emocionalidad. A esto lo acompaña la discusión en las ciencias sociales y las neurociencias, el giro afectivo del que hablo al principio. Quería reflexionar sobre cómo puede combatir la democracia liberal pluralista a sus enemigos irracionalistas: si debe volverse emocional, como Obama en campaña aunque no en el cargo. La democracia, igual que es un régimen de opinión, es un régimen afectivo. Tanto sus fundamentos como los estados de ánimo o atmósferas sociales nos empujan a una dirección u otra y ayudan a separar distintos periodos."

Nuestras democracias son imperfectas, porque los ciudadanos también lo son. No puede exigirse que el votante medio lea filosofía y antropología, que esté informado de la actualidad nacional e internacional a través de los mejores diarios y que sea capaz de leer todos los programas políticos para elegir racionalmente cual de ellos se ajusta mejor a sus intereses e inquietudes. En realidad, el ciudadano medio tiende a simplificar y para muchos de ellos las elecciones políticas tienen más que ver con emociones futbolísticas (se simpatiza con un partido tal y como se es forofo de un equipo) que con el pensamiento racional. Los asesores de los partidos hace tiempo que son conscientes de esta realidad y empiezan a actuar en consecuencia. Si uno analiza las sesiones habituales del Congreso, no son más que un previsible cruce de reproches que puede subir más o menos de tono. Ninguno de nuestros diputados parece capaz de hilvanar un discurso sustancioso que a la vez contenga verdaderas virtudes comunicativas. Resulta mucho más sencillo apelar a las emociones de los ciudadanos y volver a repetir las frases manidas de siempre, sobre todo porque cuando un partido se sale de la norma, pacta, y hace más flexible su discurso, los votantes suelen hacérselo pagar (aunque, como siempre, hay excepciones, porque una de las grandezas de la política es que no es una ciencia exacta). 

Ya Montaigne nos dejó un valiosísimo consejo desde su lejano siglo XVI: "que emplee la pasión quien no pueda emplear la razón". Esto parece haber ser sido leído de manera literal - y en sentido erróneo - por los responsables del desafío al Estado democrático que supone la promoción de un referéndum, nada menos que para secesionar por las bravas, al margen de la ley, una parte del país. No he escuchado muchas apelaciones racionales por parte de los nacionalistas catalanes a las ventajas objetivas que proporcionaría esta situación a los ciudadanos, más bien una serie de consignas patrióticas (algunos de los consejeros del Govern ya están abandonando el barco, porque su fe nacionalista no es tan profunda como para poner en peligro su patrimonio), que apelan a la emoción de los votantes (la bandera, los actos solemnes y simbólicos que se repiten todos los días, las corruptelas de España, mientras se olvidan las propias...), pero que ofrecen escasa pedagogía acerca de lo que sucedería el día después de la escisión, lo que sucedería, por ejemplo, con un Estado catalán fuera de la Unión Europea, o que sucedería con los numerosos nacidos en Cataluña que trabajan en el resto de España.

Si algo nos enseña la historia es que las democracias liberales, con todas sus imperfecciones, ofrecen los mecanismos para llegar a soluciones negociadas de los problemas más intrincados y que el mantenimiento contra viento y marea de las posiciones propias - sobre todo cuando esto implica la desobediencia a una Ley que en su día se otorgó el conjunto de la nación española - suele acarrear consecuencias imprevistas y, en la mayoría de las ocasiones, indeseadas para todas las partes implicadas. La conclusión de lo que ofrece La democracia sentimental, puede resumirse en una frase de uno de sus últimos capítulos: 

"Solo la democracia liberal, que divide el poder y promueve el dinamismo de la esfera pública, al tiempo que limita el alcance del autogobierno, instituyendo garantías constitucionales de distinto tipo, está en condiciones de asegurar el mantenimiento de la sociedad abierta pese al predominio de los ciudadanos sentimientales sobre los ironistas escépticos."

martes, 11 de julio de 2017

LAS CHICAS (2016), DE EMMA CLINE. UN PASEO POR EL LADO OSCURO.

Evie es una adolescente, hija de unos padres de posición social acomodada. Como muchas de las chicas de su edad, la protagonista se siente un poco excluida y fuera de lugar en los círculos en los que debería moverse. La gota que desborda el vaso de su situación se produce cuando sufre el desprecio de su mejor amiga. Evie está sola. No hay más remedio que buscar compañías alternativas y las encuentra en un extraño grupo de jóvenes con un estilo de vida cercano al hippismo, pero con un matiz inquietante: veneran al líder de la pequeña comunidad, un tal Russell - trasunto del tristemente famoso asesino Charles Mason -, hasta el punto de que todas las chicas aceptan mantener relaciones sexuales con él con una naturalidad pasmosa. Russell es un ser seductor y a la vez extrañamente perturbador, uno de esos tipos capaces de hacer con la gente lo que quiere, sobre todo si es gente con poca autoestima.

Nos encontramos en 1969 y la sociedad estadounidense poco tiene que ver con la de la década anterior. El amor libre y el consumo de drogas se han institucionalizado entre muchos grupos de gente y la búsqueda de un gurú espiritual, de un ser superior que sea capaz de hacer de la vida algo trascendente se convierte en un motor vital para numerosas personas. Que la forma de vida que instituye Russell-Mason en su selecto grupo sea cada vez más miserable, que la existencia transcurra entre basuras y detritos, no afecta ni un ápice al prestigio de un líder que cada vez se siente más resentido, ya que el mundo parece no estar preparado para reconocer su absoluta genialidad como artista. Y esta situación tan injusta, sentencia Russell, tiene un culpable, el amigo que no hizo lo suficiente para promocionarle, por lo que la venganza contra éste está plenamente justificada. Mientras la prepara, adoctrina a su grupo en el rechazo de los valores tradicionales de la sociedad, en una vida nueva que está por encima de toda moral:

"Si repudiabas ese viejo contrato, nos decía Russell, si rechazabas todas esas chorradas intimidatorias de las clases de civismo, los libros de oraciones y la oficina del director, veías que no existían el bien y el mal. Sus ecuaciones permisivas reducían ambos conceptos a reliquias vacías, como las medallas de un régimen que ya no ostentaba el poder." 

Las chicas, una memorable novela con la que Emma Cline debuta como escritora, es, entre otras muchas cosas, una advertencia contra esos gurús seductores que tanta facilidad son capaces de manipular a sus seguidores y hacerles cometer actos innombrables. La narración resume en sus páginas la locura, entre sublime y tenebrosa, que fueron los años sesenta, una especie de sueño agitado que derivó en la pesadilla de los setenta. Lo más perturbador es la frialdad con la que una Evie adulta evoca sus errores de adolescente, cuando buscó el compañerismo que faltaba en su vida en un grupo que se movía ante todo por un afecto falso, pero del que era muy difícil sustraerse. Se trata de una mujer arrepentida de haberse relacionado con ese grupo (y que tuvo la suerte de ensuciarse las manos de sangre), pero a la vez intenta justificar sus acciones como las de alguien inconsciente, atraída por Suzanne, una de las líderes del grupo que fue para ella, mucho más que Russell, la culpable de verse seducida por el lado oscuro. Una lectura que evoca lo banales que son las razones que llevan a cometer las peores atrocidades.

lunes, 3 de julio de 2017

ELLE (2016), DE PAUL VERHOEVEN. UN JUEGO AMORAL.


Hay películas que no pueden visionarse más que con un nudo en la garganta, ante la extrañeza que produce la exposición de un argumento que dista demasiado de los que nos tiene acostumbrados el cine actual. Ante una agresión inesperada - y más si ésta es una violación - el/la protagonista debe reaccionar o vengándose o hundiéndose en la miseria. ¿Caben otras alternativas? Paul Verhoeven parece decirnos perversamente que sí, en esta producción que fue imposible rodar en Estados Unidos y que debió hacerse en Francia, en un estilo que recuerda mucho al de Claude Chabrol, cuanto más si es Isabelle Huppert, esa mujer que parece gozar de una eterna juventud como actriz y que se atreve con absolutamente todo, su protagonista. El director habla, en una entrevista concedida a la revista Dirigido, de cómo el personaje (al menos en la versión definitiva francesa) estaba concebido para Huppert:

"Ella entendió bien al personaje, nunca hablamos sobre su psicología o sobre valores éticos o morales. (...) No hubo conversaciones profundas, porque no fueron necesarias. Estaba claro que Isabelle entendía el personaje y sentía una gran conexión con Michèle, que se estaba entregando en cuerpo y alma a encarnarla y que lograba darle vida."

Porque Elle es ante todo una propuesta absolutamente amoral y provocativa rodada por otro mito del cine que también parece eterno: un Paul Verhoeven en estado de gracia que, tras la decepción - a mi entender - que supuso El libro negro, vuelve a ser el director valiente que se atreve a ir contracorriente y, encima, triunfar ante la crítica. Lo que desconcierta en Elle es la reacción Michèle ante la violación. Primero, porque procura seguir con su vida normal como si nada hubiera sucedido y después porque la mujer burguesa, que parece haber vivido siempre conforme a las normas que se consideran respetables en sociedad, cambia la moral por un intenso deseo, como si el quebrantamiento que se ha producido en su cuerpo le hubiera hecho reaccionar de alguna manera perversa, pero a la vez radicalmente libre. Mi cuerpo es mío, parece decir, y lo que suceda con él es un asunto estrictamente privado.

Lo que parece ser un discurso íntimo tiene mucho que ver con el trasfondo en el que se produce la acción, en una Francia miedosa, cuyas libertades van retrocediendo paso a paso por el miedo al terrorismo. Además está el trauma de juventud de Michèle, que no sabemos si tiene que ver o no con su reacción a la agresión sufrida. Que sea directora de una compañía que videojuegos, de esos que hacen descargar la adrenalina de jóvenes y no tan jóvenes a base de violencia virtual, dice mucho de esta mujer que sabe moverse como pez en el agua en un mundillo tradicionalmente dominado por los hombres. Que el discurso de la propuesta de Verhoeven choque con el feminismo o sea en realidad una apología de la mujer indestructible es algo que se escapa un tanto a mis posibilidades de análisis, en este mundo líquido en el que las apreciaciones pueden ser tan radicales como cambiantes. 

viernes, 30 de junio de 2017

CUENTOS COMPLETOS (1888-1894), DE OSCAR WILDE. ÉTICA Y ESTÉTICA.

Un escritor de la talla de Oscar Wilde no vivió una sola vida, sino varias, lo cual quizá es necesario para refinar el arte literario, aunque las experiencias propias no garanticen la felicidad. Los primeros de estos cuentos fueron publicados en la etapa en la Wilde era un creador reconocido que saboreaba el tipo de existencia que le hacía sentirse más cómodo: un esteta que a la vez desataba polémicas y escándalos; una forma de vida que él creía inofensiva, pero que al final se volvió contra él, porque el puritanismo británico no podía tolerar ciertos excesos, y menos si implicaban a miembros de la alta sociedad.

Pero casi es mejor leer estos relatos obviando la poderosa figura de su autor y disfrutarlos como las piezas maestras que son. Los primeros adoptan ciertamente un tono infantil y moralista, un moralismo que es capaz de vencer a la estética: la belleza puede sacrificarse para hacer el bien, como sucede con el clásico El príncipe feliz, en el que una hermosísima estatua, con la ayuda de una humilde golondrina, traza un plan para socorrer a la gente pobre que lo rodea en un invierno muy crudo, aunque dicha acción le suponga la pérdida de lo que le hace bello y singular, hasta el punto de que acaba convertido en una escultura vulgar, que acabará siendo derribada por los mismos que la alzaron. Algo parecido sucede en El joven rey, un cuento que permanece vigente en nuestros días y cuya moraleja resulta diáfana para cualquier lector: el bienestar de unos pocos, sobre todo el de los más ricos, se sostiene por el trabajo ingrato e inhumano de una gran cantidad de desheredados. Tal y como dice Luis Antonio de Villena en el magnífico prólogo de esta edición, "el arte está así en los primeros cuentos de Wilde al servicio de la moral".

Pero la escritura del autor de El retrato de Dorian Gray es camaleónica y también es capaz de entregar un relato tan irónico y humorístico como El fantasma de Canterville, una pieza maestra en la que el mundo práctico de los estadounidense vence a las tradiciones británicas, aunque éstas tengan que ver con lo sobrenatural. O El crimen de Lord Arthur Savile, una de sus narraciones más conocidas, en la que la aparición de lo sobrenatural - auténtica o solo en apariencia, no lo sabemos - trocará la existencia del protagonista, cuya vida resultaba hasta el momento perfecta, en un pequeño infierno que tendrá que resolver a base de ironía e inmoralidad. Pero la joya de la corona son esos sublimes Poemas en prosa, breves y perfectos, como El discípulo, dedicado a la figura mitológica de Narciso y tan deliciosamente paradójico como El bienhechor, una mirada muy personal a un Jesucristo cuyas acciones milagrosas conllevan resultados insospechados. 

Como dejó escrito Borges:

"Leyendo y releyendo, a lo largo de los años, a Wilde, noto un hecho que sus panegiristas no parecen haber sospechado siquiera: el hecho comprobable y elemental de que Wilde casi siempre tiene razón."

domingo, 25 de junio de 2017

BATMAN: LA LEGO PELÍCULA (2017), DE CHRIS McKAY. LAS ENEMISTADES PELIGROSAS.

Uno de los momentos más reveladores de esa maravillosa película titulada El caballero oscuro es el instante en el que, en plena escena del interrogatorio, Batman le pregunta al Joker por qué quiere matarle. En ese instante, el villano psicópata estalla en carcajadas. ¿Matar a Batman? Jamás pasó eso por su cabeza. Para él el Señor de la Noche es otro chiflado con el que pasar jornadas memorables. "¿Por qué iba a querer matarte? - le dice - ¡Tú me completas!". Si esto no es una declaración de amor, es lo más aproximado que pueda concebirse. Batman: la Lego película, jugando a ser irreverente, lleva esa relación amor-odio hasta sus últimas consencuencias.

Porque en el universo de Lego conocemos a un Bruce Wayne ligeramente distinto al que estamos acostumbrados. También se trata de un hombre obsesivo, centrado en combatir el crimen de Gotham, pero en esta ocasión se trata de un ser especialmente solitario, que ni siquiera es invitado a las fiestas que organiza la Liga de la Justicia. Batman es considerado por sus colegas un ser amargado y prepotente, demasiado seguro de sí mismo como para necesitar a alguien a su lado. Pero en realidad es alguien que está permanentemente pidiendo ayuda. Exactamente desde el mismo instante en el que fue testigo del asesinato de sus padres, los únicos seres a los que necesitaría volver a ver. Dicha imposibilidad es lo que estimula su rabia interior y alimenta su apetito por castigar su cuerpo cada noche.

Precisamente estas cualidades son las que vuelven loco al Joker. Si Batman renunciara, él también tendría que hacerlo, porque la vida dejaría de ser divertida. Por eso, cuando el héroe lo desprecia (y dice en voz alta que su mayor enemigo no es otro que Superman, todo un guiño a Batman v Superman, el despertar de la justicia), el villano rompe a llorar como un niño: si no es el mayor quebradero de cabeza de Batman, es que no está haciendo bien su trabajo y su existencia deja de tener sentido. Por otro lado, como aquí estamos hablando de una película dirigida para todos los públicos, esta sórdida relación se atenua con el camino emprendido por el protagonista durante el resto del metraje hacia la luz que representa volver a contar con una familia.

Batman: la Lego película propone un viaje a la vez serio e irreverente a la psicología de Bruce Wayne, mucho más trabajado que en otras producciones sobre le personaje. Y además lo hace ofreciendo un espectáculo visual inigualable, tanto que habría que visionar la cinta en numerosas ocasiones para poder ser capaces de identificar todos los detalles y referencias que aparecen en cada una de sus escenas.

sábado, 17 de junio de 2017

EL DIABLO PROBABLEMENTE (1977), DE ROBERT BRESSON. PRIMAVERA SILENCIOSA.

Los años setenta tienen una estética y un aire muy particular que se manifiesta en una buena parte de las películas de la época. Son años de crisis económica, de desencanto juvenil frente al fracaso de muchos de los postulados de mayo del 68. Una época muy turbulenta en la que mucha gente empezaba a tomar conciencia del desastre ecológico al que estamos llevando al planeta, mientras el terrorista campaba a sus anchas por numerosos países, quizá incluso más que ahora. Mientras en España se celebraban las primeras elecciones democráticas y se vislumbraba un periodo esperanzador, los jóvenes franceses que retrata El diablo probablemente - y especialmente Charles, su protagonista - habitan una especie de mundo altamente intelectual y a la vez nihilista, que no puede llevar a otro final que a un piadoso suicidio.

Porque el personaje de Charles no está concebido precisamente para agradar al espectador, ni para que éste sienta empatía alguna por él. Se trata de un joven de veinte años de buena planta, pero dotado de un carácter áspero y cuyo ser está saturado de pesimismo existencial. No obstante, la vida de Charles es extraña, porque a pesar de este carácter que podría ser repulsivo para muchos, resulta que es amado por dos atractivas muchachas - que se lo disputan de la manera más civilizada posible - y cuenta con un grupo de amigos fieles, que tratan de apartarle de la deriva en la que se ha convertido su vida, pero que tampoco cuentan con muchas posibilidades de hacerlo, puesto que su forma de contemplar la existencia y su actitud ante la vida no distan mucho de las del protagonista.

Con El diablo probablemente, Robert Bresson firma un manifiesto existencialista que busca ante todo incomodar al espectador. Aquí la juventud no es ningún divino tesoro, sino una fuente de angustia permanente que se retrata en un mundo al borde del colapso, envenenado por una contaminación no solo química, sino también biológica. El hombre como parásito de la propia Tierra, que deambula por ella como un zombie, haciéndose preguntas que jamás podrá responder. Muchos dirían que el problema de Charles es que cuenta con una vida demasiado regalada. Todos le quieren: sus amantes, sus amigos, su familia. Además se trata de un tipo inteligente, que podría aspirar al proyecto vital que se propusiera. ¿Por qué entonces tanta fatalidad? Cuando está ante un psiquiatra, última esperanza antes del ahogamiento final, el protagonista pronuncia una frase que le define: "Si me suidara no creo que fuera condenado por no comprender lo incomprensible". Y, como no podía ser de otra manera, Charles busca la muerte como una liberación del tedio vital insoportable al que está sometido. No desvelo nada, pues ya en la primera secuencia de la película se anuncia su muerte. 

El diablo probablemente puede parecer tediosa, insoportable y pedante. Desde luego, es difícil no sentir hostilidad ante un joven que, sin tener problemas personales, se acoge a un rechazo total a la existencia (con la excusa, ante todo, de la catástrofe ecológica inminente), para no seguir viviendo, pues nada le motiva, ni siquiera la humana curiosidad por saber qué vendrá mañana. Pero la recompensa para el espectador viene al contemplar un retrato de época, una visión del mundo propia de unos años tan peculiares como fascinantes.