jueves, 12 de octubre de 2017

ESPAÑA Y CATALUÑA. HISTORIA DE UNA PASIÓN. (2014), DE HENRY KAMEN. UNA RELACIÓN CONFLICTIVA.

Desde hace varias semanas España vive unas jornadas de vértigo, una situación que no por haber sido anunciada repetidamente en los últimos años se hace más comprensible. La realidad es que uno de los territorios más prósperos de la Unión Europea, que goza de unos niveles notables de autogobierno y de un nivel de vida muy por encima de la media del resto del país está dedicando todos sus esfuerzos a estimular un proceso de independiencia que le coloca al margen de toda la legislación española y de la Unión Europea. Porque si observamos dicho proceso desde un punto de vista estrictamente jurídico, su concepción resulta un auténtico disparate. Un Parlamento autonómico se saca de la chistera en una tarde una serie de leyes que derivan en un referéndum de autodeterminación organizado con prisas y con la total oposición del Estado. Las escenas vividas el 1 de octubre, día en que se produjeron numerosos excesos policiales para intentar detener la jornada electoral ilegal, no han hecho sino estimular el victimismo propio que está en las entrañas de todo nacionalismo que se precie. Pero ¿cómo hemos llegado hasta este punto tan irracional como peligroso? La respuesta, como casi siempre, está en la Historia, una disciplina apasionante que, si se sabe manipular a conveniencia, puede convertirse en un arma arrojadiza formidable. 

Es importante resaltar que la situación española de los últimos años, con una crisis económica devastadora para muchos ciudadanos, sazonada con una enorme cantidad de casos de corrupción, no ha hecho sino estimular a un independentismo que no ha dudado en señalar a España como causante de todos los males que padecía Cataluña, obviando que buena parte de la corrupción que ha asolado el país está conformada por décadas de prácticas irregulares por parte de Convergencia i Unio y sus socios. Desde la llegada de los primeros Habsburgo, la península ibérica se había organizado como una especie de comunidad de naciones que reconocían al monarca como su Señor, pero que contaban con sus propios fueros. La Corona de Aragón, de la que formaban parte los territorios catalanes, era uno de estos territorios, cuyos privilegios legislativos eran protegidos por sus propias Cortes. Esto no quiere decir que Cataluña llegara a ser jamás un territorio independiente, pero sí que mantenía sus propias instituciones de autogobierno en el contexto de la Corona aragonesa.

Todo nacionalismo necesita una mitología para sobrevivir y el catalán la encontró en los acontecimientos de 1714, cuando las tropas de Felipe V, al final de la Guerra de Sucesión, entraron en Barcelona y abolieron las instituciones tradicionales que habían regido la existencia de los catalanes e impusieron los Decretos de Nueva Planta. Pero aquello no fue, como aseguran los nacionalistas, una lucha por la independencia de Cataluña, sino el último episodio de un conflicto mucho más largo, enmarcado en un contexto europeo, en el que se produjo el cambio de la monarquía hispánica de los Austrias a los Borbones. Muchos catalanes habían apoyado al pretendiente perdedor, el archiduque Carlos y otros muchos se habían decantado por Felipe V. La resistencia final de Barcelona, estimulada de manera temeraria y casi criminal por Rafael Casanova, culminó en la rendición de la ciudad el 12 (no el 11), de septiembre de 1714, fecha que el catalanismo del siglo XIX rescató como germen del nacimiento de una nueva Cataluña, pues, como dejó dicho Ernest Renan, "los sufrimientos tienen más valor que los triunfos, porque los sufrimientos imponen obligaciones y requieren un esfuerzo común". En la visión del mundo del nacionalismo, los agravios contra Cataluña por parte de Castilla comenzaron mucho antes, pero 1714 es la fecha capital que demuestra la represión que siempre ha ejercido el centralismo contra un pueblo oprimido.

En los últimos cuarenta años, la Generalitat ha tenido tiempo de adoctrinar a generaciones de catalanes en una visión tergiversada e interesada de la historia, ha empleado grandes recursos en campañas internacionales de reconocimiento de un supuesto derecho a decidir y en campañas de fomento del catalán como lengua imperante en la región (después de otras tantas décadas de represión franquista, bien es cierto). A estas alturas se torna una tarea imposible convencer a miles de catalanes nacionalistas de que no son un pueblo oprimido y de que gozan de derechos y libertades equivalentes a los de cualquier ciudadano de la Unión Europea. Después del esperpento del que hemos sido testigos el pasado 10 de octubre, la situación es todavía muy peligrosa, pues la previsible intervención del Estado a la autonomía será instrumentalizada por Puigdemon y los suyos como una intolerable agresión que deberá ser contestada en las calles. Quizá nos ayude recordar las palabras que Baltasar Gracián escribió en 1640, para advertir que estos problemas vienen de muy antiguo:

"En la Monarquía de España, donde las Provincias son muchas, las naciones diferentes, las lenguas varias, las inclinaciones opuestas, los climas encontrados, es menester gran capacidad para conservar, assí mucha para unir".

jueves, 5 de octubre de 2017

POEMAS Y CANCIONES (1918-1953), DE BERTOLT BRECHT. LA VERDAD ES CONCRETA.

Como la mayoría de los alemanes de su generación, la vida de Bertolt Brecht estuvo marcada por dos terribles guerras mundiales. Aunque durante la primera, que aconteció cuando todavía era muy joven, se dejó llevar por la ola de patriotismo que asoló todo el país, bien pronto, con la llegada de los primeros soldados terriblemente mutilados y avergonzados por la derrota, Brecht advirtió la verdadera naturaleza de los conflictos y la de los canallas que los alientan. Una balada compuesta en 1919, acerca de un cadáver putrefacto de un soldado alemán, que los mandos desentierran para utilizarlo como carne de cañón, le valió una acusación de alta traición. Un poco más adelante, los nazis utilizaron sus escritos para declararlo enemigo del pueblo y retirarle la nacionalidad alemana. Para el escritor comenzaría un largo periplo que le llevó de exilio en exilio por las capitales de medio mundo. 

Quizá la premonición del catastrófico porvenir le llevó a escribir estos versos, que desarrollan la idea del carpe diem:

No os dejéis engañar
con que la vida es poco.
Bebedla a grandes tragos
porque no os bastará
cuando hayáis de perderla

La idea de escritor comprometido con su tiempo, que asume el deber de denunciar tremendas injusticias se encuentra en este manifiesto autobiográfico:

Soy un autor dramático. Muestro
lo que he visto. Y he visto mercados de hombres
donde se comercia con el hombre. Esto
es lo que yo, autor dramático, muestro.

Personalmente, me conmueven estos versos, que demuestran una tertura desmesurada por los objetos, por su utilidad más allá de su uso cotidiano, por el arraigo a instrumentos que otros encontrarían perfectamente inútiles:

De todos los objetos, los que más amo
son los usados.
Las vasijas de cobre con abolladuras y bordes aplastados,
los cuchillos y tenedores cuyos mangos de madera
han sido cogidos por muchas manos. Éstas son las formas
que me parecen más nobles. Esas losas en torno a viejas casas,
desgastadas de haber sido pisadas tantas veces,
esas losas entre las que crece la hierba, me parecen
objetos felices.

Pero en lo que más destaca Brecht es en reflejar en sus escritos el terrible ambiente que impregnó Europa en la Segunda Guerra Mundial. Una realidad de terror, muerte y destrucción de la que no se libraban los más inocentes. Hay un poema durísimo acerca de una peregrinación de niños que trata de huir de la guerra y van muriendo poco a poco y otros que reflejan la conmoción de los alemanes al ver sus ciudades y pueblos - es decir, su alma - destruídas por los bombardeos. Se puede criticar su militancia comunista y su aceptación en 1955 del premio Lenin de la Paz, un equivalente al Nobel que otorgaba la Unión Soviética, pero sus Poemas y canciones quedan como una de las cumbres de la literatura de denuncia escrita en unos tiempos muy oscuros.

jueves, 28 de septiembre de 2017

CINE O SARDINA (1997), DE GUILLERMO CABRERA INFANTE. UN OFICIO DEL SIGLO XX.

¿Cuál es la función del crítico cinematográfico en el mundo actual? Es evidente que han perdido buena parte de su influencia, si es que, en realidad, alguna vez la tuvieron, pero todavía se trata de un oficio necesario, porque los amantes del cine necesitamos a gente con buen criterio que sea capaz de separar el trigo de la paja, que nos oriente en el laberinto que suponen los estrenos que se suceden semana a semana (por suerte, infinitamente menos enrevesado que el laberinto literario). Ya muchos somos los que acudimos directamente a webs como Filmaffinity para contrastar lo que opinan los espectadores de a pie acerca de una película. Pero yo personalmente procuro complementar tales discursos con los más trabajados que nacen de la pluma de los críticos profesionales. Suelo leer mes a mes la revista Dirigido, que me parece la más solvente entre la amplia oferta que ofrece el mercado y escuchar en lo posible a algún crítico en la radio. Lo fascinante viene cuando la película es comentada por una estrella del universo literario, como Guillermo Cabrera Infante.

Lo primero que cabe decir de Cine o sardina es que se trata de un volumen bastante irregular. Artículos de indudable interés se mezclan con otros en los que hay mucha más erudición que un discurso verdaderamente atractivo, como cuando cuenta las andanzas de personajes cubanos e hispanoamericanos en el siempre exigente mundo de Hollywood. Lo que sí que está presente en todos los escritos es la intensa pasión y amor que Cabrera Infante siente por el séptimo arte: desde niño el cine ha sido para él un objeto de placer y fascinación, una ventana por la que asomarse a un mundo que sería inaccesible de cualquier otra manera (incluso a la literatura le falta a veces la fuerza de las imágenes que solo es capaz de ofrecer una buena película) y ser testigos de formas de vida antagónicas con la nuestra, pero con las que somos capaces de identificarnos. Todo se resume en una frase que me ha gustado mucho:

"Como sabemos, la visión del cine está en los ojos del que mira."

Y también nos habla de la íntima relación del espectador con las imágenes, de la apelación que realizan éstas a nuestros sentimientos más primitivos:

"La cámara (y la pantalla de televisión también) es una rape machine: la máquina de violar imágenes."

Como corresponde a un alguien que siempre escribe con un reconocible estilo literario, las crónicas cinematográficas de Caín están repletas de juegos de palabras y estimables giros lingüísticos que las hacen casi siempre más atractivas y a veces un poco menos ligeras de lo que deberían ser.  Cabrera Infante no le hace ascos a ningún género, ningunea un tanto el cine mudo y escarba en el pasado de directores, actores y actrices. Además alaba el vídeo doméstico como una bendición para cualquier amante del cine (¿qué hubiera opinado hoy del blue ray?). Cine o sardina es una lectura apta para cualquier amante del cine o de la literatura, que quiera profundizar en la vinculación profunda que siempre ha existido entre ambas artes.

domingo, 24 de septiembre de 2017

DÉJAME SALIR (2017), DE JORDAN PEELE. CUANDO HUIR ES LA RESPUESTA.

En pleno siglo XXI, el problema racial estadounidense es un dinosaurio que todavía sigue y, lo que es peor, tiene síntomas de crecimiento debido a un presidente Donald Trump, cuyo discurso acerca del racismo es todo, menos sutil. Lo cierto es que los estallidos violentos respecto a este asunto son esporádicos, pero virulentos. En cierto modo Déjame salir, ópera prima de Jordan Peete, es hija de este clima ahora reavivado por las sucesivas polémicas que Trump protagoniza y protagonizará en los próximos años: el pirómano encargado de apagar el fuego.

La situación de partida de la película casi remite a esas peliculas de domingo por la tarde en Antena 3 a la hora de la siesta: una atractiva pareja interracial que viaja a conocer a los padres de ella. Él va un poco nervioso, porque va al encuentro de lo desconocido. Ella trata de tranquilizarlo, aunque sus palabras tampoco son definitivas respecto a lo que van a encontrar en la casa familiar. La llegada ya va acompañada por un signo de inquietud: la cordialidad de los padres parece un poco impostada y la actitud de la criada negra que sirve a sus amos blancos, resulta una especie de pincelada tragicómica en medio de un clima levemente enrarecido. Pronto el ambiente írá trocándose a colores más sórdidos: Chris se siente cada vez más acorralado ante unos seres que parecen estar interpretando una obra de teatro a su alrededor. El protagonista solo tiene una vía de contacto con el exterior: a través de un móvil que va y biene, habla con su mejor amigo, un negro tópico, gracioso, paranoico y dado a creer teorías de la conspiración, una cualidad esta última que podría ser de bastante utilidad ante la situación que se está creando...

Planteando un inteligente discurso sobre el racismo en nuestros días y acerca de la posibilidad de dar pasos - o zancadas - hacia atrás en la solución de un mal enémico, Déjame salir mezcla varios géneros - el terror, el suspense y algunos toques de comedia - para entregar una trama sólida, cuyo único defecto reside en alargarse un poco en exceso y en resolverse de una manera un tanto facilona. No obstante, se trata de una propuesta interesante desde un punto de vista ideológico e irónico: cuando todo es en exceso políticamente correcto, puede que los demonios del discurso supremacista estén pugnando por salir a la superficie. Lo mejor es que las conclusiones finales son más ambiguas - al final no se sabe de quien es o será la victoria - de lo previsible en este tipo de producciones.

viernes, 22 de septiembre de 2017

LA BATALLA DE ROMA (2003), DE ROBERT KATZ. LOS NAZIS, LOS ALIADOS, LOS PARTISANOS Y EL PAPA.

La imagen que ilustra este artículo es una de las más insólitas de las que se dieron en Roma entre julio de 1943 y junio 1944, once largos meses en los que la suerte de la Ciudad Eterna, de sus ciudadanos y de su inmenso patrimonio histórico, estuvo pendiente de un hilo. Hasta aquellas fechas, la ciudad había sido más o menos respetada por los bombardeos Aliados, quizá como una especie de cortesía por la presencia del papa en ella. Esto cambió el 19 de julio de 1943, cuando un intensa incursión de la aviación norteamericana (entre cuyos tripulantes figuraba el actor Clark Gable), dejó cientos de muertos en el barrio obrero de San Lorenzo, en la periferia de la ciudad, a pesar de que ésta había sido declarada citta aperta. En un gesto desacostumbrado para un hombre de un carácter tan frío, Pío XII acudió de inmediato al lugar del bombardeo y rezó junto a los supervivientes, que se afanaban en aquel momento en buscar a sus seres queridos entre las ruinas. Pío XII fue uno de los personajes más controvertidos de la época, pues su afán, por encima de todo, era preservar su ciudad - especialmente el Vaticano - de cualquier tipo de destrucción, estimando en secreto que la mejor fórmula para ello era llegar a un acuerdo con los alemanes e implicar a los Aliados en la lucha contra el que consideraba el auténtico adversario: el bolchevismo. Pero la situación era demasiado complicada para que uno solo de los actores implicados en el laberinto italiano de aquel tiempo pudiera hacer realidad sus planes: los americanos, los ingleses, el gobierno italiano del sur, los monárquicos, la República de Saló, las fuerzas de ocupación nazi y los distintos movimientos de resistencia eran un cóctel demasiado explosivo como para que pudiera llegarse a soluciones fáciles.

Todavía a finales del verano, con los ejércitos Aliados acercándose poco a poco por el sur, los romanos podían tener esperanza de que la ansiedad de la espera acabase pronto. El mes de septiembre lo cambió todo: Mussolini había sido arrestado en julio por una rebelión del Gran Consejo Fascista. Aunque el nuevo gobierno dio garantías de seguir cooperando a los alemanes, su auténtico anhelo era llegar a una paz por separado con los Aliados, algo que sucedería a principios de septiembre. La reacción de los alemanes fue fulminante: liberaron a Mussolini de su prisión en el Gran Sasso y ocuparon la ciudad de Roma, ante la pasividad de los Aliados, que tuvieron la oportunidad de enviar fuerzas aerotransportadas para ocupar la capital. En la ciudad se vivieron momentos dramáticos, con una resistencia esporádica y desordenada, - entre otras cosas, Katz cuenta el dramático enfrentamiento, frente al arco de Diocleciano entre un Tiger alemán y una lata de sardinas italiana - que pronto colocó a los nazis como amos absolutos de Roma.

La esperanza de ser liberados pronto se disolvió ante los fracasos de norteamericanos y británicos en Montecassino y Anzio. La vida se fue volviendo paulatinamente más dura. Las acciones de la resistencia contra las tropas alemanas hacían que las ordenanzas de los ocupantes fueran cada vez más crueles y restrictivas. En este ambiente se llevó a cabo, casi con total impunidad, y con un clamoroso silencio por parte del papa, la redada contra los judíos de Roma. De los mil que salieron hacia los campos de exterminio, solo volverían quince. Mientras tanto, los romanos de a pie se enfrentaban a condiciones de vida cada vez más espantosas: el hambre y el miedo se estaban adueñando de la ciudad. Pronto se llegó a decir que media Roma se escondía en casa de la otra media. Como dejó escrito Elena, una resistente y protagonista de muchas de las páginas del libro:

"La desesperación y el miedo crecientes, el hambre y las enfermedades estaban consumiendo a la gente. Los bombardeos habían destruido la capacidad de funcionamiento de los servicios públicos, en especial para quienes estaban escondidos. (...) A menudo no había agua potable e incluso las casas de los ricos estaban infestadas de gérmenes e insectos. Pululaban los piojos y para infestarse bastaba con sujetarse al pasamanos de un autobús. (...) Todos estábamos cada vez más delgados y más pálidos y a la gente la ropa le caía holgada..."

Pero el momento culminante de estos meses llegó con el atentado de la vía Rasella, contra un regimiento de soldados de las SS, de los que fallecieron una treintena. La calle, en pleno centro histórico de la capital italiana - yo he tenido ocasión de recorrerla recientemente - es muy estrecha, con lo que los efectos del explosivo, que los resistentes escondieron en un carro del servicio de basuras, se multiplicaron contra los desprevenidos alemanes. Katz logra recrear este episodio casi como si de una novela de suspense se tratara: los preparativos, la larga espera, el miedo, las víctimas colaterales... La reacción de los nazis fue inmediata: detuvieron a una gran cantidad de vecinos y los concentraron junto al palacio Barberini, en uno de los extremos de la calle, ya en la vía Quattro Fontane. Una sencilla placa recuerda hoy en ese mismo punto estos difíciles momentos. Muchos de estos vecinos fueron liberados, pero otros fueron conducidos a prisión. Mientras tanto, Hitler se enfureció al conocer la noticia y exigió que se fusilara a treinta romanos por cada alemán muerto. Al final se consiguió rebajar la cifra de la represalia a diez por cada uno, lo cual tampoco facilitaba demasiado la tarea de elaborar las listas de prisioneros que debían ser ejecutados de inmediato. La masacre se materializó en las tristemente famosas Fosas Ardeatinas, y se convirtió en el episodio más bárbaro de la ocupación nazi de Italia. Mientras tanto, el Vaticano seguía guardando un clamoroso silencio, que muchos interpretaban como un intento de no echar más leña al fuego de la explosiva situación de Roma.

Cuando por fin llegó la liberación, a principios de junio de 1944, la explosión de júbilo de los romanos hizo olvidar momentáneamente tantos meses de privaciones. La Ciudad Eterna se había salvado in extremis de la destrucción segura que hubiera supuesto una lucha en sus calles entre dos poderosos ejércitos y eso era lo más importante en esos momentos, a pesar del recuerdo permanente que suscitaban los ausentes, los que habían muerto antes de poder ver el día de la liberación. En el recuerdo queda la inmortal frase del soldado norteamericano Thomas García, cuando contempló por primera vez la anhelada imagen del Coliseo: "¡Dios mío!, ¡también lo han bombardeado!".

La batalla de Roma es uno de los mejores libros acerca de la Segunda Guerra Mundial que he tenido la oportunidad de leer. Es un relato que se mueve entre la historia y el periodismo para ofrecer un relato verídico de uno de los episodios más apasionantes de este periodo, en el que se jugaba la suerte del más rico legado de la civilización occidenteal. Robert Katz tuvo oportunidad de acceder a archivos inéditos y el detallismo de su narración atestigua la pasión y el rigor con el que se acerca a la historia de la pasión y resurrección de Roma.

MATRIX (1999), DE LILLY Y LANA WACHOWSKI. DETRÁS DE LA PASTILLA ROJA.

Dejo aquí mi artículo, publicado en Astoria 21, acerca de una de las películas de ciencia ficción más influyentes de la historia:

miércoles, 20 de septiembre de 2017

CONTRA EL TIEMPO (2016), DE LUCIANO CONCHEIRO. FILOSOFÍA PRÁCTICA DEL INSTANTE.

Resulta indudable que la aceleración de la existencia que hemos experimentado en las últimas décadas, es uno de los temas fundamentales de nuestro tiempo. La expansión global del capitalismo ha provocado que muchas zonas del planeta salgan de la pobreza, pero como contrapartida perversa, ha provocado nuevas e insospechadas servidumbres. La primera de ellas es la conexión permanente, no solo a través de las redes sociales, algo se hace de manera voluntaria, sino también desde el ámbito laboral, perdiéndose buena parte de nuestra privacidad a su vez por esta vertiente. No es raro que el empleado deba tener el móvil disponible las veinticuatro horas al día por si surgiera algún asunto urgente y mirar obsesivamente el correo electrónico, a riesgo de dejar tareas pendientes, unas tareas, a juicio de Concheiro, siempre inacabadas, siempre acuciantes.

Respecto a las intenciones de Contra el tiempo, el autor mexicano las deja claras desde las primeras líneas del ensayo:

"Si me viera obligado a señalar un rasgo que describiera la época actual en su totalidad, no lo dudaría un segundo: eligiría la aceleración. Este fenómeno explica en buena medida cómo funcionan hoy día la economía, la política, las relaciones sociales, nuestros cuerpos y nuestra psique. El incremento de la velocidad es una mirilla por la cual, sin tener que recurrir a perspectivas reduccionistas, podemos ver - y acaso entender un poco mejor - el mundo contemporáneo y a quienes lo habitamos."

En la línea de filósofos como Byung Chul Han, Concheiro describe nuestra época como un gran festín capitalista, donde los ciudadanos han vendido lo más valioso que poseen, su tiempo y su intimidad a cambio de la posesión de objetos, que tendrán casi siempre una duración limitada, puesto que la novedad está llamado constantemente a la puerta del consumidor. El bienestar es transitorio, dura un solo instante, y pronto es sustituido por la ansiedad de no quedar atrás, tanto en el trabajo como en el consumo. Frente a todo esto, Contra el tiempo (finalista del premio Anagrama de ensayo del año pasado) apela al movimiento propugnado por Carl Honoré en su estimable Elogio de la lentitud. Pero bien es cierto que la gente quiere aprender a ser lenta lo más deprisa posible. El propio libro de Concheiro se intenta adaptar a los tiempos que corren exponiendo las ideas en párrafos cortos, con ideas claras y concentradas.

Al final de lo que se trata es de recuperar el tiempo perdido, a poder conquistar momentos de intimidad con uno mismo y con los demás en los que no nos acucien las agujas del reloj, cuestión complicada en nuestros días, sobre todo para gran cantidad de gente que no es capaz de medir las consecuencias de echarse encima demasiadas responsabilidades. Así pues, la Filosofía práctica del instante, sería una especie de revolución privada, una cuestión íntima y transformadora:

"La Filosofía práctica del instante sería una filosofía en un sentido poco convencional porque no sería sistemática y no le interesarían los problemas tradicionales de la disciplina. Encontrar la verdad, así como proceder objetiva y racionalmente, le resultarían cuestiones secundarias. Su interés es más bien terrenal: quiere transformar la vida."

viernes, 15 de septiembre de 2017

PASSENGERS (2016), DE MORTEN TYLDUM. EL SUEÑO DEL AVALON.


A través de la historia, el hombre ha sido constantemente un animal emigrante, buscando siempre tierras mejores o huyendo de situaciones imposibles, de conflictos, de pobreza o de lugares sobrepoblados. Viajar a un lugar distinto es la mejor manera de empezar una nueva vida. ¿Seguirá sucediendo esto en el futuro? Sin duda. Y si algún día somos capaces de resolver el problema de los viajes espaciales (algo a priori poco probable a medio plazo, debido a las enormes distancias siderales), es muy posible que nos convirtamos en colonos de nuevos planetas. Esta es la premisa de partida de Passengers: una nave, la Avalon, con cinco mil pasajeros en estado de hibernación durante décadas, hasta que se despierten unos meses antes de llegar a su destino, un planeta vendido como una especie de lugar paradisiaco, que el espectador nunca llegará a ver.

Lo más interesante de la película de Tyldum (un director con nombre de personaje de Juego de Tronos) es que plantea un enorme conflicto ético al protagonista que, por un accidente, es despertado décadas antes de que termine el viaje. La perspectiva, ya que no sabe cómo volver a dormirse, es vivir y morir solo en la enorme nave, que va a proporcionarle todo lo necesario para la supervivencia, excepto la compañía. La tentación de este nuevo Adán de despertar a una muchacha para que sea su compañera es demasiado grande... A favor de Jim Preston, hay que decir que el hombre duda y se atormenta durante semanas debatiendo consigo mismo los pros y los contras. Su decisión final no la voy a poner aquí, pero ustedes se la pueden imaginar...

Desde mi punto de visa, Passengers es una de las películas de ciencia ficción más interesantes de los últimos años, debido sobre todo a su falta de pretensiones grandilocuentes y en que se centra en una historia intimista protagonizada por un personaje que experimenta una situación que sobrepasaría a cualquier ser humano. También hay espacio para una leve crítica social, con esos espacios de Avalon que solo pueden ser disfrutados por los pasajeros de mayor nivel adquistivo, espacios preparados para que los últimos meses de navegación hasta el planeta prometido se parezcan a unas vacaciones en un resort de lujo, con pulserita digital incluida. Quizá el último tercio de la película sea el más convencional, el que redime al protagonista de una forma un tanto forzada, pero en realidad supongo que no había más remedio que concebirlo así, puesto que el happy end es imprescindible en este tipo de producciones.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

EL JOVEN PAPA (2016), DE PAOLO SORRENTINO. LOS SÓTANOS DEL VATICANO.

Fue Benedicto XVI, el papa que renunció, el que dijo que la Iglesia era una viña devastada por jabalíes. Desde luego, acercarse al Vaticano y contemplar el despliegue de lujo y tesoros que alberga en su interior es constatar que esa idea de Iglesia de los pobres y para los pobres que el marketing del papa actual trata de vender, está muy lejos de hacerse realidad. El Vaticano, a pesar de fomentar la entrada en su territorio de miles de turistas - previo pago, eso sí - sigue siendo un lugar lleno de secretismo, donde muchos delitos graves siguen quedando impunes, en pos de evitar el escándalo, que solo actúa cuando el escándalo (como el de los abusos a menores) desbordan todas las previsiones.

Pues bien, Paolo Sorrentino, director de La gran belleza, ha ideado una serie que nos adentra en las intimidades del pequeño Estado, que a la vez es la sede de la religión que - todavía - cuenta con más millones de adeptos en el mundo. La trama se inicia con la elección de Pío XIII (Jude Law), un papa de solo cuarenta y siete años, que algunas facciones de la Iglesia estiman joven y manipulable. Pronto el nuevo pontífice se revelará al mundo como un dirigente revolucionario, en el peor sentido del término. Además de instaurar un reino de terror y espionaje en el propio Vaticano, enfrentando a sus enemigos entre sí, Pío XIII se encierra tras los muros de la Santa Sede y, en apariencia, renuncia a saber del mundo. Su pretensión es no aparecer nunca en público y su primera aparición en el balcón de San Pedro la realiza en penumbra, con discurso que resulta ser cualquier cosa, menos esperanzador para los creyentes.

Con esta premisa y sus magníficos secundarios, la serie podría haberse convertido en una profunda reflexión acerca de lo que significa ser creyente en nuestros días, pero Sorrentino deja que su protagonista se atrinchere en el Vaticano y deje pasar los días y los meses sin hacer nada, al menos aparentemente. Casi podría decirse, medio en broma, que Pío XIII es el Rajoy de los papas, un hombre que deja madurar los problemas hasta que estos caen de la rama y terminan pudriéndose. Su única pretensión es volver a la doctrina del Concilio de Trento: luchar contra la herejía, contra la homosexualidad, el aborto y cualquier atisbo de apertura eclesial. En una entrevista con el presidente de Italia (una de las mejores escenas de la serie), llega a decirle que su pretensión es volver a obtener los territorios que conformaban antiguamente los Estados Vaticanos. Todo esto puede parecer desmesurado, pero el joven papa se va revelando en la serie como un hombre tan paciente como inteligente, lo cual lo hace muy peligroso.

Aparte de todas las intrigas palaciegas, mejor o peor resueltas a lo largo de los capítulos, lo que verdaderamente interesa a Sorrentino es su visión estética del mundo de la Iglesia. Y en este campo, el director de La juventud resulta un artista insuperable. Jamás cineasta alguno ha retratado al Vaticano con tanto acierto, con la visión artística que requiere uno de los lugares más hermosos del planeta. Y no solo la arquitectura, los trajes y las ceremonias que se realizan en su interior son mostrados de manera impresionante, llevando al espectador a escenarios tan emblemáticos como una Capilla Sixtina engalanada para una ocasión solemne. El joven papa es una serie adictiva, quizá más estética que filosófica, pero toda una delicia para los paladares más refinados.

viernes, 8 de septiembre de 2017

LA PASIÓN SEGÚN G.H. (1964), DE CLARICE LISPECTOR. TRANSFORMACIÓN METAFÍSICA.

A veces se topa uno con obras realmente difíciles, que suponen un verdadero reto. En este sentido, hay algunas lecturas que resultan apasionantes, pues poco a poco uno entra en el mundo que quiere el escritor y es capaz de maravillarse con arquitecturas literarias verdaderamente sólidas. Por desgracia, este no ha sido el caso de La pasión según G.H., famosa novela de la brasileña Clarice Lispector, que en realidad me ha dejado bastante frío e indiferente. La novela cuenta, en primera persona, la transformación que sufre la protagonista cuando, una plácida mañana, encuentra una enorme cucaracha en el fondo de su armario. Esto podría remitir a Kafka, pero la novela de Lispector es muy diferente a cualquier narración del escritor checo. Aquí lo que interesa casi exclusivamente es la experiencia personal de la narradora, una experiencia que apenas puede contarse con los mecanismos convencionales del lenguaje:

"Poseo a medida que designo; y éste es el esplendor de tener un lenguaje. Pero poseo mucho más en la medida que no consigo designar. La realidad es la materia prima, el lenguaje es el modo como voy a buscarla, y como no la encuentro. Pero del buscar y no del hallar nace lo que yo no conocía., y que instantáneamente reconozco. El lenguaje es mi esfuerzo humano. Por destino tengo que ir a buscar y por destino regreso con las manos vacías. Mas regreso con lo indecible. Lo indecible me será dado solamente a través del lenguaje. Sólo cuando falla la construcción, obtengo lo que ella no logró."

El viaje de G.H. es difícilmente descriptible, pues pasa por una especie de unión metafísica con el universo, con todo lo existente, por dolores y placeres extremos, por visitas al infierno y al cielo y por el conocimiento de un ente al que cree identificar como Dios. Todo es un poco confuso en esta novela, que se limita a narrar, con lenguaje rebuscado, una serie de experiencias al límite, de las cuales la narradora expone continuamente conclusiones contradictorias. En cierto modo, La pasión según G.H. (que al final se emparenta con la pasión de Cristo), está realizada con el material con el que transcurren las pesadillas. Curiosamente, hace unos días me dio un enorme dolor de muelas. Pasé una jornada laboral infernal y al final de la misma pude acudir al dentista, que me recetó unas pastillas muy potentes. Mis sueños de esa noche, supongo que por efecto de la medicación y del cansancio acumulado de la noche precedente en vela, fueron casi tan extraños como lo que se cuenta en esta novela. Una especie de viaje casi psicodélico en el que mi ser se transmutaba en varias partes y yo debía pasar horas recomponiéndome, entre otras muchas cosas extrañas. Quizá, llevando la broma hasta el extremo, podríamos atrevernos a especular con que  La pasión según G.H. sea hija de un dolor de muelas. Nunca se sabe.

jueves, 7 de septiembre de 2017

VACACIONES EN ROMA (1953), DE WILLIAM WYLER. LA PRINCESA QUE QUERÍA VIVIR.

Resulta un placer absoluto ver una obra maestra del cine que transcurre - y muestra ampliamente - el lugar que acaba uno de visitar. Pero no solo eso. Hubo un detalle que me gustó especialmente: reconocer el Palacio Barberini como el edificio que eligió Wyler como localización de la sede diplomática del país de la princesa, desde donde se escapa y a donde al final vuelve, siendo otra. Resulta que el Palacio está frente al hotel donde nos hospedamos. Es un edificio muy hermoso, que alberga una magnífica colección de pinturas, exhibiendo, entre otras obras maestras Judith cortando la cabeza a Holofemes, de Caravaggio, el Retrato de Erasmo, de Quentin Massys o La Fornarina, de Rafael. También fue escenario privilegiado de una de las más grandes infamias cometidas en la Ciudad Eterna, pero ya habrá tiempo de hablar de ello.

El caso es que la princesa Anna, embajadora de buena voluntad de un país nunca nombrado, se encuentra de gira por Europa. Una de sus últimas paradas es Roma. A estas alturas, la princesa está hastiada de su papel como busto parlante, de unas jornadas reguladas hasta el último gesto en las que no cabe la más mínima improvisación. En su primera noche en Roma, está tan alterada que un médico tiene que aplicarle un calmante: eso no impide que se acabe escapando del palacio y comience a caminar por las calles de la capital italiana, medio sonámbula. El encuentro casual con un periodista norteamericano que malvive en la ciudad, desencadena la trama. Él oculta su oficio y hace como que no la reconoce (en realidad al principio no la reconoce, cosas de la era pre-digital). Su intención es conseguir un reportaje sensacional acerca de la verdadera personalidad de la princesa y empezar una auténtica carrera periodística en Nueva York. Por supuesto, el amor hará su aparición y convertirá la película en un relato moral, en un cuento de hadas con final agridulce para los protagonistas, pero que deja un excelente sabor de boca al espectador. Al final el gran tema de la película es libertad versus responsabilidad.

Vacaciones en Roma se convirtió desde el mismo momento de su estreno en una de las más célebres embajadoras de la Ciudad Eterna, pues retrata de modo natural - todavía el neorrealismo estaba de moda - una de las urbes más hermosas del mundo, el escenario perfecto de una historia que transcurre en unos tiempos en los que todavía quedaban personajes cuya principal cualidad era la inocencia. En la retina quedan escenas memorables, como la de la Boca de la Verdad, los paseos en Vespa o esa llegada en avión de los agentes que buscan a la princesa perdida, que parece sacada de una película de Billy Wilder. Vacaciones en Roma, primera comedia de Wyler y primer papel protagonista de de Audrey Hepburn sigue siendo una historia deliciosa e inolvidable. Y no olvidemos que su guión fue escrito, bajo seudónimo por el gran Dalton Trumbo.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

MÚLTIPLE (2016), DE M. NIGHT SHYAMALAN. EL HOMBRE FRAGMENTADO.

Según los últimos descubrimientos acerca del cerebro, resulta que eso de de la personalidad única, es algo del pasado. En realidad somos uno y a la vez muchos, quizá por eso uno no se reconoce de vez en cuando en sus reacciones. El aprendizaje y las circunstancias nos van moldeando y la plasticidad de nuestro órgano más importante hace el resto. Parece ser que el nuevo personaje de Shyamalan se ha tomado estos postulados de forma radical, ya que se trata de un tipo que es capaz de desarrollar veinticuatro personalidades totalmente distintas y diferenciadas (algunas antagónicas entre sí) e ir cambiando las mismas según las circunstancias. Esto, por supuesto lo convierte en alguien muy peligroso e imprevisible, sobre todo porque su retorcida mente esconde más de una sorpresa.

Múltiple comienza de manera excelente: tres adolescentes son secuestradas por una especie de perturbado y encerradas en una habitación. Pronto van descubriendo cosas raras en el tipo, que a cada visita se muestra más inquietante. Cuando advierten el asunto de las personalidades, pueden ir trazando un plan de fuga, aprovechando las debilidades de algunas de ellas. Hay que decir, a todo esto, que el trabajo de James McAvoy, un actor siempre solvente, es encomiable, pero el guión hace que su personaje sea poco creíble e incluso risible a veces. Las escenas de las visitas a su psicóloga son un mero relleno, dedicadas a explicar un poco más profundamente en que consiste la enfermedad de Kevin y el destino de la misma es bastante obvio, una vez que empieza a investigar acerca de las últimas locuras de su paciente.

Quizá lo que más ha sorprendido de la película es su final - su segundo final, para ser más exactos - que emparenta a Múltiple con una especie de universo cinematográfico Made in Shyamalan. No seré yo quien le reste expectativas al posible futuro de dicho universo, pero los elementos con los que se está construyendo no dan para poner demasiadas esperanzas en el mismo. Aunque con Múltiple el director de El sexto sentido supera la calidad de sus últimas obras, todavía le queda mucho para llegar al grado de perfección de sus primeras producciones.

jueves, 31 de agosto de 2017

SATIRICÓN (s. I), DE PETRONIO Y DE FEDERICO FELLINI (1969). ROMA FESTIVA.

Obviando los ya clásicos debates sobre autoría y fechas de composición, el Satiricón, una de las primeras obras narrativas en forma de novela que se conocen, resulta ser una fuente inagotable de conocimientos acerca de la vida cotidiana en la antigua Roma. Pero no es solo eso. La obra de Petronio pretende ser una especie de novela picaresca en la que los protagonistas, más que fortuna, buscan vivir experiencias (sexuales, gastronómicas), que hagan de cada instante algo único. Bien es cierto que, según estudios, lo que nos ha llegado es más o menos una décima parte de la novela, por lo que en muchos fragmentos es difícil seguir la acción. 

No obstante, uno de los capítulos más completos es el de la comida en casa del rico Trimalción, un esclavo liberto que prosperó gracias al comercio. Tanto la vivienda como la comida que ofrece Trimalción son descritas con todo lujo de detalles. La desmesura de de todo lo que rodea al rico liberto - expuesta en tono claramente paródico - es propia de un nuevo rico, de un ser al que la fortuna favoreció y practica el carpe diem, no sabiendo lo que deparará el mañana. Es obvio, que un ser así vive rodeado de parásitos, que alaban continuamente su presunto bien gusto y sus agudezas a cambio de participar en los banquetes y la posibilidad de obtener algún regalo del rico propietario. Trimalción se las da también de poeta y es capaz de servir platos como éste:

"Tras ellos llegó un bandejón en el que se había colocado un jabalí de excepcional tamaño y, por cierto, con gorro, de cuyos dientes colgaban dos pequeñas espuertas, entretejidas de palma, llena la una de dátiles de Caria, la otra de dátiles egipcios. Además, a su alrededor, unos lechones fabricados de pasta dulce, como si estuvieran agarrados a las ubres, daban a entender que nos habían servido una marrana de vientre. Dichos lechones, por cierto, fueron objeto de regalos. (...) y echando mano al cuchillo de caza golpeó con coraje el flanco del jabalí, por cuya herida salieron volando unos tordos. Había pajareros preparados con sus cañas, y en un instante los trincaron mientras revoloteaban por el comedor"

Las aventuras de Encolpio (el narrador) y Ascilto les van a llevar por diversos escenarios, a pasar por situaciones comprometidas e insólitas (la idea de buena y mala fortuna siempre está presente). Lo erótico e incluso lo pornográfico, están siempre presentes entre las páginas del Satiricón, provocando una sensación de cierto asombro en el lector. Lo que sería inconcebible pocos siglos más tarde, parece moneda de cambio corriente en el esplendor del Imperio Romano (aunque aquí se describa como una sociedad decadente): las escenas de sexo explícito, descritas con todo detalle, son abundantes. Lo más curioso es que, leyendo con atención, también podemos advertir algunos fragmentos que contienen reflexiones de carácter humanista y filosófico:

"Amigos, los esclavos son personas también y han bebido la misma leche igualmente, si bien un destino aciago los ha hundido en la miseria. Pero, por mi salud, que pronto beberán el agua de la libertad."

"Sin lugar a dudas es así: si alguien, enemigo de todos los vicios, pretende seguir el camino recto de la vida, en primer lugar, obtiene el odio, debido a la diferencia de costumbres. Pues, ¿quién puede aprobar lo opuesto a él? En segundo lugar, quienes solo se preocupan de amasar riquezas, no quieren que nada tenga mejor consideración entre los hombres que lo que ellos mismos poseen. En consecuencia, persiguen por todos los medios a su alcance a quienes aman las letras, a fin de que éstos parezcan también estar situados bajo el poder del dinero."

La versión cinematográfica de Federico Fellini no está interesada en ofrecer una versión fidedigna de la Roma antigua, sino basarse en la novela para ofrecer una de las fantasías barrocas tan características del autor de La dolce vita. Fellini incide en la sensualidad de la historia y destaca sobre todo la esplendorosa puesta en escena que, basándose en la arquitectura y el arte de la Roma antigua (interpretados de manera muy libre) nos traslada a una especie de mundo paralelo en el que la existencia adquiere casi un aspecto teatral. Fellini-Satyricon resulta una película extraordinariamente entretenida, que siempre guarda nuevas sorpresas para el espectador y que sabe manejar muy bien las frecuentes lagunas del relato original y añadirles una arquitectura y una música sorprendentes. Es casi como si Petronio hubiera escrito su libro pensando en una futura adaptación del director italiano.

miércoles, 30 de agosto de 2017

LA RIVE GAUCHE (1982), DE HERBERT LOTTMAN. LA ÉLITE INTELECTUAL Y POLÍTICA EN FRANCIA ENTRE 1935 Y 1950.

Durante algunas décadas, la orilla izquierda del Sena, en París, representó el esplendor intelectual de Francia, el lugar donde se reunían sus mejores mentes y donde se suscitaban los debates intelectuales y politicos más variados. Como es bien sabido, buena parte de la vida se realizaba en los cafés, donde se escribía, se debatía y se organizaban fiestas entre amigos. Nombres como Camus, Sartre, Simone de Beauvoir, Gide, Malraux o Aragon han quedado como los protagonistas de las guerras soterradas que se libraban entre escritores y artistas de gran influencia, mientras Europa vivía años oscuros a la sombra del fascismo y del comunismo, lo cual hacía que también numerosos refugiados, como el alemán Ernst Erich Noth, se instalaran en este sector de la capital francesa. Noth dejó una preciosa descripción de la vida cultural de París en los años treinta:

"Se integraba en la vida de todos los días y se reflejaba en el aspecto de las calles. El barrio de los editores, situado entre el Sena y Montparnasse es, sólo desde el punto de vista de su superficie, el más grande del mundo. Los establecimientos de educación más importantes de la capital, como la Sorbonne, la Escuela Normal, la Academia Francesa y el Instituto, de donde han salido o donde han aterrizado numerosos escritores, están evidentemente incluidos en él... El infinito número de librerías (París tiene más que todas las ciudades de Estados Unidos reunidas), que me parecían constituir, en el enmarañamiento denso de las calles, los eslabones de una cadena inextricable que une las editoriales unas a otras, ilustra con evidencia la presencia de un verdadero público lector. 

(...) Cualesquiera que sean su origen y su residencia, voluntaria o forzosa, el autor que ha residido una vez en este universo fascinante, sobre todo si ha trabajado en él, vuelve a hallarse inmediatamente como en su casa, como en una morada que hubiera sido hecha a medida para él."

Uno de los asuntos que más sorprenden de La rive gauche es la inmensa influencia de que gozó el Partido Comunista entre los intelectuales durante muchísimos años. No importaba que llegaran las primeras noticias de las purgas de Stalin, o que la desfachatez de la Unión Soviética llegara hasta el punto de celebrar un pacto de no agresión con Alemania (lo cual abrió de par en par las puertas a la Segunda Guerra Mundial). Muchos militantes seguían unidos a su madre ideológica por una especie de cordón umbilical irrompible, que les otorgaba seguridad a la vez que les robaba su libertad de pensamiento. También es bastante insólita la relación que establecieron una gran mayoría de intelectuales con el ocupante alemán a partir de la primavera de 1940, lo que se vio favorecido por la llegada de Gerhard Heller, un admirador de la cultura francesa, como una especie de delegado de asuntos culturales de los nazis, que también estaba encargado de la censura. Heller se mostró desde el principio como un firme partidario de que la vida cultural francesa prosiguiera como hasta aquel momento - libre de judíos, eso sí - y favoreció la continuación de la actividad de editoriales tan fundamentales como Gallimard. Bajo la ocupación alemana, aunque parezca sorprendente, muchos comunistas pudieron seguir escribiendo, al menos en los primeros tiempos, y se publicaron novelas tan importantes como El extranjero, de Albert Camus. También era posible asistir a escenas tan pintorescas como ésta, descrita por Simone de Beauvoir:

"Una noche se interpretó la obra teatral de Picasso, "Le désir attrapé par la queue". Sartre estaba entre los actores, Camus dirigía la representación . Asistían, entre otros personajes, Picasso y Braque, Jean-Louis Barrault, Jacques Lacan y Georges Bataille. Llegó la hora del toque de queda: la fiesta comenzó; Sartre y Camus recitaron y cantaron."

Cuando se empezó a otear en el horizonte que la derrota alemana era posible, la resistencia a la ocupación se acrecentó. Bajo la superficie de la vida cultural francesa se movían decenas de publicaciones clandestinas, financiadas o no por los comunistas, en las que muchos intelectuales trataban de tomar posiciones ante el futuro inminente. Otros, como Drieu La Rochelle, que se habían significado demasiado en favor del enemigo, empezaban a sentir una especie de espada de Damocles sobre sus cabezas. En realidad, pocos intelectuales fueron tan coherentes como Antoine de Saint Exupery, que después de la derrota del 40 huyó a Estados Unidos para intentar que este país entrara en guerra y posteriormente moriría durante una misión aérea de reconocimiento. La mayoría consideraron que la influencia de sus escritos combativos era la mejor aportación que podían hacer en el esfuerzo bélico, aunque es cierto que estas meras actividades les hacían arriesgar su libertad e incluso sus vidas.

La llamada Depuración, fue un fenómeno curioso, puesto que fue mucho más furibunda en los meses posteriores a la liberación y pronto se fue sosegando, por lo que muchos intelectuales que habían colaborado de forma bastante obvia con los alemanes - los grandes editores entre ellos - pudieron librarse con relativa facilidad de ser procesados. El Comité Nacional de Escritores se tornó en una institución muy importante a la hora de emitir dictámenes respecto al comportamiento de ciertos escritores en los años precedentes. En realidad la liberación supuso para muchos de los intelectuales de la orilla izquierda, una especie de momento culminante, en el que sentían que su prestigio y su influencia habían llegado a un punto álgido. Pronto llegaría la Guerra Fría, y el momento de tomar partido entre Oriente y Occidente. Los comunistas presionaban más que nunca, mientras era obvio para muchos que robaban las libertades de los países que habían ocupado al final de la guerra. Pero para el militante comunista era realmente difícil desprenderse del halo del Partido que lo significaba todo. Después de su expulsión, Edgar Morin expresó su sentimiento de pérdida con estas palabras:

"Todos estaban al abrigo, en sus hogares, en los mítines. Yo estaba solo como un fantasma, mientras que en todo el mundo los obreros marchaban... Había perdido para siempre la comunión, la fraternidad. Excluído de todo, de todos, de la vida, del calor, del partido. Y me puse a sollozar."

La rive gauche es un ensayo realmente impresionante, un estudio con unas coordenadas espacio-temporales muy específicos, pero que apabulla al lector (en el buen sentido) por la inmensa labor de investigación y documentación que debe haber supuesto estudiar la vida, las relaciones y la obra de decenas de personajes. Un libro fundamental en torno a un época irrepetible, en la que no faltaban esas figuras que ahora tanto escasean: referentes intelectuales.

martes, 29 de agosto de 2017

DESERTORES (2013), DE CHARLES GLASS. UNA HISTORIA SILENCIADA DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL.

La primera experiencia frente al fuego enemigo debe ser algo verdaderamente insólito y violento para cualquier combatiente. El instinto de conservación activa todas las alarmas y muchos soldados solo quieren tirar las armas y salir corriendo, sobre todo cuando la mayoría de ellos, como sucedió en la Segunda Guerra Mundial, no eran profesionales. Quizá encontrar que la guerra difiere mucho del panorama que presentaban las películas de propaganda de la época sea lo que más impactaba. Leyendo Desertores, uno no puede evitar pensar cual sería la reacción propia frente a un bombardeo enemigo bajo el que tenemos orden de no retroceder. Esta situación se dio continuamente en los ejércitos estadounidenses y británicos que liberaron el Norte de África y Europa y se agravaba profundamente por la realidad de la escasez endémica de soldados para enviar al frente, por lo que los combatientes, en muchas ocasiones, permanecían semanas y semanas en el frente sin apenas descanso. Los soldados envidiaban profundamente a los miembros de los equipos de segunda línea (intendencia, hospitales, comunicaciones, administración), que raramente tenían ocasión de estar bajo fuego enemigo. John Bain, del Regimiento Gordon Highlanders en Normandía, resume bien las sensaciones de estar sometido al infierno durante cada minuto del día y la noche:

"El olor de la guerra era el mismo en todas partes: ese aroma dulce pero penetrante de la cordita, el miedo y la putrefacción. (...) la sensación de ser deshumanizado, reducido a poco más que una extensión de tu equipamiento y tus armas, la constante sensación de ser empleado como un objeto, de ser manipulado por manos invisibles y ciegas, controlado por una fuerza que es o bien maligna o bien estúpida, el sentimiento de estar agotado en una oscuridad metafórica y, bastante a menudo, literal, de estar extenuado, asustado, enfermo, a veces tan exhausto que uno se duerme de pie, como un caballo. E ignorancia. Una ignorancia pasmosa, penosa." 

La consecuencia de esta falta de descanso en la tropa era la falta de moral y las continuas deserciones en la misma. Si bien los Aliados se aprovechaban de su superioridad numérica en armamento y en aviación para ir haciendo retroceder poco a poco a unos alemanes que luchaban en dos frentes, la infantería era la que se llevaba la peor parte en este esfuerzo. Muchos de sus miembros, cuando llegaban al límite de lo que es posible resistir, simplemente huían sin destino. Otros muchos planificaban mejor su fuga y se unían a redes criminales que operaban tras las líneas aliadas, viviendo del robo de suministros y vendiendo en el mercado negro, en muchas ocasiones en colaboración con mafias locales. Estos grupos resultaron ser un verdadero quebradero de cabeza para los oficiales aliados, que tuvieron incluso que desviar tropas para vigilar almacenes y combatir a los ladrones. La situación llegó hasta tal punto que, cuando los americanos llegaron a las fronteras de Alemania, carecían de suministros para aprovechar la situación con un avance decisivo. 

Hubo también casos de soldados que, horrorizados por lo que veían día a día, se crearon nuevas vidas en territorio francés y se quedaron en los hogares de sus novias francesas, con las que tuvieron hijos, ocultando su identidad durante años. Charles Glass ha investigado muchas de estas historias, hasta ahora desconocidas y nos las ofrece de una forma un tanto desordenada, pero expuestas con el suficiente interés para que resulten apasionantes. Aunque solo un soldado estadounidense tuvo la mala suerte de ser ejecutado, después del correspondiente jucio, por cobardía ante el enemigo, fue al final de la guerra cuando los psicólogos y psiquiatras empezaron a darse cuenta de que muchos de estos casos de presunta cobardía no eran sino colapsos nerviosos, provocados por la lógica del miedo continuo a la muerte o la mutilación. Una política más humanitaria con los soldados, un tratamiento más personal y la garantía de frecuentes descansos lejos del frente hubieran sido muy efectivos en este sentido. Si algo consigue Desertores es que tomemos conciencia del infinito sacrificio personal que supuso para los soldados aliados (desde luego, también para sus enemigos), el combate continuado para hacer retroceder a la bestia nazi.

lunes, 28 de agosto de 2017

ANIMALES NOCTURNOS (2016), DE TOM FORD. LO REAL Y LO FICTICIO.

Susan vive una vida de ensueño, que es su existencia real: se mueve en ambientes de lujo, relacionados con el mundo del arte, pero hay algo en todo ello que le hace experimentar todo lo que le rodea como algo vacío, casi como si viviera en una burbuja. La llegada de un manuscrito procedente de su exmarido Edward, crea en su existencia una intensa conmoción, como si volviera a una patria abandonada en la que su vida era más convencional y a la vez sometida a las inclemencias del azar.

Desde luego, lo más interesante de Animales nocturnos es el relato dentro del relato que nos ofrece Edward: una auténtica pesadilla que ninguno de nosotros querría experimentar, en la que lo meramente desagradable y molesto da paso a lo grotesco y de ahí a lo terrible. El ángel salvador de los restos del naufragio del protagonista va a ser un sheriff violento y de vuelta de todo (interpretado por el siempre magnífico Michael Shannon), uno de esos seres que cree conocer la psicología criminal mejor que cualquier especialista, por haber estado trabajando cerca de ella durante toda su vida profesional y que, para más inri, padece un cáncer terminal, por lo que no le importaría en absoluto llevarse con él a la tumba a un par de tipos. Aquí se repite el viejo discurso acerca de si es mejor o no tomarse la justicia por la propia mano, aunque sea meramente a través de la ficción.

Me entero de que la película se basa en una novela, Tres noches, de Austin Wright, del que celebramos hace unos años un club de lectura al que no pude asistir - y, por consiguiente, tampoco leí el libro - . Ahora tampoco creo que me acerque a él, puesto que no me gusta hacerlo después de haber visto la versión cinematográfica. Si hay que ponerle un pero a Animales nocturnos es que Ford abusa mucho de su interés estético y esto a veces va en detrimento de la trama.

viernes, 25 de agosto de 2017

ROMA. UNA HISTORIA CULTURAL (2011), DE ROBERT HUGHES. CAMINANDO POR LA CIUDAD ETERNA.

Pasear por Roma, con todo el tiempo del mundo por delante, es uno de esos placeres a los que se somete de buen grado cualquier amante del arte, de la historia, de la literatura o simplemente cualquier persona con una pizca de buen gusto estético. La ciudad abruma con una sorprendente mezcla de periodos históricos y estilos arquitectónicos que se dan cita en sus edificios, desde los antiguos romanos hasta Mussolini. Visitar el foro produce una especie de cosquilleo nervioso, pues la vista de tan formidables ruinas evoca la grandeza de un Imperio que se creía eterno y del que hemos heredado elementos tan importantes de nuestra vida cotidiana como la lengua o el derecho. 

Pero en Roma podemos deleitarnos observando cómo, en numerosas ocasiones, el poder papal reciclaba los elementos antiguos procedentes del foro o de edificios como el Coliseo, las termas de Caracalla o el Panteón, para engrandecer sus propios monumentos a bajo coste. Resulta increíble que a día de hoy podamos admirar la columna de Trajano prácticamente intacta, así como algunos arcos triunfales o el ya nombrado Panteón, que fue transformado en templo cristiano y cuya enorme cúpula fue el modelo para las de la catedral de Florencia y la de San Pedro. Personalmente, he de decir que hemos tenido suerte en esta visita, puesto que el tiempo ha acompañado (temperaturas de no más de treinta grados) y la ciudad se hallaba bastante despejada de turistas - incluso a la Fontana de Trevi se podía bajar con facilidad - excepto en lugares puntuales como San Pedro o el Coliseo, donde se dan cita decenas de viajes organizados, con el consiguiente caos que producen las masas de visitantes sedientos de fotos. 

Otro de los elementos destacados - y de lo que habla Robert Hugues extensamente en su libro - son las iglesias, que uno se va encontrando casi en cada esquina. Cada una de ellas resulta más suntuosa y espectacular que la anterior, casi como si se quisiera reavivar la fe a través de una representación casi teatral de las imágenes sagradas, a través de enormes frescos y mosaicos. Así lo justificaba el papa Nicolás V:

"(...) para crear convicciones firmes y estables en las mentes de las masas incultas, tiene que haber algo que resulte atractivo para la vista... una fe popular que se halle sostenida únicamente por doctrinas nunca será sino débil y vacilante. Pero si la autoridad de la Santa Sede estuviera visiblemente expuesta en majestuosos edificios, en imperecederos monumentos conmemorativos... la fe aumentaría y se fortalecería como una tradición desde una generación hasta la siguiente, y todo el mundo la aceptaría y la veneraría." 

Habré visitado casi treinta iglesias, pero sé que me han quedado muchas, porque Roma es inabarcable. Quizá mi favorita, si es que se pueda elegir alguna, sea la de San Ignacio, puesto que los frescos de la bóveda, de Andrea Pozzo, son insuperables, una ascensión al cielo casi tridimensional que uno no se cansa nunca de contemplar. Muy recomendables también son la de Gesú (que sirvió de modelo a San Ignacio), la Basílica de Santa María la Mayor, la Basílica de San Andrés del Valle, la Iglesia de Santa María de la Victoria (con El éxtasis de Santa Teresa, de Bernini), la Basílica de Santa María de los Ángeles, que está integrada admirablemente en el recinto de las Termas de Diocleciano, o la de San Pedro in Vincoli, con el imprescindible Moisés, una de las grandes obras maestras de Miguel Ángel, entre otras muchas.

El dominio de la Iglesia en la época del barroco no se limitó a los recintos sagrados, sino que contribuyó al embellecimiento de la ciudad a través de plazas tan conocidas como la España, la Navona o la del Popolo, en las que impera la teatralidad y el aprovechamiento de elementos antiguos, como obeliscos egipcios de miles de años de antigüedad que llevaron los romanos a la ciudad como souvenirs de la conquista de Egipto, algo que, combinado con las fuentes de Bernini dan a dichas piazzas una apariencia de espectacularidad sin igual. 

También es bueno salir un poco de las calles más céntricas y caminar hasta lugares un poco más alejados, como el Vaticano, contemplar las perspectivas de la plaza de San Pedro y entrar en sus museos para admirar (apretados junto con otros cientos de personas como en una lata de sardinas), la culminación del arte occidental en la capilla Sixtina, para después disfrutar de los enormes espacios del interior de la Basílica, poniendo el foco de atención, entre otros muchos puntos de interés, en la Piedad de Miguel Ángel y en el Baldaquino de Bernini, que indica el lugar donde supuestamente reposan los restos de San Pedro y para cuya construcción se usó bronce procedente del Partenón. Desde luego una visita al Vaticano difícilmente va a activar la fe espiritual de nadie, sobre todo si cree que la iglesia debería ser una institución pobre y para los pobres, pero sí que va a saciar nuestro apetito de arte y de historia. Otra visita un poco más periférica y encantadora es el barrio del Trastévere, con su hermosísima Basílica de Santa María y su ambiente de fiesta permanente, sobre todo desde un punto de vista gastronómico: cenar en cualquiera de sus restaurantes es un auténtico placer para los sentidos. También es imprescindible, si uno está interesado en la vida cotidina en el Imperio Romano, acercarse a las Termas de Caracalla, un conjunto monumental verdaderamente impresionante, que da una idea del esplendor y el lujo del que llegaron a disfrutar los ciudadanos de Roma en el punto álgido de su imperio. Aunque han pasado siglos y todos sus elementos decorativos han desaparecido, el espesor y la altura de muros y bóvedas hacen que sea inevitable que la imaginación se active paseando por un recinto que podía acoger a miles de personas cada día.

Si piensa usted viajar a Roma próximamente, es muy recomendable la lectura del ensayo de Robert Hughes, un apasionado de la ciudad que conoce todos sus secretos, un auténtico guía que facilita la comprensión de una urbe tan compleja, tan contradictoria y cuyo urbanismo lo han conformado tantos genios, que sería mejor llegar a ella prevenidos contra ataques repentinos del síndrome de Stendhal. Una última recomendación: antes de abandonar la ciudad, hagan una pequeña peregrinación a la Plaza del Campo dei Fiori. Es un espacio más bien recoleto, pero en el centro se levanta con bastante solemnidad la estatua de un monje, con la cabeza tapada con una capucha. Se trata de Giordano Bruno, un monje-filósofo de finales del siglo XVI, que se atrevió a acercarse al sistema de Nicolás Copérnico y a especular con la existencia de mundos habitados más allá del nuestro. Fue quemado en la hoguera como hereje en esa misma plaza. Roma también homenajea a los disidentes de la iglesia católica, a un apóstol de la libertad de pensamiento que se adelantó en un par de siglos a Voltaire.

jueves, 17 de agosto de 2017

EL PRIMER AMOR (1860), DE IVÁN TURGUÉNEV. INOCENCIA Y DESPERTAR.

Después de una cena, solo queda una pequeña reunión de hombres maduros. Deciden hablar de un tema interesante y evocador: el primer amor, pero solo uno de ellos tiene una historia que contar. En cualquier caso, se trata de una historia que no puede ser narrada de viva voz, por lo que habrá que esperar unos días para conocerla, hasta que sea plasmada en papel.

El primer amor está concebido como un relato en primera persona en el que un hombre de cuarenta años intenta ponerse en la piel de su yo adolescente, evocar sus sentimientos y describir algo tan indescriptible como el enamoramiento ofuscado de un ser que empieza a vivir y todavía no entiende muy bien qué mecanismos mueven el mundo. Vladimir no entiende muy bien qué es lo que le está pasando, de donde vienen esas sensaciones a la vez deliciosas y aterradoras, pues ha sido víctima de ese atontamiento temporal del alma del que hablaba Ortega y Gasset:

"(...) me pasaba el tiempo recitando versos en voz alta, sabía muchos de memoria, la sangre me hervía y en el corazón experimentaba un dolor dulce y cómic, esperaba algo, sentía una extraña timidez, me asombraba de todo y permanecía como al acecho; mi fantasía volaba, moviéndose en torno a unas mismas ideas, como los vencejos al amanecer en torno al campanario, solía quedarme pensativo, triste, y hasta lloraba; pero, por encima de las lágrimas, por encima de la tristeza que despertaba en mí un verso sonoro o un bello ocaso, brotaba, como la hierba primaveral, la alegría de la vida joven y efervescente."

La causante de esta catarata de sentimientos encontrados es una bellísima joven de veintiún años, cinco más que el protagonista, vecina de éste. La diferencia de edad es un abismo entre ambos. Ella ya es alguien maduro, que cuenta con una corte de aduladores que atiende al menor de sus deseos y a quienes maneja como quiere. Vladimir pasa a formar parte de esa corte - hasta llegará a tener el cargo de paje de la misma - con tal de estar cerca de Zinaida, que se ha convertido en una diosa para él. Ella es verdaderamente encantadora pero, por desgracia para sus adoradores, es muy consciente de su belleza y del poder que tiene sobre los hombres, por lo que su relación con ellos se transforma en un juego en el que ella siempre impone las reglas. Para el autor, fue su personaje femenino más logrado:

"De todos mis tipos femeninos el que más me satisface es el Zinaida de El primer amor. En ella logré presentar un personaje verdadero, vivo; coqueta por naturaleza pero una coqueta en verdad atrayente."

Como el mismo Tuguénev confesó, la novela se basa en una experiencia de juventud. Lo mejor de todo es que posee un trasfondo escabroso y realmente cruel para el protagonista. La verdad de lo que está sucediendo, algo que el lector ya ve venir desde la mitad de la narración, es devastadora para Vladimir (y el final del relato, uno de los mejores que he leído, lo es para el lector), pero su balance de la experiencia es mucho más paradójico:

"No quisiera que se repitiera, pero me consideraría muy desgraciado si no lo hubiera experimentado nunca."

miércoles, 16 de agosto de 2017

SPIDERMAN HOMECOMING (2017), DE JON WATSS. EL SUPERHÉROE ADOLESCENTE.



Spiderman ha sido uno de los grandes héroes de varias generaciones de lectores de cómic. El secreto de su éxito fue siempre que uno se podía identificar con las historias que protagonizaba Peter Parker. Se trataba de un joven con superpoderes, sí, pero los problemas y los conflictos a los que solía enfrentarse en su vida diaria eran muy parecidos a los nuestros: la presión de las clases, las discusiones entre amigos, los primeros devaneos amorosos… y todo ello se agravaba con su constantes peleas contra poderosos supervillanos, de las que no siempre salía victorioso. Es más, Parker era alguien constantemente asediado por problemas financieros, que solía vivir una existencia precaria, acosado por unos jefes como el celebérrimo J.J. Jameson, que ni siquiera era capaz de ofrecerle un puesto fijo en el Daily Bugle, a pesar de las excelentes fotos del trepamuros que le suministraba para sus portadas.


En los cómics, Spiderman ha vivido literalmente miles de aventuras, ha experimentado etapas tremendamente anodinas y se ha reinventado varias veces. Algo parecido le ha sucedido en el cine, donde, a pesar de las dos primeras películas firmadas por Sam Raimi, excelentes desde un punto de vista formal, pero que no entroncaban en muchos aspectos con el universo de los cómics. Este problema ha sido una constante en las adaptaciones posteriores, hasta que en Civil War, se presentó a un Spiderman muy prometedor, cuya presencia de solo algunos minutos en la pantalla resultó muy esperanzadora para muchos fans, puesto que la interpretación de Tom Holland, sí que se acercaba a la esencia de un Peter Parker adolescente, a la magia de los primeros cómics escritos por Stan Lee.


Por todo ello, Spiderman Homecoming era una cinta que suscitaba muchas expectativas, en la  que muchos esperaban ver desarrollada la historia de un Peter Parker más realista, por fin inmerso en el auténtico universo Marvel. Dichas expectativas se cumplen solo en parte, pero el balance final que ofrece la película es tremendamente decepcionante. Watts nos presenta a un personaje excesivamente dependiente de Tony Stark, que aparece aquí como una auténtica figura paterna, que llega al punto de tener sometido a estrecha vigilancia a su pupilo a través del traje que le ha cedido, realizado con la misma tecnología que la armadura de Iron Man (¿y por qué no ha fabricado trajes similares para los miembros más débiles de los Vengadores, como Ojo de Halcón?), hasta el punto de que el espectador llega a dudar de que Spiderman tenga poderes propios, más allá de los que otorga el fantástico traje. Además la cinta está lastrada por un humor absurdo, quizá comprensible solo para la generación milenial, y por unos secundarios absolutamente insulsos. Es bastante incomprensible que si se ha querido reforzar la descripción de la vida estudiantil de Parker sin que le rodeen unos personajes mínimamente interesantes, no estereotipados.  

Una de las características principales de Peter Parker, la de ser fundamentalmente, al menos en su faceta superheroíca, un muchacho hecho a sí mismo, se pierde lamentablemente en esta nueva versión de sus aventuras. Spiderman Homecoming resulta espectacular en sus – escasas – escenas de acción, aunque en algunas de ellas se abuse de la oscuridad, pero resulta lamentablemente aburrida en demasiados tramos, que parecen más destinados a adolescentes que a un público más variado. Esperemos que en próximas apariciones se pula un poco mejor a un personaje con tanto potencial y podamos ver el espíritu de Stan Lee plenamente trasladado a la gran pantalla.