lunes, 30 de enero de 2017

INTEMPERIE (2013), DE JESÚS CARRASCO. LA TIERRA YERMA.

La infancia, que debería ser la edad dorada de todos los seres humanos, la más despreocupada, en consonancia con la inocencia de sus protagonistas, a veces resulta ser un infierno, lo que debe hacer suponer a algunos niños que esa forma de existencia es la natural en nuestro mundo, con lo cual su mirada se extravía y la crueldad pasa a ser - solo hay que ver fotos de niños-soldado - la única posibilidad de supervivencia. No es éste exactamente el caso del protagonista de Intemperie, primera e impecable novela de Jesús Carrasco, un muchacho que está huyendo de un mal indeterminado del que el lector irá teniendo noticias poco a poco.

Al leer Intemperie, no he podido evitar acordarme de otra novela de huidas desesperanzadas: La carretera, de Cormac McCarthy, otra narración que enfrenta a la inocencia con la catástrofe absoluta y que se caracteriza por su gusto por la descripción detallista de los ambientes que se van atravesando. Aquí nos encontramos básicamente ante un páramo inmenso, una tierra azotada por una interminable sequía que ni siquiera ofrece demasiados lugares donde ocultarse a un fugitivo. El niño es inteligente: ha planificado su huida y va siguiendo en sus primeros pasos su camino centímetro a centímetro: deteniéndose y escondiéndose cuando es necesario, pasando horas agazapado para burlar a sus perseguidores. Pero pronto se va a encontrar con que la tierra que pisa le es absolutamente hostil: encontrar comida y bebida se vuelve una tarea muy complicada. Solo la aparición de otro personaje, un viejo pastor de cabras, va a reactivar la esperanza en el protagonista.

La gran fortaleza de la novela de Carrasco, lo que hace que el lector siga su trama con interés es la riqueza del lenguaje que despliega el autor, haciendo uso de todo tipo de términos para describir hasta el más pequeño detalle de los parajes en los que esta transcurre, lo que la dota de cierto halo cinematográfico. La otra característica destacada es la crueldad. El autor no hace concesiones a la edad del protagonista y le hace atravesar un verdadero Calvario en pos de un destino absolutamente incierto. Respecto a las razones de la huida, el escritor extremeño va dosificando sabiamente la información de las causas, aunque deja aquí allí y allá varias pistas que luego resultan muy evidentes. Intemperie, novela poco original, pero sorprendentemente bien escrita, nos recuerda de nuevo que la vida puede ser brutal y cebarse con el más inocente.

jueves, 26 de enero de 2017

martes, 24 de enero de 2017

EL CAZADOR (1978), DE MICHAEL CIMINO. UNA BALA EN LA CABEZA.

Cuando somos niños nos gusta jugar a la guerra. No por la idea de matar al prójimo, sino para sentirnos como héroes. La mentalidad infantil necesita identificarse con un modelo que resuma una especie de idea de perfección a la que se aspira. Y nada mejor que ser alguien temido y respetado al mismo tiempo, un virtuoso de la violencia, pero que solo usa ésta para impartir justicia. Así se sienten muchos jóvenes cuando son llamados a filas. En muchas ocasiones su entorno participa de este entusiasmo dando ánimos al futuro héroe, al defensor de la patria, de la familia, del modo de vida occidental. Esto hace que en muchos casos, el encuentro con la realidad del campo de batalla, con el auténtico rostro de una violencia infernal que no respeta a nadie sea un golpe demasiado amargo de digerir. 

De esto trata en parte El cazador, de la brutal pérdida de la inocencia por parte de tres amigos que parten a la guerra de Vietnam. Quizá Michael (Robert de Niro), un joven serio que busca la excelencia en todos sus actos, sea el que esté a priori más preparado para tan dura prueba. Sus otros dos amigos van a quedar desquiciados y su destino va a ser muy oscuro. Antes de la brusca inmersión en el averno de Vietnam Cimino se recrea - quizá demasiado - en un retrato costumbrista de un episodio de la vida de los jóvenes en la pequeña ciudad en la que habitan: la celebración de la boda de uno de ellos y la juerga, casi de adolescentes, que se corren para celebrarlo, además de servir también de despedida ante la inminencia de la partida hacia la guerra. Es relevante que por allí se encuentren algunos veteranos de la Segunda Guerra Mundial. Esta fue la guerra buena, de la que todo el mundo comprendía su sentido. Aunque todavía no lo saben, los jóvenes van a partir a un conflicto absolutamente impopular, cuyos veteranos van a ser, para muchos, unos auténticos apestados, unos asesinos de niños.

Las escenas bélicas se centran en el trauma de la captura de los tres amigos por el Vietcong: son obligados a participar en un juego macabro, una ruleta rusa en la que son el objeto de diversión de los enemigos, que apuestan quién será el primero en meterse una bala en el cerebro. Estos son los momentos más míticos de la película, los que se han instalado en el inconsciente colectivo. Los que querían ser héroes son vilipendiados y utilizados como meros juguetes. Los cazadores se han convertido en la presa y, aunque sobrevivan a la experiencia, su existencia jamás volverá a ser la misma. A pesar de cierta descompensación en su narrativa, del dibujo un poco difuminado de sus personajes, El cazador es una de las más hermosas obras que se han realizado acerca de la amistad. El posible sacrificio personal que asume Michael cuando vuelve a Vietnam a rescatar a su amigo es un gesto absolutamente noble. Al final, todo se ha vuelto más oscuro. Las risas, la juerga han perdido su razón de ser. Ahora, los ojos de un ciervo que está a punto de morir por mano del hombre adquieren pleno sentido.

lunes, 16 de enero de 2017

ROGUE ONE (2016), DE GARETH EDWARDS. LA MALA ESTRELLA.

Otra pequeña decepción la nueva entrega de Star Wars, aunque a diferencia de El despertar de la fuerza, Rogue One intenta adquirir una personalidad propia como película, aunque esta pretensión se ve lastrada por su evidente dependencia al argumento de Una nueva esperanza, de la que es inmediata precuela. Aquí el artículo:

http://astoria21.es/critica-rogue-one/

domingo, 15 de enero de 2017

LOS VIAJES DE SULLIVAN (1941), DE PRESTON STURGES. HOMBRE RICO, HOMBRE POBRE.

A principios de los años cuarenta los Estados Unidos vivían una época de transición. Aunque la Gran Depresión estaba quedando atrás, todavía quedaban muchos nidos de pobreza extrema en un país que poco a poco iba asumiendo su futuro papel como superpotencia mundial. Mientras tanto, en Europa, Hitler llegaba al cenit de su poder sin que las reiteradas peticiones de intervención por parte de Gran Bretaña hubieran tenido eco en el gobierno estadounidense. Tuvo que ser el ataque de Pearl Harbour lo que despertara al gigante estadounidense y pusiera a trabajar a su industria al máximo rendimiento para hacer frente al inmenso esfuerzo bélico. Paradójicamente fue la guerra lo que hizo desaparecer definitivamente el fantasma de la crisis económica, aunque desató otros fantasmas muchos más terribles.

Los viajes de Sullivan se inscribe en esa franja temporal tan peculiar, en la que los ciudadanos estadounidense se encontraban como a la expectativa de futuros acontecimientos. Aunque no hay apenas referencias a la guerra europea, sí que las hay, y constantes, a la depresión que había empezado más de una década antes. El protagonista, John Sullivan, es un privilegiado, aunque no sea muy consciente de su posición. Dedicado por entero a su profesión de cineasta, el hecho de que se le conozca principalmente como director de comedias, le hace estar alejado de la realidad cotidiana del resto del país. Jamás ha pasado hambre o necesidad. La pobreza para él es algo exótico y casi desconocido. No obstante, un buen día se le ocurre que quizá el pueblo necesite que él realice una obra que se acerque a sus problemas, una especie de documento que refleje la realidad del momento - aunque él no tenga mucha idea de en qué consiste dicha realidad - y sirva como testimonio y denuncia. El problema es que la situación es la misma que si Belén Esteban decidiera escribir un tratado sobre astrofísica: no sabe por dónde empezar. Y toma una decisión que le parece genial: vestirse como un vagabundo (dándose los oportunos retoques ante el espejo en su lujosa mansión para que todos los detalles de su disfraz sean perfectos) y lanzarse a la carretera, a la deriva, sin apenas dinero en el bolsillo para sufrir en sus propias carnes el destino de los marginados y adquirir así el necesario conocimiento que le permita inspirarse para crear su obra maestra.

Con este argumento, la película de Sturges podía haberse orientado a los terrenos del drama o la denuncia social, al estilo de Las uvas de la ira, de John Ford, pero en realidad lo que le interesa al director estadounidense es hilvanar un estupendo argumento de comedia: los malentendidos que produce en Sullivan sus encuentros con la pobreza y cómo el entorno hollywoodiense que le rodea aprovecha la ocasión para hacer publicidad de la proeza del afamado director. El experimento está a punto de convertirse en un curioso precedente de los reality shows que tanto proliferan hoy en día en nuestros televisores. A pesar de sus múltiples intentos, el protagonista, jamás va a conseguir al cien por cien su propósito. La presencia de Verónica Lake como improbable guía en el mundo de los marginados no hace sino sumar un factor más al espíritu desenfadado de la película, debido a la excelente química que existe entre ambos. Puede que no se trate de una de las mejores comedias de la historia - aunque muchos la sitúan en el podio -, pero Los viajes de Sullivan es un filme absolutamente recomendable, de esos que pueden visionarse más de una vez, porque es una de esas obras que puede interpretarse a múltiples niveles.

lunes, 9 de enero de 2017

LA BUSCA (1904), DE PÍO BAROJA. LA LUCHA POR LA VIDA.

Aunque ahora no nos demos cuenta del inmenso progreso que hemos alcanzado los españoles en las últimas décadas, basta asomarse a la novela de Baroja, que describe el Madrid de hace cien años, para advertir que la sociedad de principios del siglo XX se encontraba profundamente dividida en capas sociales, entre las que abundaban las de los miserables, que poblaban los barrios del sur de la capital, en los que centra su mirada La busca. La de Baroja es una narración que toma como excusa la evolución temporal y moral de un personaje para describir un mundo sórdido, repleto de pícaros, buscavidas e indigentes, cuya única meta era sobrevivir en el día a día. Unos intentaban practicar una vida honrada, intentando ganarse la vida con oficios de lo más humilde y muchos otros emprendían una existencia más o menos criminal, repleta de pequeños hurtos y delitos menores, que permitían una existencia algo más cómoda - o un poco más viciosa -, pero mucho más arriesgada y violenta. 

El protagonista, Manuel, llega a la capital desde un entorno rural que no le ofrece futuro alguno. En Madrid va a descubrir que ganarse el pan de cada día es insospechadamente duro. Los barrios del sur, por los que va a moverse, ofrecen un panorama todavía decimonónico, de profundo atraso, sin apenas intervención de las autoridades para aliviar tanta miseria. Todo esto lo aprovecha Baroja para ofrecer descripciones magistrales de ambientes de extrema pobreza - que sin duda debió conocer de primera mano -, como una de las viviendas, un patio de vecinos tradicional, una forma de vida hoy día idealizada por algunos, en el que habitan muchos de los personajes:

"Hallábase el patio siempre sucio; en un ángulo se levantaba un montón de trastos inservibles, cubierto de chapas de cinc; se veían telas puercas y tablas carcomidas, escombros, ladrillos, tejas y cestos: un revoltijo de mil diablos. Todas las tardes, algunas vecinas lavaban en el patio, y cuando terminaban su faena vaciaban los lebrillos en el suelo, y los grandes charcos, al secarse, dejaban manchas blancas y regueros azules del agua de añil. Solían echar también los vecinos por cualquier parte la basura, y cuando llovía, como se obturaba casi siempre la boca del sumidero, se producía una pestilencia insoportable de la corrupción del agua negra que inundaba el patio, sobre la cual nadaban hojas de col y papeles pringosos."

Entre conflictos permanentes, envidias y algún que otro gesto noble, la pequeña sociedad formada por el patio de vecinos sale adelante. Algunos de ellos deben hacerse vendedores ambulantes para sobrevivir. Baroja tiene la oportunidad de ofrecernos un magnífico retrato del rastro, una institución que ha llegado con buena salud a nuestros días:

"Había algunos de éstos con trazas de mendigos, inmóviles, somnolientos, apoyados en la pared, contemplando con indiferencia sus géneros: cuadros viejos, cromos nuevos, libros, cosas inútiles, desportilladas, sucias, convencidos de que nadie mercaría lo que ellos mostraban al público. Otros gesticulaban, discutían con los compradores; algunas viejas horribles y atezadas, con sombreros de paja grandes en la cabeza, las manos negras, los brazos en jarra, la desvergüenza pronta a salir del labio, chillaban como cotorras."

En realidad Manuel se nos muestra como un ser más bien pasivo, que se deja llevar por los acontecimientos sin quejarse demasiado, aceptando en cada momento las situaciones que la vida le impone, aunque poco a poco va intuyendo que algún día tendrá que tomar decisiones importantes: si va a seguir la vida fácil del criminal, a la que le animan sus amigos o va a intentar dar el salto a una existencia más respetable y estable, saliendo de la trampa vital que le impusieron sus humildísimos orígenes. Se puede decir que la formación del protagonista ha tocado todos los ángulos y estratos de la miseria madrileña. Ahora solo cabe subir peldaño a peldaño una empinada escalera que le llevará a un destino incierto, pero que no puede ser peor que lo ya experimentado, una evolución que se verá en el resto de novelas que conforman la trilogía.

Para terminar, no puedo resistirme a dejar aquí este párrafo, la descripción de un desagradable lance taurino que hace que Manuel salga de la plaza de toros asqueado, después de haber sido invitado por el ser que más odia en el mundo: 

"Los monosabios acercaron el caballo al toro. Éste, de pronto, se acercó: el picador le aplicó la punta de su lanza, el toro embistió y levantó al caballo en el aire. Cayó el jinete al suelo, y lo cogieron en seguida; el caballo trató de levantarse, con todos sus intestinos sangrientos fuera, pisó sus entrañas con los cascos y, agitando las piernas, cayó convulsivamente al suelo."

Leer a Baroja nos enfrenta, como sucede con Galdós, con nuestro pasado, con la realidad de un país construído sobre la miseria más extrema. En este sentido, La busca es, además de una novela plenamente realista, una auténtica lección de historia.  

jueves, 5 de enero de 2017

CLUBES DE LECTURA EN MÁLAGA EN ENERO. LOS OJOS DE UN PERRO.

Por mi trabajo recorro constantemente el interior de Andalucía. En esta época, después de las lluvias del mes pasado, son paisajes preciosos, de un verde casi norteño. Y entonces suelo ver alguno. Caminando solitarios, componen la estampa más triste del mundo. La mayoría huye cuando te ven venir. Alguno se queda mirando a una distancia prudencial, con la esperanza de que pares el vehículo y lo llames. Los hay que todavía conservan un buen aspecto, por haber sido abandonados recientemente, pero la mayoría exhiben una figura absolutamente derrotada. Algún galgo he llegado a ver que ya no podía apenas caminar. En un país que se dice civilizado sigue produciéndose esta barbarie que no puede ser denunciada por sus principales víctimas, aunque es cierto que la mirada de un perro abandonado, que quizá también arrastra una historia de maltratos, resulta mucho más elocuente que el mejor de los discursos. Por eso hay que aplaudir la iniciativa de la Biblioteca Municipal de Churriana, que cada año organiza por estas fechas un mercadillo solidario de libros, a beneficio de la Sociedad Protectora de Animales y Plantas de Málaga, un santuario en el que se salva a un gran número de estos animales, algunos de los cuales, los más afortunados, acaban encontrando una familia que los acoge. Sé que mis palabras llegan un poco tarde, puesto que hoy era el último día de celebración, pero mi intención es felicitar a la Biblioteca y animar a que se sigan organizándose eventos como éste. Los libros y los perros tienen algo en común: ambos son transmisores de bondad y sabiduría.

Como de costumbre, los clubes que se celebran este mes, pueden encontrarlos en la columna de la derecha.

miércoles, 4 de enero de 2017

EL MIEDO A LOS BÁRBAROS (2008), DE TZVETAN TODOROV. CIVILIZACIÓN CONTRA FANATISMO.

Los occidentales nos tenemos por la civilización más avanzada del mundo y no carecemos de argumentos para sostener dicha creencia. Europa puede presumir de haber visto desarrollarse a la civilización griega, cuna de la filosofía, a la romana, fundamento del derecho moderno, de haber acogido en su seno a la ilustración, auténtico origen de los derechos humanos que gozamos hoy en día. A pesar de la crisis que nos ha azotado recientemente, Europa sigue siendo una isla en la que, a pesar de todos los peros que queramos poner, la democracia ha triunfado casi plenamente y en ella tienen cabida ciudadanos de las más distintas religiones, filosofías y creencias. Sin embargo, un peligro acecha en el horizonte, cuyo poder de destrucción se nos mostró en toda su crudeza el 11 de septiembre de 2001: los bárbaros habitan ocultos entre nosotros y en cualquier momento pueden mostrar su auténtico rostro y provocar una nueva matanza. El miedo, un sentimiento que no se lleva excesivamente bien con la razón, puede llegar a cegarnos y de hecho ya lo está haciendo si lo relacionamos con la llegada masiva de refugiados que huyen de la guerra de Siria, asunto que Europa está gestionando de manera desastrosa.

El 11 de septiembre fue un gran triunfo para Bin Laden, no solo porque logró su objetivo de provocar una matanza, sino porque consiguió algo mucho más ambicioso: que Estados Unidos lanzara una ofensiva global "contra el terrorismo", invadiendo países, secuestrando ilegalmente a presuntos terroristas y practicando la tortura sistemáticamente: la mejor manera de conseguir nuevos enemigos y prolongar el conflicto indefinidamente. La nación que todos creen civilizada se deja llevar fácilmente por la barbarie y deja atrás aquellas normas que lo definen como un país más avanzado en pos de una venganza ciega que golpea por igual a culpables e inocentes:

"El miedo a los bárbaros es el que amenaza con convertirnos en bárbaros. Y el mal que haremos será mayor que el que teníamos al principio. La historia nos lo enseña: el remedio puede ser peor que la enfermedad. Los totalitarismos se presentaron como un medio para curar los errores de la sociedad burguesa, pero engendraron un mundo mucho más peligroso que el que combatían. Sin duda la situación actual no es tan grave, pero no deja de ser inquietante. Todavía estamos a tiempo de cambiar la orientación."

A pesar de que el libro fue publicado antes de que comenzase la guerra de Siria y la consiguiente crisis de refugiados, Todorov ofrece recetas válidas para afrontar la situación con serenidad y sin incitaciones a temer al otro, al desconocido (algo que está practicando la canciller Angela Merkel casi en solitario y que le está suponiendo un alto coste político). A pesar de todo, es difícil acertar plenamente ante una situación semejante. Europa tiene capacidad para acoger a millones de refugiados, pero la mayor parte de su población no está dispuesta a asumir los sacrificios - quizá no demasiado graves, pero reales - que tal medida supondría, sobre todo porque el miedo a atentados terroristas de elementos que viajen camuflados entre dichos refugiados está muy asentado. Además existe el problema del choque cultural, como una especie de sentimiento de superioridad que rechaza a otras civilizaciones como inferiores. Lo estamos viendo con un reforzamiento del nacionalismo: salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, auge de los partidos de ultraderecha, llegada de Trump a la Casa Blanca. Las circunstancias parecen querer jubilar a la vieja idea de tolerancia, en la que se fundan gran parte de nuestros principios. Muchos quisieran construir un muro en torno a su presunto bienestar y dejar de lado al resto del mundo:

"Una cultura que incita a sus miembros a tomar consciencia de sus tradiciones, pero también a saber tomar distancia de ellas, es superior (y por tanto más civilizada) que la que se limita a alimentar el orgullo de sus miembros asegurándoles que son los mejores del mundo y que los demás grupos humanos no son dignos de interés."

Los llamados "terroristas" suelen pensar que su violencia no es más que la respuesta a otra violencia anterior. Pero jamás hay que olvidar la experiencia que sufrimos solo algunas décadas atrás, cuando uno de los pueblos más civilizados del planeta, el alemán, se transformó en una máquina de destrucción basada en un infame concepto de raza superior. Eso nos recuerda que jamás hay que bajar la guardia y que hay que tender la mano al necesitado, venga de donde venga. La llamada "guerra contra el terrorismo" jamás se vencerá conquistando países y construyendo muros, sino dando ejemplo de respeto a los derechos humanos, dejando actuar a los servicios de inteligencia y a la policía, dejando al margen en lo posible a los ejércitos. No nos enfretamos a una guerra en el sentido convencional del término, sino más bien a una poderosa organización criminal a la que hay que vencer sobre el terreno, sí, pero también en el campo de batalla de las ideas y de la conciencia. Después de todo somos humanos, cometemos errores, pero algunos son más irremediables que otros. Que la civilización europea siga siendo motivo de orgullo y una luz frente a las tinieblas del oscurantismo que sigue amenazándonos con la poderosa arma del miedo:

"Ninguna cultura es en sí misma bárbara, y ningún pueblo es definitivamente civilizado. Todos pueden convertirse tanto en una cosa como en la otra. Es lo propio de la especie humana."

martes, 3 de enero de 2017

ANTOLOGÍA POÉTICA (1911-1965), DE ANNA AJMÁTOVA. EL CANTO Y LA CENIZA.

La Historia se ensañó con los ciudadanos rusos que nacieron a finales del siglo XIX. Tuvieron que presenciar la desastrosa actuación de su país en la Primera Guerra Mundial, la Revolución, la Guerra Civil, la represión de los bolcheviques, el terror de Stalin, la hambruna terrible de Ucrania, el envío de millones de seres humanos al Gulag, y, como colofón a todo ello, el devastador ataque de Hitler a la Unión Soviética, que dejó treinta millones de muertos, muchos más millones de heridos e incontables vidas destrozadas. Para la sensibilidad de una poeta como Anna Ajmátova, que vivió todos esos hechos en primera persona, tales desgracias eran a la vez motivo de profunda tristeza e inspiración para una obra poética singular, que describe como pocas el sentimiento de desamparo absoluto que produce tanta sinrazón, como si una maldición se hubiera instalado sobre unas pobres gentes y enviara plagas cada vez más letales contra las que no hay defensa alguna.

Pero la escritora no es un ser pasivo. No puede serlo, porque mantiene en lo más profundo de su ser un arma mucho más poderosa que el terror de la represión y de los fusiles: la palabra. Da igual que a veces escribir sea la más subversiva de las actividades para una dictadura. Es preciso dar testimonio, recoger el dolor cotidinao y plasmarlo en palabras. Réquiem, uno de los poemarios más impresionantes del siglo XX comienza con la sed de verdad, con la esperanza de que al menos los padecimientos del presente sean conocidos por las generaciones futuras. Una ciudadana anónimo sirve de estímulo para Ajmátova:

"Diecisiete meses pasé haciendo cola a las puertas de la cárcel, en Leningrado, en los terribles años del terror del Yezhov. Un día alguien me reconoció. Detrás de mí, una mujer - los labios morados de frío - que nunca había oído mi nombre salió del acorchamiento en que todos estábamos y me preguntó al oído (allí se hablaba solo en susurros):
- ¿Y usted puede dar cuenta de esto?
Yo le dije:
- Puedo. 
Y entonces algo como una sonrisa asomó a lo que había sido su rostro."

Ya en 1919, cuando el país acababa de experimentar unos años de tremenda violencia, Ajmátova intuye que la época que le ha tocado vivir es especial, en el peor sentido del término. Las promesas de paz de finales del siglo XIX, la transición pacífica a una democracia al estilo occidental, que muchos creyeron posible en Rusia, han quedado hechas añicos. Y el siglo solo acaba de empezar:

"¿En qué es peor este siglo que los precedentes? Tal vez
en esto, en que la terquedad del dolor y la angustia,
alcanzó, sin poder curarla,
la llaga más profunda.

Al poniente el sol de la tierra aún resplandece,
y los tejados brillan en las casas con sus rayos,
pero aquí marca la muerte  las casas con cruces
y llama a los cuervos, que se acercan."

Leningrado es el símbolo de la ciudad mártir. Reprimida como muchas otras en los peores años de Stalin, a partir de 1941 tendrá que soportar uno de los asedios más duros de la historia. Pero antes de que esto suceda, muchos de sus habitantes han tenido que despedirse de su ciudad de la manera más triste. Inocentes que son culpables ante los ojos implacables de un sistema que reprime a sus ciudadanos en pos de una utopía futura que nunca llegará: 

"En aquel tiempo sonreían
sólo los muertos, deleitándose
en su paz, y vagaba ante las cárceles
el alma errante de Leningrado.
Partían locos de dolor los regimientos
de condenados en hilera y era
el silbido de las locomotoras
su breve canción de despedida.
Nos vigilaban estrellas de la muerte,
e, inocente y convulsa, se estremecía Rusia
bajo botas ensangrentadas, bajo
las ruedas de negros furgones."

Solo queda homenajear a los muertos. El auténtico amor a la tierra natal no se encuentra en los cantos de sirena del nacionalismo, sino en el sentimiento de pertenencia a un lugar que, si bien ha sido cruel con nosotros en vida, al final nos ofrecerá reposo para que nos fundamos con la tierra que nos ha visto nacer. Esta es la auténtica libertad de quienes no pudieron ser felices, tal y como describe magistralmente el poema Tierra nativa:

"No la llevamos en amuletos sobre el pecho,
ni componemos versos quejumbrosos sobre ella.
No altera nuestros amargo sueño, 
ni la consideramos el cielo prometido.
No es en nuestra mente
objeto de compra o venta.
Sufriendo, enfermos, errantes sobre ella,
ni siquera la recordamos,
         Sí, para nosotros, es el barro de los chanclos,
         para nosotros, sí, es la arena que cruje entre los dientes.
         Y pisamos, aplastamos, deshacemos
         ese polvo que no tiene culpa.
Pero yacemos en ella y en ella nos convertimos
y por eso, con toda libertad, la llamamos nuestra."

Y, como todos sabemos, los muertos solo pueden sobrevivir en la memoria de los que les sobrevieron, que adquieren el deber de que nunca se olviden las injusticias cometidas contra ellos. Esto lo comprendió desde muy temprano la escritora, convertida en una auténtica apóstol y mártir del recuerdo: 

"De profundis... Mi generación 
no saboreó apenas la miel. Y ahora
sólo el viento ulula a lo lejos, sólo
la memoria canta por los muertos.
Inconclusa quedó nuestra labor,
nuestras horas fueron horas contadas,
de la intuida división de las aguas,
de la cima de las altas cumbres,
del florecimiento y esplendor,
sólo nos separaba un leve suspiro...
Dos guerras, generación mía,
iluminaron tu camino terrible."

Contra toda esperanza, el poder de la literatura termina alzándose y venciendo al terror, por muy costosa que sea dicha victoria. Da igual que ciertas palabras estén prohibidas. Si es necesario, quedarán en la memoria hasta que puedan ser plasmadas en un papel. Nuestro humilde papel como lectores es el de contemplar, reflexionar y jamás olvidar que nada garantiza que los más terribles episodios de la historia no puedan volver a repetirse.